Publicidad:
Terra
La Coctelera

Categoría: Investigación I: lecto-escritura

tercera parte del libro lecciones preliminares de filosofía

Importancia de la filoso fía de Parménides.

En cambio, para terminar, permítanme ustedes que in sista una vez más en la importancia que la filosofía de Par ménides tiene para la filosofía en general del occidente europeo; y ahora voy a añadir: para la filosofía actual, nues tra, de hoy. Su importancia histórica es innegable. Parméni des es el descubridor de la identidad del ser; el descubridor de la identificación entre el ser y el pensar. Los eleáticos son los primeros en practicar la dialéctica, o sea la discusión por medio de argumentos. Parménides constituye toda una metafísica basada en sus descubrimientos del principio de identidad y la identificación entre el pensar y el ser. De modo que' la importancia histórica es formidable.

LA METAFÍSICA DE PARMÉNIDES                                                                               67

Si ustedes recapacitan que en cualquier libro de lógica de los que hoy se enseñan en cualquier escuela, en las pri meras páginas habla ya del principio de identidad descu bierto por Parménides; si ustedes recapacitan, por otra parte, en que a partir de Parménides rige la idea, en una u otra forma, de que la guía para descubrir la verdad del ser está en la razón, advertirán que esa idea se podrá aplicar con el excesivo rigor con que la ha aplicado Parménides, olvidán dose de que el principio de identidad es puramente formal, o podrá aplicarse de una manera u otra; pero es lo cierto que desde Parménides está anclada en la mente de los filó sofos la convicción de que el guía para descubrir, para resolver los problemas del ser, es nuestra razón, nuestra intui­ción intelectual, nuestra intuición volitiva, en suma, algo que para darle un nombre de conjunto, es nuestro espíritu. Esta es una idea fundamentalmente parmenídica, fundamental mente eleática.

Pero hay más. La importancia que Parménides tiene para la filosofía actual, nuestra, es que el obstáculo fun­damental que se opone en nuestros días a que el pensa miento filosófico penetre en regiones más profundas que las regiones del ser, consiste precisamente en que desde Parmé nides, y por culpa de Parménides, tenemos del ser una con cepción estática en vez de tener una concepción dinámica; tenemos del ser una concepción estática, quieta. Estas cosas que les he enumerado a ustedes como las cualidades del ser: único, eterno, inmutable, ilimitado e inmóvil, que Parméni des deriva del principio de identidad, nosotros las aplicamos todos los días, pero en vez de aplicadas al ser las aplicamos a la substancia y a la esencia. Hemos fraccionado el ser de Parménides en multitud de seres, que llamamos las cosas; pero cada una de las cosas, las ciencias físicomatemáticas las consideran como una esencia, la cual individualmente con siderada, tiene los mismos caracteres que tiene el ser de Parménides; es única, eterna, inmutable, ilimitada, inmóvil. y precisamente porque le hemos dado a cada cosa los atri butos o predicados que Parménides daba a la totalidad del ser, por eso tenemos del ser una concepción eleática y par menídica, o sea una concepción estática.

Ya la ciencia física de la naturaleza, ya la ciencia misma de la física comienza a sentirse estrecha dentro de los mol des de la concepción parmenídica de la realidad. Ya la cien cia física de la naturaleza, la teoría intraatómica, la teoría de las estructuras atómicas, la teoría de los quanta de ener gía, que sería largo desarrollar aquí, es una teoría que pugna un poco con la concepción estática del ser a la manera de Parménides; y ha tenido la ciencia contemporánea que ape lar a conceptos tan extravagantes y extraños como el con cepto de verdad estadística, que de habérselo contado a Newton, le hubiera hecho botar; a conceptos de verdad es tadística que es lo más contrario que puede darse a la concepción estática del ser, ha tenido que apelar la física para poder mantenerse dentro de los moldes del ser estático, par menídico.

68                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

Pero no ya la física, sino lo que ya no entra de ninguna manera dentro del concepto del ser, es la ciencia de la vida y la ciencia del hombre. La concepción del hombre como una esencia quieta, inmóvil, eterna y que se trata de descu brir y de conocer, eso es lo que nos ha perdido en la filoso fía contemporánea, y hay que reemplazarla por otra con cepción de la vida, en que lo estático, lo quieto, lo inm6vil, lo eterno de la definición parmenídica, no nos impida pene trar por debajo y llegar a una región vital, a una región viviente, donde el ser no tenga esas propiedades parmenídi cas, sino que sea precisamente lo contrario: un ser oca-sional, un ser circunstancial, un ser que no se deje pinchar en un cartón como la mariposa por el naturalista. Parménides tomó el ser, lo pinchó en el cartón hace veinticinco siglos y allí sigue todavía, pinchado en el cartón; y ahora los filósofos actuales no ven el modo de sacarle el pinche y dejarlo que vuele libremente.

Este vuelo, este movimiento, esta funcionalidad, esta concepción de la vida como circunstancia, como ocasión, como resistencia que me revela la existencia, de algo an terior a la posesión del ser, algo de lo cual Parménides no podía tener idea, esto es lo que el hombre tiene que recon quistar. Pero antes de reconquistarlo, reconozcamos que un hombre que ha influido durante veinticinco siglos de una ma nera tan tremenda y tan positiva en el curso del pensamiento filosófico, merece algo más que las cuatro o cinco páginas que suelen dedicarle los manuales de filosofía.

LECCIÓN VI

EL REALISMO DE LAS IDEAS DE PLATÓN

EL ELEATlSMO NO ES IDEALISMO SINO REALISMO. FOR MALISMO DE LOS ELEÁTICOS. PLATÓN. EL SER Y LA UNI DAD. ELEMENTOS ELEÁTICOS EN EL PLATONISMO. IN FLUENCIA DE SÓCRATES: EL CONCEPTO. LA TEORÍA PLA TÓNICA DE LAS IDEAS. EL CONOCIMIENTO. LA IDEA DEL BIEN.

El eleatismo no es idealismo sino realismo.

En la lección anterior hemos presenciado el espectáculo de una metafísica de gran envergadura, de alto vuelo, en donde con una pureza realmente ejemplar, se da a las pre guntas: ¿quién es el ser?, ¿quién existe?, una contestación que en la historia del pensamiento moderno pervive aún en sus grandes rasgos;

La filosofía de Parménides de Elea representa una haza ña intelectual de extraordinaria magnitud, no sólo por lo que en su tiempo significó de esfuerzo genial para dominar el problema metafísico, sino sobre todo por la profundidad in calculable de la penetración, que llevó a este filósofo a for mular ideas, pensamientos, direcciones, que han impreso a toda la filosofía europea un carril, una marcha, que desde entonces ha seguido ininterrumpida con la misma orientación.

Hemos visto las líneas generales de la filosofía de Par ménides, y en ellas hemos podido entresacar las dos bases fundamentales en que todo el sistema se asienta. Estas dos bases fundamentales han sido: primeramente, la identifica ción del ser con el pensar; segundo, la aplicación rigurosa de las condiciones del pensar a la determinación del ser.

Estas dos bases fundamentales del sistema eleático po drían inducir, y han inducido muchas veces, al error de con siderar el eleatismo como la primera forma conocida de idealismo. Algunos historiadores de la filosofía han creído encontrar en la filosofía de Parménides la forma primaria del idealismo filosófico. Puesto que -se ha dicho- Par ménides identifica el pensamiento y el ser; puesto que esta tuye que el pensamiento y las condiciones del pensamiento son la directiva única que puede guiamos a través de nuestra busca en pos del ser, esa identificación constituye el núcleo mismo de la filosofía que los modernos llaman idealismo.

Sin embargo, esta interpretación es radicalmente equi vocada. No todos los historiadores de la filosofía, ni mucho menos, la comparten. Pero algunos, llevados por un afán que podríamos calificar de íntimamente sistemático, han

70                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

creído poderlo interpretar así. Aludo principalmente con es tas palabras a la tendencia reciente de los filósofos que se han agrupado en torno al profesor Hermann Cohen, en Mar -

burgo, Alemania; los renovadores del kantismo en Alemania, los que fueron mis maestros de casi la niñez. Estos filósofos, llevados por un afán de sistematizar íntimamente, propen-den a ver la historia de la filosofía de una manera falsa, porque como ponen en el centro del pensamiento filosófico uni versal el sistema kantiano, resulta que todo lo demás que aparece en el panorama histórico de la filosofía, desde su nacimiento en Grecia hasta nuestros días, lo subdividen ge neralmente en dos planos: los que se colocan en el mismo plano de Kant, y los que se colocan fuera del plan kan tiano; los que de una u otra manera pueden ellos considerar como precursores, atisbadores, de la filosofía kantiana, que son los que constituyen la corriente central, según ellos; y los que por una u otra causa se apartan de la filosofía tal como Kant la entiende, y labran otros surcos distintos del idealismo filosófico.

Así, los historiadores de la escuela de Marburgo han visto en Parménides un idealista. Sobre todo en Platón, su cesor de Parménides, han creído atisbar un verdadero pre cursor de Kant. Han interpretado el platonismo y el eleatis mo, a Parménides y a Platón, como idealistas "avant la lettre". En cambio filósofos como Aristóteles, cuya influen cia en el pensamiento humano no es posible en modo alguno no ya negar sino disminuir lo más mínimo, les aparecen como fatales desviaciones de una corriente que de haber se guido el curso iniciado por Parménides o Platón, hubiese llegado mucho antes al pleno esplendor que recibe con Kant.

Esto es una manera parcialísima de enfocar la historia de la filosofía. parcialísima, y ade-más, radicalmente falsa. La filosofía de Parménides no puede, en modo alguno, en tenderse como un idealismo antes del idealismo. Cierto que los dos pilares fundamentales del pensamiento parmenídico (la identidad entre el ser y el pensar y la sumisión del ser a las directivas del pensar) ofrecen evidentemente el flanco para que, jugando con las palabras, inyectando en una men te del siglo VI antes de Jesucristo concepciones que ni remo tamente pueden estar en ella, se saque conclusiones que abonan una interpretación idealista de Parménides. Pero esto es un abuso. En realidad, Parménides no es un idealista. Yo me atrevería, por el contrario, a sentar con un poco de paradoja, con un matiz de paradoja, la afirmación contra ria, a saber: que Parménides es el filósofo griego que esta blece las bases del realismo filosófico. Porque, claro está que existe en el pensamiento de Parménides esa identidad entre el ser y en pensar; pero la interpretación de esa identidad dependerá del lugar en que nosotros pongamos el acento. Podemos poner el acento en el "pensar", y decir que el ser se reduce a pensar; y entonces claro que tendremos algo pa recido al idealismo; pero pongámoslo inversamente; ponga­mos el acento en el "ser", y llegamos a que el ser es el que recibe las determinaciones del pensar; digamos que el pen sar no es más que el que inyecta en el ser sus propias deter -

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                 71

minaciones. Entonces, poniendo el acento del lado del ser, aparece esta filosofía con un cariz completamente distinto.

En realidad, en la mente de Parménides no se difuma ni un solo instante el punto de partida efectivo de su pensa miento; y el punto de partida efectivo es el análisis de la cosa. Parménides parte en su metafísica de la realidad de las cosas; de que las cosas son reales; de que esas cosas que vemos, tocamos, sentimos, tenemos delante de nosotros, po seen la plenitud del ser. Pero se pregunta inmediatamente:, ¿en qué consiste ese "ser" de esas cosas?; ¿cómo podemos "pensar" ese ser sin contradicciones?; ¿cómo podemos llegar a adecuar, a identificar nuestro pensamiento con ese ser? Pues no podemos hacerlo mas que analizando ese ser, anali zando las cosas y limpiándolas de todo lo que en ellas en contremos de contrario a las condiciones del pensar.

Una de las condiciones fundamentales de todo pensa miento, es que el pensamiento con-cuerde consigo mismo; que el pensamiento sea coherente, o, como decimos vulgar mente y con una expresión mala pero corriente, que el pen samiento sea lógico. Es decir, que el pensamiento no afirme ahora una cosa y un instante después lo contrario; porque no puede ser verdad que una cosa sea cierta y que inmedia tamente después, lo contrario de esa cosa sea cierto también.

Pues, si una de las condiciones del pensar es ésa, y tene mos ahí el ser, entonces es imposible que el ser que tenemos ahí sea realmente contradictorio y lleno de incoherencias. Qui témosle al ser que tenemos ahí sus incoherencias de bulto, aparentes, visibles, esas incoherencias notorias; digamos que esas incoherencias no pertenecen al ser, porque no pueden pertenecer a él, ya que son impensables, ya que no casan en tre sí; y lo que queda después de haber hecho esa limpieza del ser, eso será lo que verdaderamente es. Y entre esas in­coherencias que tenemos que quitarnos de delante, está la multiplicidad de seres; está la mutabilidad o cambiabilidad de lo que tenemos delante. Vemos que cambia; mas como cam biar es ilógico, es irracional, digamos que creemos que cambia, pero que en realidad no cambia. La movilidad del ser es otra de esas incoherencias. En fin, no voy a repetir la conferencia del otro día.

Tenemos, pues, que sigue siendo fundamentalmente para Parménides la realidad, una cosa, una cosa que no admite otra a su lado, porque sería contradictoria; que no admite el movimiento, porque sería contradictorio; que no admite el cambio, porque sería contradictorio. Pero lo primeramen te existente, para Parménides, es "res", cosa; y por eso me atrevería a decir que Parménides es, en realidad, el primer fundador del realismo metafísico, aunque de la expresión esto parezca paradójico.

Formalismo de los eleáticos.

Esta hazaña que Parménides lleva a cabo seis siglos antes de Jesucristo, indudablemente, si la miramos y la contem plamos desde el punto de vista técnicofilosófico, se nos aparece como torpe, o mejor dicho, como ingenua; como hecha por un hombre que por primera vez maneja la razón, sin disciplina anterior, sin escuela, sin la experiencia secu lar de la elaboración de los conceptos y de las ideas, que

72                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

las va puliendo, puliendo, hasta hacerlas encajar perfecta mente unas en otras. Es un hombre que lleva a cabo una hazaña ingenua y torpe, porque no sabe todavía manejar el instrumen-to que tiene en las manos. Descubren los hombres de esa época, los pitagóricos y Parméni-des, la razón; y que dan maravillados ante el poder del pensamiento; quedan maravillados de cómo el pensamiento, por sí solo, tiene vir tudes iluminativas extraordinarias; de cómo el pensamiento, por sí solo, puede penetrar en la esencia de las cosas. La aritmética de los pitagóricos, la geometría incipiente en aque llos tiempos, todo esto, hizo pensar a aquellos hombres que con la razón van a poder descifrar inmediatamente el miste rio del universo y de la realidad. Y entonces Parménides hace de la razón una aplicación exhaustiva, la lleva hasta los últimos extremos, hasta los últimos límites; y esa exage ración en la aplicación de la razón es, probablemente, la que tiene que soportar la culpa de que el sistema de Parméni des aparezca en su conjunto como un simple formulismo metafísico. En efecto, el principio racional de que Parmé nides hace uso es el principio de identidad. Ese principio según el cual algo no puede ser y no ser al mismo tiempo; ese principio de identidad es, empero, realmente un principio formal. No tiene contenido. Si lo queremos llenar, tenemos que llenarlo con palabras como "'algo", "esto" "aquello"; con palabras como "una cosa no puede ser igual a otra" o "no puede ser desigual a sí misma". Esas palabras vagas -algo, aquello, esto, una cosa- les muestran a ustedes perfecta mente que el principio es una forma que carece de un con tenido objetivo propio; que es una hebra de donde otras in tuiciones procedentes de otros lados, pueden enhebrarse cohe rentemente; pero que si no hay otras intuiciones más que la propia intuición de ese principio, entonces este principio constituye un simple molde, dentro del cual no se vierte realidad ninguna.

Esto lo vemos clarísimamente si reflexionamos un ins tante en la impresión que nos producen argumentaciones como las de Zenón, de Elea cuando ataca el movimiento. Recuerden ustedes la argumentación sutil de Zenón de Elea para demostrar que Aquiles no puede nunca alcanzar a la tortuga. ¿Qué impresión les produjo a ustedes aquel argu mento? Les produjo la impresión de que aquello no conven ce; de que aquello está bien, de que es difícil refutarlo, de que quizá no puede encontrarse otro argumento que opo­nerle victoriosa-mente; pero, que, sin embargo, no convence mucho. Y en verdad que tienen ustedes razón. Tanta razón tienen en no conceder más que admiración pero no crédito a esos argumentos, tan verdad es eso, que los sofistas y los escépticos siglos después adoptan a Zenón de Elea como uno de sus grandes maestros. Pero, ¿qué es lo que falla en esta argumentación de Zenón de Elea? ¿En dónde está la causa de esa desazón que su argumentación produce en nosotros? Es muy sencillo: la causa está en que Zenón de Elea hace un uso objetivo y real de un principio que no es más que formal; y como hace de ese principio un uso objetivo y real, siendo así que el principio es puramente formal, no podemos

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                 73

rebatirlo fácilmente con principios de razón, de argumenta ción. Pero en cambio la realidad misma resulta contraria a lo que dice Zenón. ¿Y en qué consiste este choque entre la reali-dad y el principio formal? Recuerden ustedes el argu mento de Zenón. Zenón parte del prin-cipio de que el espacio es infinitamente divisible. Pero pensemos un momento: el espacio es infinitamente divisible en la posibilidad; puede ser infinitamente dividido en el pensa-miento; puede serio como mero posible, como mera forma; pero el sofisma, por decirlo así, de Zenón de Elea, consiste en que ese espacio -que en potencia puede ser infinitamente dividido- es realmente y ahora mismo dividido. De modo que el sofisma de Zenón consiste en confundir las condiciones meramente formales y lógicas de la posibilidad con las condiciones rea les, materiales, existenciales del ser mismo:

Dice Zenón que Aquiles no alcanza a la tortuga porque la distancia entre él y la tortuga es un trozo que se puede dividir infinitamente. Sí. Pero ese "se puede dividir infini tamente" tiene dos sentidos: un sentido de mera posibilidad formal matemática, y otro sentido de posibilidad real, exis tencial. Y el tránsito suave, el tránsito oculto entre uno y otro sentido, es el que hace que la argumentación sorprenda pero no convenza. Este es el vicio fundamental de todo el eleatismo. Todo el eleatismo no es más que una metafísica de la pura forma, sin contenido.

Platón, El ser y la unidad.

El que advierte bien los méritos extraordinarios de Parménides y al mismo tiempo el punto flaco, fue Platón. Saben ustedes que Platón y Aristóteles representan las dos cumbres del pensamiento griego. Platón debe una enorme parte de su filosofía a Parménides. Debe también otra parte de su fi losofía a Sócrates. Pero advierte muy bien el punto en que la filosofía de Parménides flaqueaba. Entre los pocos libros de que dispongo, he podido encontrar un pasaje de El sofista, diálogo de Platón, en que dice textualmente que "Parmé-nides confunde aquello que es, con la unidad de lo que ello es". Voy a explicar a ustedes lo que quiere decir Platón.

Dice que Parménides confunde aquello que es, o sea la existencia de algo, con la unidad de lo que ello es, o sea con la unidad de las propiedades de eso que existe. Confunde, pues, según Platón, el existir con lo que yo llamo el consistir. Confunde la existencia con la esencia. Confunde lo que más tarde va a llamar Aristóteles la "substancia", con lo que la substancia tiene, o sea con lo que la substancia es, con su esencia. Una esencia no por eso, no por ser esencia, ha de existir ya.

Este error que Platón revela y descubre en la filosofía de Parménides es, en efecto, funda-mental. Consiste en con fundir las condiciones formales del pensamiento con las condicio-nes reales del ser. Así, Platón se encuentra perfec tamente armado para desenvolver con una amplitud magní fica algunos de los postulados contenidos en la filosofía de Parménides, y algunos otros que toma de su trato personal con Sócrates. Voy primero a intentar fijar muy brevemente qué es lo que Platón debe a Parménides y qué es lo que debe a Sócrates.

74                                                              LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

Elementos eleáticos en el platonismo.

A Parménides le debe Platón tres elementos muy im portantes de su filosofía. Le debe en primer lugar la con­vicción de que el instrumento para filosofar, o sea el método para descubrir lo que es, quién es el ser, quién existe, no puede ser otro que la intuición intelectual, la razón, el pen samiento, el "nous", como dicen los griegos. De la identifi cación que hace Parménides entre el pensar y el ser, recoge Platón esta enseñanza: que el guía que nos puede conducir sin falla ni error a través de los problemas de la metafísica, es el pensar, es el pensamiento. Nuestro pensamiento es el que ha de advertirnos a cada momento: por ahí vas bien; por ahí vas mal. El pensamiento, en la forma de intuición in telectual, es el que nos ha de llevar directamente a la apre­hensión del verdadero y auténtico ser.

En segundo lugar, aprende y recibe de Parménides la teoría de los dos mundos: del mundo sensible y del mundo inteligible. Porque si efectivamente la intuición sensible no sirve para descubrir el verdadero ser, sino que éste ha de ser descubierto por una intuición intelectual, por los ojos no de la cara sino interiores, del espíritu, entonces el espectáculo del mundo, que el mundo ofrece a los sentidos, es un espec táculo erróneo, falso, ilusorio. Y junto, o frente, o encima, o al lado, de este mundo sensible, está el otro mundo de puras verdades, de puros entes, de puras realidades existen tes, que es el mundo inteligible. Esta división en dos mun dos la recibe y usa también Platón de Parménides.

Y en tercer lugar, Platón aprende de Parménides, o de su discípulo Zenón de Elea -el autor de los argumentos antes expuestos- el arte de discutir, el arte de agudizar un argumento, de pulir una argumentación, de contraponer tesis; en suma, ese arte que Platón desenvuelve en forma personal amplísima y que lleva el nombre de Dialéctica.

Estas son las tres deudas fundamentales que Platón tiene  para con Parménides.

Influencia de Sócrates: el concepto.

Pero la influencia de Sócrates en Platón es no menos importante que la influencia de Parménides. Sócrates enseña a Platón unas cuantas cosas de capital importancia. Sócra tes es un hombre que no escribió nunca una línea, y resulta que después de veinticinco siglos hablamos todavía de él, con el mismo interés, con la misma pasión a veces (lo digo por experiencia de lecciones oídas por mí) que si estuviese vi viendo hoy. Es un caso único en la historia del pensamiento humano.

Sócrates aporta al caudal de la filosofía algunas cuantas cosas de interés fundamental. La primera la siguiente: Só crates descubre lo que llamamos los "conceptos". ¿Les pa rece pequeño el descubrimiento? ¡Es de formidable impor tancia! ¿Cómo descubre Sócrates los conceptos? Porque se le ocurre aplicar a las cuestiones morales, a las cuestiones de la vida moral, el método que los geómetras siguen al ha cer su ciencia. ¿Qué hacen los geómetras? Reducen las múl tiples formas sensibles, visibles, de los objetos, a un repertorio poco numeroso de formas elementales que llaman "figuras". Los geómetras borran, por decirlo así, las formas complica dísimas de la realidad sensible y analizan esas formas y las

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                  75

reducen a polígonos, triángulos, cuadriláteros, cuadrados, círculos, elipses; un cierto número reducido de formas y figuras elementales. Y entonces se proponen, de cada una de estas formas o figuras elementales, como se dice en grie go, "dar la razón", dar razón de ellas, explicarlas, decir lo que son, dar su definición; una definición que comprenda su génesis y al mismo tiempo las propiedades de cada una de esas figuras.

A Sócrates se le ocurre el propósito de hacer con el mundo moral lo mismo que los geómetras hacen con el mun do de las figuras físicas. En el mundo moral hay una can tidad de acciones, propósitos, resoluciones, modos de con ducta, que el hombre tiene. Pues lo primero que se le ocurre a Sócrates es reducir esas acciones y métodos de conducta a un cierto número de formas particulares, concretas, a un cierto número de virtudes; verbi gratia: la justicia, la mode ración, la templanza, la valentía. . Y luego, después de haber hecho de cada una de esas virtudes o formas primordiales de la vida moral lo mismo que han hecho los geómetras con sus figuras, aplica el entendimiento, aplica la intuición inte lectual, para llegar a decir qué es la justicia, qué es la mo deración, qué es la templanza, qué es la valentía, qué es el amor, qué es la compasión, etc., etc. Ahora bien: ¿qué es?, significa para estos griegos "dar razón de ello", encontrar la razón que lo explique, encontrar la fórmula racional que lo cubra completamente, sin dejar resquicio alguno. Y a esa razón que lo explica, a esa fórmula racional, la llaman con la palabra griega "logos", una de las pala-bras más refulgen tes del idioma humano; ilustre porque de ella viene la lógica y todo lo que con la lógica se relaciona; ilustre también por que el sentimiento religioso se ha apoderado también de ella y la ha introducido en el latín con el nombre de "verbum", que ustedes seguramente en las oraciones elementales de nuestra religión habrán encontrado: el verbo divino. Esa es la traducción latina de la palabra "logos", que antes de Sócrates significaba simplemente charla, palabra; tiene des de entonces el sentido técnicofilosófico que Sócrates le da y a partir de él tiene en toda la filosofía un sentido muy variable, que ha variado mucho en el curso de la filosofía, pero que primordialmente es la razón que se da de algo. Lo que el geómetra dice de una figura, del círculo, por ejemplo, para definirlo, es el "logos" del círculo, es la razón dada del círculo. Del mismo modo, lo que Sócrates pide afanoso a los ciudadanos de Atenas es que le den el "logos" de la jus ticia, el "logos" de la valentía. Dar y pedir "logos" es la operación que Sócrates practica a diario por las calles de Atenas.

Pues, ¿qué es este "logos", sino lo que nosotros hoy llamamos "concepto"? Este es el concepto. Cuando Sócrates pide el "logos", cuando pide que le indiquen cuál es el "logos" de la justicia, qué es la justicia, lo que pide es el con cepto de la justicia, la definición de la justicia. Cuando pide el "logos" de la valentía lo que pide es el concepto de la valentía. Sócrates es, pues, el descubridor del concepto. Pues

76                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

bien: el concepto de "logos" es algo que Platón recibe de Sócrates.

Pero para Sócrates el interés fundamental de la filosofía era la moral: llegar a tener de las virtudes y de la conducta del hombre conceptos tan puros y tan perfectos, que la mo ral pudiese aprenderse y enseñarse como se aprenden y se enseñan las matemáticas; y que por consiguiente, nadie fuese malo. Porque la convicción de Sócrates es que el que es malo es porque no sabe.

La teoría platónica de las ideas.

Esta convicción moral profunda y esta idea del concep to, las recoge Platón de Sócrates. Pero inmediatamente ex tiende, amplifica el uso del concepto, ya no sólo para la geometría, no sólo para las virtudes, como Sócrates, sino en general, para toda cosa en general. Convierte, pues, Platón el concepto en el instrumento para la determinación de toda cosa en general, e inmediatamente pone en relación esta aportación socrática con las enseñanzas recibidas de Parmé nides; une la idea de concepto, de" "logos", con la idea de "ser" y con los atributos del ser parmenídico, y de aquí re sulta exactamente la solución peculiar de Platón al problema metafísico, su teoría de las ideas.

He podido descubrir también entre mis muy escasos li bros un pasaje de Aristóteles en que explica cómo Platón llegó a su filosofía, cómo Platón. llegó a su propio sistema. Se lo leeré a ustedes y verán que es exactamente tal como acabo de describir. Dice Aristóteles: "El que Sócrates se ocupase de los objetos éticos y no de la naturaleza en ge neral, buscando en aquellos objetos éticos lo que tienen de general, y encaminando su reflexión principalmente a las definiciones indujo a Platón, que lo seguía, a opinar que la definición tenía como objeto algo distinto de lo sensible". He aquí la uni6n entre el método socrático de buscar el "logos", con la idea parmenídica de que el ser no es lo sen sible; y esa unión da por resultado la metafísica de Platón, que culmina en su famosa teoría de las ideas, que voy a exponer ahora en pocas palabras.

También Platón, como Parménides y como todo meta físico en general, de cualquier época que sea, arranca de la pregunta: ¿quién existe?, ¿quién es el ser? Pero Platón ya está sobre aviso. Ya ha descubierto el error que había cometido Parménides al confundir el ¿qué existe? con lo que el que existe es, al confundir la existencia con la esencia. Y como está sobre aviso, no comete el mismo error, sino que, por el contrario, distingue ya claramente entre la metafísica como teoría de la existencia y la metafísica como teoría de la objetividad en general. Ya hay en Platón, por consiguien te -aunque muy íntimamente unidas y no fáciles de sepa rar- una teoría de la existencia y una teoría de la objetivi dad, una teoría del objetivo, una verdadera ontología, además de la metafísica.

La ontología de Platón está muy clara. Recuerden uste des el "logos" de Sócrates, la definición del concepto que cubre una porción de la realidad, lo mismo que la figura "triángulo" cubre una porción de formas que se dan en la realidad visible y tangible. ¿Qué es, pues, ese "logos"? Pla -

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                77

tón lo analiza y encuentra que ese "logos" es una unidad sintética, una unión donde una porción de entes o de carac teres están reunidos, atados, formando una síntesis indiso luble.

Pues bien: esa unión, esa unidad de los caracteres que definen un objeto recortado en la realidad, la esencia de ese objeto, o, como yo suelo decir, la consistencia, unida en una unidad indisoluble, si la contemplamos ahora con una intuición directa del espíritu, y luego a esa unidad le con ferimos la realidad existencial, ésa es la idea. He querido decirlo en un solo párrafo para que tengan ustedes la sen sación viviente de lo que es la idea.

Ahora vamos a explicar, uno por uno, los elementos de esta idea.

En primer lugar, la palabra "idea" es un neologismo de Platón. Neologismo saben ustedes lo que es. Es una palabra inventada, nueva; por eso se llama "neo logos". Platón in ventó esa palabra. La situación de los filósofos que empe zaban a filosofar hace veinticinco siglos era grave, porque no tenían a su disposición terminología ninguna. Para nos otros es muy sencillo: tiramos del cajón de la historia, y desde Platón hasta aquí tenemos una enormidad de términos para decir lo que queremos decir. Pero entonces no había más que los términos del idioma usual. Entonces los filóso fos acudieron a dos recursos: uno, tomar del idioma usual un término y darle sentido filosófico; el otro recurso consiste en forjar un término nuevo. Esto hizo Platón al forjar la palabra "idea": la formó con una raíz de un verbo griego que significa "ver". De modo que "idea", en puridad, sig nifica visión, intuición intelectual. Eso es exactamente lo que significa idea.

Pero la idea es una intuición intelectual desde el punto de vista del sujeto que la intuye. Dejemos ahora el sujeto que la intuye y tomemos la idea en sí misma, ella, la in tuida en esa visión, el objeto de la visión, y entonces la idea es dos cosas. En primer lugar, unidad, reunión indisoluble, amalgama de todos los caracteres de una cosa, definición de sus caracteres, la esencia de ellos, lo que yo llamo la consistencia. Y en segundo lugar, a eso le confiere Platón existencia real. De modo que las ideas son las esencias exis tentes. de las cosas del mundo sensible. Cada cosa en el mun do sensible tiene su idea en el mundo inteligible; y entonces aplica Platón sin reparo ninguno a cada una de esas unida des que llama "ideas" los caracteres que Parménides aplica al ser en general. Es decir: una idea es siempre una. Hay muchas ideas. El mundo de las ideas está lleno de ideas. Pero cada idea es una unidad absolutamente indestructible, inmó vil, inmutable, intemporal, eterna.

Esa idea es además el paradigma ( es palabra plató nica), el modelo ejemplar al cual las co-sas que vemos, oímos y tocamos se ajustan imperfectamente. La mejor manera de explicar esta relación de similitud imperfecta entre las cosas y las ideas, consiste en recordar que uno de los orígenes de todo está en la geometría. Las cosas, forzosamente tienen que tener una figura geométrica, pero la tienen imperfecta.

78                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

Las cosas son cuadrados, cuadriláteros. Pero ¿es un cuadri látero perfecto este pizarrón? En modo alguno. No hay más que acercarse y ver que los lados no son rectos; está muy torcido. Si está muy bien hecho y a la vista no parece tor cido, se acerca uno más y le verá las anfractuosidades. No hay ninguna cosa que sea en su figura perfectamente adecuada a la figura geométrica, que piensa el geómetra. Pues del mismo modo, no hay ningún hombre realmente que sea absolutamente adecuado a la idea del hombre. No hay ninguna estatua realmente que sea absolutamente ade cuada a la idea de belleza. No hay ningún ser en la na-tura leza que sea absolutamente adecuado a su idea en el mundo suprasensible. La relación entre las cosas y las ideas es una relación en que las cosas participan de las esencias ideales; pero no son más que una sombra, decantación, imperfec ción de esas esencias ideales.

En uno de sus diálogos, en La República, Platón com para los dos mundos: el mundo sensible y el mundo inteli gible, o, como él lo llama, el cielo, el "topus uranos", el lugar celeste; los compara a las sombras que se proyectarían en el fondo de una caverna oscura si por delante de la en trada de esa caverna pasasen objetos iluminados por el sol. Del mismo modo que entre las sombras proyectadas por esos objetos y los objetos mismos hay un abismo de dife rencia, y sin embargo, las sombras son en cierto modo par tícipes de la realidad de los objetos que pasan, del mismo modo los seres que contemplamos en nuestra existencia sen sible, en el mundo sensible, no son más que sombras efíme ras, transitorias, imperfectas, pasajeras, reproducciones ínfi­mas, inferiores, de esas ideas puras, perfectas, eternas, inmarcesibles, indisolubles, inmutables, siempre iguales a sí mismas, cuyo conjunto forma el mundo de las ideas.

El conoci miento.

Y entonces, nuestro conocimiento, nuestra ciencia, nues tra "episteme", ¿en qué consiste? Consiste en elevarnos por medio de la dialéctica, de la discusión, de las tesis que se con traponen y se van depurando en la lucha de unas contra otras, para llegar desde el mundo sensible, por la discusión, a una intuición intelectual de ese mundo suprasensible, com puesto todo él por las unidades sintéticas que son las ideas y que a un mismo tiempo constituyen unidad ontológica de la significación, unidad ontológica de lo que consiste, de la esencia, y al mismo tiempo unidad existencial tras esa uni dad ontológica.

En el mundo de las ideas hay además una jerarquía. Las ideas están en relación jerárquica, mantienen entre sí esas relaciones, que son a su vez otras ideas. Precisamente éste será uno de los puntos flacos del sistema platónico, y en donde la perspicacia profunda de Aristóteles sabrá encontrar el punto débil en donde penetrar.

La idea del bien.

Todas las ideas penden de una idea superior a todas ellas, que es la idea del bien. Aquí resuena de nuevo, como un acorde que vuelve al final de la sinfonía, aquel interés moral que había sido fundamental en el pensamiento de Sócrates y que Platón también ha heredado. Para Platón, lo importante es realizar la idea del bien. Que los Estados po -

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                79

líticos formados en la tierra por la unión de los hombres que viven en ella, sean lo mejor posible, se ajusten lo más posible a esa idea del bien. Por eso pone toda su filosofía, toda su metafísica y toda su ontología al servicio de la teoría política del Estado; porque cree que así como la idea del bien es la idea suprema que rige y manda todas las demás ideas, del mismo modo entre las cosas que existen en este mundo sensible, aquella suprema que deberá más que nin guna coincidir lo más posible con la idea del bien, es el Estado. Y dedica los dos más voluminosos diálogos que ha escrito, La República Las Leyes, a estudiar a fondo cómo debe ser la constitución de un Estado ideal. Por cierto que encuentra, en resumen, que el Estado ideal será un Estado en donde, o los que mandan sean filósofos, o sean los filó sofos los que mandan. De manera que en ese estado ideal a los filósofos los encontramos en una posición que diremos privilegiada. He aquí su error, y en esto consiste el punto flaco de su teoría política, porque los filósofos mandan muy mal.

Llegamos con esto al término de lo que me proponía decir a ustedes en el día de hoy. Tenemos, creo, con la filosofía de Platón, todos los hilos necesarios para compren der la de Aristóteles. La filosofía de Aristóteles sería incom prensible si, como han querido los filósofos actuales de la escuela de Marburgo, interpretásemos a Platón como una especie de Kant de hace veinticinco siglos. Entonces Aris tóteles sería incomprensible, porque lo que hizo fundamen talmente es plasmar y dar una forma arquitectónica magní fica a los gérmenes que hay en la filosofía de Platón.

La filosofía de Platón no es, como creen Natorp, Cohen y los fundadores de la escuela de Marburgo, no es ni mu cho menos, idealismo. Las ideas de Platón no son unidades sintéticas de nuestro pensamiento y que nuestro pensamiento imprime a las sensaciones para darles unidad y sustantividad. No, sino que para Platón, lo mismo que para Parménides, las ideas son realidades que existen, las únicas realidades que existen, las únicas existentes, puesto que las cosas que vemos y tocamos son sombras efímeras; son lo que son, in­directamente y por "metaxis" o participación con las ideas.

Sólo de esta manera, comprendiendo a Platón en su auténtica realidad metafísica, sólo entendiéndolo como un realismo de las ideas, sólo así se puede entender a Aris tóteles, porque lo que éste hará será dar una lógica interna a todo el sistema y traerlo, por decirlo así, de su cielo in accesible, a esta tierra, para hacer que esas ideas, que son trascendentes de las cosas percibidas, vengan a ser inma nentes, internas a ellas. En suma, Aristóteles meterá la idea dentro de la cosa sensible. Esto es lo que hará Aristóteles y lo que veremos en la próxima lección.

LECCIÓN VII

EL REALISMO ARISTOTÉLICO

INTERPRETACIÓN REALISTA DE LAS IDEAS PLATÓNICAS. ARISTÓTELES Y LAS OBJECIONES A PLATÓN. LA FILOSOFÍA DE ARISTÓTELES. SUBSTANCIA, ESENCIA, ACCIDENTE. LA MATERIA Y LA FORMA. TEOLOGÍA DE ARISTÓTELES.

Interpretación realista de las ideas plató nicas.

En la lección anterior hemos desarrollado lo que llamaba yo el realismo de las ideas en Platón.

Estas palabras: "realismo de las ideas", pueden sorpren der a los que cultivan la filosofía y han leído historias de la filosofía y libros sobre Platón. Puede sorprenderles que yo emplee, para designar la metafísica de Platón, este tér mino de "realismo de las ideas". Con él quiero yo subrayar la interpretación que me parece la más justa de la filosofía platónica.

Esta interpretación que es la tradicional del platonismo, que es la que Aristóteles da del platonismo, que es la que a través de los siglos ha perdurado clásicamente acerca de las ideas platónicas, ha sido modernamente combatida por los historiadores de la filosofía que proceden de la Escuela de Marburgo, y principalmente por Natorp.

Frente a esta interpretación de Natorp, me convenía acentuar la interpretación clásica, y por eso la he llamado "realismo de las ideas".

Según la interpretación clásica, que es a mi juicio la exacta, Platón ha considerado las ideas como entes reales, que existen en sí y por sí, que constituyen un mundo inteli gible, distinto y separado del mundo sensible; que constitu yen un mundo del ser contrapuesto al mundo sensible, que es el mundo del no ser, de la apariencia, del "phainómenos" como se dice en griego, del fenómeno. Las ideas son, pues, para Platón "trascendentes" a las cosas. La palabra "tras cendente" tiene en la técnica filosófica ese sentido: de ser la designación de algo que está separado de otra cosa. En cambio la interpretación dada modernamente por Natorp convierte las ideas en unidades lógicas del pensamiento cien tífico; hace de ellas puntos de vista desde los cuales el pen sador, enfrontándose ante las cosas, organiza sus sensaciones para conferirles objetividad, realidad.

Según la interpretación de Natorp, las ideas platónicas serían una posición del ser para el sujeto pensante. El sujeto pensante, el hombre, cuando se enfrenta ante la multiplici dad y variedad de las sensaciones, introduce unidades en ese caos de las sensaciones; por la sola virtud de su pensamiento

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                  81

de  carácter sintético, reúne en haces grupos de sensaciones, a los cuales confiere la plena realidad, la objetividad.

Esas unidades sintéticas no están, empero, en el ma terial con el cual el pensador las fabrica, sino que son puntos de partida, focos desde los cuales la intuición sensible orga niza sus materiales en unidades. Pero esas unidades las pone el pensamiento. Esas posiciones del pensamiento serán para Natorp las ideas de Platón.

Esta interpretación la juzgo radicalmente falsa. Esta in terpretación consiste en introducir subrepticiamente en el platonismo una concepción que no surge en la historia de la filosofía hasta Descartes. Consiste en introducir en el pla tonismo la función del yo pensante como una función que pone el ser. En cambio nosotros sabemos que desde Parmé nides, la preocupación de los metafísicos griegos no consistió en buscar la posesión del ser por el sujeto, sino en buscar el ser mismo; que no lo podían encontrar sin auxilio del pen samiento no es para ellos sino la viva representación de ese ser existente en sí y por sí.

Por eso considero yo que el realismo de las ideas pla tónicas, su carácter trascendente, debe ser afirmado a toda costa, si no se quiere perturbar erróneamente la realidad histórica del pensamiento griego. No hay nada más contra rio y opuesto al pensamiento griego que el idealismo moder no; y querer convertir a Platón en un idealista moderno es falsear por completo la posición y la solución del problema metafísico tal como se lo planteaban los griegos.

Pero este trascendentismo de las ideas platónicas ofre ce, evidentemente, el flanco a muchas críticas. La labor que lleva a cabo Platón a partir de los resultados logrados por Parménides, fue una labor grandiosa. Platón ha construido, con los elementos que tomó de Parménides y con los ele mentos que tomó de Sócrates, una gran filosofía, cuya influen cia en el pensamiento humano nadie puede disminuir en lo más mínimo.

Pero no obsta que nosotros tengamos que poner reparos graves a esta manera como Platón ha desenvuelto las bases asentadas por Parménides. En primer lugar, nos encontramos con que Platón, pese a sus esfuerzos por desembarazarse de la confusión parmenídica entre la existencia y la esencia, no logra desembarazarse de ella. Platón, como Parménides, sigue uniendo indisolublemente la existencia y la esencia. Una vez que Platón, ayudado por el "concepto" que descubre Sócrates, ayudado por el "logos", logra definir esas unidades de sentido, esas unidades de esencia, inmediatamente les con fiere la existencia; lo mismo que hizo Parménides con los principios lógicos, formales, del pensamiento en general. Sigue, pues, aquí en Platón la confusión parmenídica. Lo único que ha hecho Platón ha sido multiplicar esos seres que para Par ménides eran un solo ser.

La segunda crítica grave que podemos dirigir a la teo ría de las ideas, de Platón, se refiere a la relación en que Platón coloca el mundo inteligible de las ideas con el mundo de las cosas sensibles. Les decía yo en la lección anterior que esa relación la llama Platón "participación" (la pala -

82                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

bra griega exacta que usa es "metaxis"). Las ideas y las cosas tienen algo de común. Participan las cosas de las ideas, y porque participan de las ideas podemos de ellas predicar algo; tienen un pequeño ser, un ser aparente, fenoménico; y ese ser aparente y fenoménico que tienen lo deben a su participación en las ideas. Un hombre individual es una sombra, un remedo imperfectísimo de la idea de hombre. Esa participación entre cada hombre indivi-dual y la idea pura de hombre, es la que confiere al hombre individual un leve rastro de ser.

Pues bien: esta participación en el sistema platónico es absolutamente incomprensible. No se comprende cómo ese mundo inteligible, compuesto de esencias existentes, puede tener el más mínimo contacto y relación con el mundo sensible, compuesto de sensaciones caóticas, variables, de las cuales puede darse la descripción que Heráclito da del fluir y el cambiar. No se comprende, pues, qué comunicación, qué relación puede haber entre esos dos mundos. Y la pa labra "metaxis", o participación, que Platón emplea de con tinuo, no aclara lo más mínimo ese problema. Lo deja com pletamente intacto.

Por último, puede hacérsele también a Platón el repro che de que ese mundo de las ideas tiene que componerse entonces de un número infinito de ideas; porque si cada cosa tiene su idea, a la cual corresponde, de la cual es un remedo, una copia mala, inferior, entonces el número de ideas tiene que ser como el número de cosas; mas como el número de cosas es infinito -aunque no fuese más que porque se suceden y reproducen en el tiempo- el número de ideas tendría que ser también infinito.

Estos reparos fundamentales que han sido frecuente mente hechos a la teoría de las ideas, lo fueron ya en tiempos de Platón por su discípulo más ilustre: Aristóteles.

Aristóteles y las objeciones a Platón.

Aristóteles de Estagira, hijo del famoso médico del rey Filipo, preceptor él mismo del joven Alejandro, fue ya el que vio con claridad las flaquezas de que adolecía el pensa miento de Platón. En varios de sus escritos, con mucha frecuencia, Aristóteles polemiza contra Platón. Para Platón tiene Aristóteles los máximos respetos; en todo momento lo llama su maestro, su amigo. Polemiza, pues, con frecuencia contra Platón. Y las objeciones que Aristóteles formula con tra la teoría de las ideas de Platón se pueden reducir a seis grupos característicos.

En primer lugar, la duplicación innecesaria de las cosas. Aristóteles muestra que ese mundo de las ideas, que Platón construye metafísicamente con el objeto de "dar razón" de las cosas sensibles, es una duplicación del mundo de las cosas que resulta totalmente innecesario. Esta objeción que hace aquí Aristóteles a Platón es de una importancia incalculable en el proceso del pensamiento filosófico griego, porque es la primera vez que la teoría de los dos mundos (el mundo sensible y el mundo inteligible) establecida por Parménides dos siglos antes, la duplicidad de mundos, es insostenible. No hay un mundo inteligible de ideas contrapuesto y distinto del mundo sensible. Esto le parece una duplicación que no re -

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                 83

suelve nada, porque sobre las ideas se plantearían exacta mente los mismos problemas que se plantean sobre las cosas.

El segundo grupo de objeciones que Aristóteles hace a Platón es el de que el número de las ideas tiene que ser infinito, porque -dice Aristóteles- si dos cosas particulares, semejantes, son semejantes porque ambas participan de una misma idea (la "participación" es la "metaxis" de Platón), entonces, para advertir la semejanza entre una cosa y su idea hará falta una tercera idea; y para advertir la semejanza entre esta tercera idea y la cosa, una cuarta idea; y así infinitamente. De modo que la interposición de una idea para explicar la semejanza que existe entre dos cosas supone ya, implica ya, un número infinito de ideas.

El tercer argumento grave que Aristóteles formula contra Platón, es el siguiente: que si hay ideas de cada cosa, tendrá que haber también ideas de las relaciones, puesto que las relaciones las percibimos intuitivamente entre las cosas.

A este argumento añade otro: que si hay ideas de lo positivo, de las cosas que son; tendrá que haber ideas de lo negativo, de las que no son, de las cosas que dejan de ser. Por ejem-plo: si hay idea de la belleza, tendrá que haber idea de la fealdad; si hay idea del tamaño grande, tendrá que haber idea del tamaño pequeño, y en general, de cada tamaño. Pero los tamaños son infinitos: esto multiplicaría también innecesariamente el número de ideas.

La quinta  objeción que Aristóteles formula es que la doctrina de las ideas no explica la producción, la génesis de las cosas. Las ideas en Platón son conceptos, definiciones

hipostasiadas; pero esas definiciones hipostasiadas a lo más que pudieran llegar, si fuese inteligible la teoría de la parti cipación, es a dar razón de lo que las cosas son, pero en

ningún momento a explicar cómo las cosas advienen a ser.

Esta introducción por Aristóteles de una exigencia de expli cación para el advenir nos da una idea clara de que, por encima de la cabeza de Platón, ha debido haber en Aristóte les una influencia profunda del viejo Heráclito, de aquel Heráclito que fijó su mirada preferentemente en lo que la realidad ofrece de mutable, de cambiable, de fluido.

Y la última y quizá más importante objeción que Aristóteles opone a Platón es la de que las ideas son trascen­dentes. El trascendentismo de las ideas le parece insostenible. No ve Aristóteles la necesidad de escindir y dividir entre las ideas y las cosas. Y precisamente esta objeción es importante, porque la labor propia de Aristóteles en la filosofía se puede definir de un solo rasgo general con estas palabras: un esfuerzo titánico por traer las ideas platónicas del lugar celeste en que Platón las había puesto, y fundirlas dentro de la misma realidad sensible y de las cosas. Ese esfuerzo por deshacer la dualidad del mundo sensible y el mundo inteligible; por introducir en el mundo sensible la inteligi bilidad; por fundir la idea intuida por la intuición intelectual con la cosa percibida por los sentidos, en una sola unidad existencial y consistencial; ese esfuerzo caracteriza suprema mente la filosofía de Aristóteles, la metafísica de Aristóteles. Vamos a ver ese esfuerzo en detalle.

84                                                              LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

La filosofía de Aristóteles.

Para comprender el pensamiento de Aristóteles en filo sofía no hay que olvidar que pese a las graves objeciones que hace contra Platón, es discípulo de éste. Ha aprendido la filosofía en las enseñanzas de Platón; se ha nutrido de platonismo, o sea de parmenidismo a través de Platón; y continúa Aristóteles conservando algunos de los supuestos, de las bases fundamentales del platonismo parmenídico.

En estos tres puntos se pueden cifrar las bases que Aris tóteles conserva del platonismo: primero, que el ser de las cosas sensibles es problemático. Necesitará Aristóteles ex plicar en qué sentido y cómo las cosas sensibles son. El punto de partida seguirá siendo, para Aristóteles, lo mismo que para Platón y para Parménides, que los sentidos, el es pectáculo abigarrado del mundo con sus variados matices, no es el verdadero ser, sino que es un ser puesto en interro gante; es un ser problemático que necesita una explicación. Segundo: la explicación del ser problemático de las cosas sensibles consistirá en descubrir detrás de ellas lo intemporal y lo eterno. Aristóteles mostrará contra el movimiento, con tra la temporalidad la misma antipatía que Parménides, Ze nón y Platón. Tercero: que Aristóteles, aunque percibe muy bien el flaco de Parménides y el flaco de Platón -que han consistido en confundir constantemente, o mejor dicho en fundir constantemente la esencia y la existencia- seguirá él mismo también cometiendo ese mismo error. Lo cometerá en otra forma completamente distinta: afirmando una dis tinción conceptual entre ellas, pero seguirá estableciendo una función o distinción real entre la esencia y la existencia.

Ahora voy a entrar de lleno en la filosofía de Aristóteles y van ustedes a comprender perfectamente todo esto que acabo de esbozar a grandes rasgos.

Substancia, esencia, accidente.

El propósito de Aristóteles es primeramente el traer las ideas trascendentes de Platón y fundirlas con las cosas rea les de nuestra experiencia sensible, Para ello comienza par tiendo de la cosa tal como la vemos y sentimos. y en la cosa real, tal como la vemos y sentimos, distingue Aristó teles tres elementos: un primer elemento que llama substancia; un segundo elemento que llama esencia, y un tercer elemento que llama accidente,

¿Qué es la substancia? La palabra. tiene en Aristóteles dos significaciones. Aristóteles la emplea indistintamente en una y otra significación. Unas veces -la mayor parte de las ve-ces- tiene un primer sentido estricto. Otras veces tiene un sentido lato. El sentido estricto es el de la unidad, que soporta todos los demás caracteres de la cosa, Si nosotros analizamos una cosa, descubrimos en ella caracteres, notas distintivas, elementos conceptuales: este vaso es grande; es de cristal; es frío; tiene agua dentro; ha sido hecho de esta manera, de esta otra, Pero el "quid", del cual se dice que es esto, que es lo otro, que ha sido hecho de esta manera o de la otra manera; el "quid", como dice Santo Tomás, la "quidditas", la cosa de la cual se predica todo lo que se pue de predicar, eso lo llama Aristóteles el "substante", en griego "hipojéimenos", que yace debajo, que los latinos han tra ducido por la palabra "substare", estar debajo; lo llama la

EL REALISMO DE LAS IDEAS EN PLATÓN                                                                 85

"substancia", La substancia es, en suma -adviértanlo bien- el correlato objetivo del sujeto en la proposición, del sujeto en el juicio. Cuando en un juicio decimos: ese es tal cosa, Sócrates es mortal, Sócrates es hombre, Sócrates es atenien se, Sócrates es gordo, Sócrates es feo, Sócrates es narigudo, siempre decimos de alguien todas esas cosas, El "quid", el sujeto de la proposición del cual decimos todo eso, ésa es la substancia,

Pero, ¿qué decimos de la substancia? Pues todo lo que decimos de la substancia es lo que llama Aristótelesesencia. La esencia es la suma de los predicados que podemos pre dicar de la substancia, Ahora, estos predicados se dividen en dos grupos: predicados que convienen a la substancia de tal suerte que si le faltara uno de ellos no sería lo que es, y luego predicados que convienen a la substancia, pero que son de tal suerte que aunque alguno de ellos faltara, seguiría siendo la substancia lo que es. Aquellos primeros son la esencia propiamente dicha porque si alguno de ellos le fa1tara a la substancia, la substancia ya no sería lo que es, y estos segundos son el accidente, porque el hecho de que los tenga o no los tenga, no entorpece para nada a que sea lo que es.

De esta manera llegamos al otro sentido que de vez en cuando da Aristóteles a la palabra substancia, y es el sen tido de la totalidad de la cosa, con sus caracteres esenciales y con sus caracteres accidentales. En ese sentido llama Aris tóteles la substancia, lo individual, Para Aristóteles, por con siguiente, lo que existe metafísicamente, realmente, son las substancias individuales; lo que existe metafísicamente y real mente es Fulano de tal; no el concepto genérico, la idea de hombre, sino Fulano de Tal, Sócrates; este caballo que estoy montando, no el caballo en general. Por eso para Aristóteles la respuesta a la pregunta de que han arrancado estas con ferencias, estas excursiones por la metafísica, es muy simple y está completamente de acuerdo con la propensión natural del hombre, La respuesta a la pregun-ta: ¿quién existe?, es para Aristóteles ésta: existen las cosas individuales; lo demás no existe, son substancias "segundas" "deutere usia", subs tancias segundas, que no tienen más que existencia secunda ria, el ser que consiste en ser predicado o predicable, pero nada más.

Ustedes ven aquí lo que ha hecho Aristóteles, la faena magnífica que ha llevado a cabo. Ha consistido esta faena en aislar el elemento existencial que hay en el parmenidismo y colocarlo como "hipojéimenos", como "substancia", en el sentido estricto de la palabra; en tomar luego la idea plató nica, que era la unidad puramente esencial de los caracteres de la definición, del "logos" de Sócrates, de1 concepto y atri buirlos a la substancia, como lo que designa. lo que la subs tancia es, y añadir luego los caracteres particulares que la experiencia nos muestra en cada una de las substancias,

Ha logrado Aristóteles magníficamente lo que se propo nía: traer las ideas del cielo a la tierra; destruir la dualidad del mundo sensible y el inteligible; fundir estos dos mundos en el concepto lato de la substancia, de cosa real, que está ahí. En este mundo sensible cada cosa es, existe, tiene una

86                                                              LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

existencia, es una substancia. Pero, ¿qué es lo que eso es?, ¿en qué consiste eso que es? Viene inmediatamente el con cepto, la idea platónica, que desciende de su mundo hiper bó-reo y viene a posarse sobre la realidad existencial de la substancia para darle la posibilidad de una definición, para hacerla inteligible, para que el pensamiento pueda pensarla, definirla, fijarla en el catálogo general de los seres; y luego los elementos inesenciales, accidentales, que no añaden ni quitan a la definición esencial, pero que caracterizan la subs tancia como esto que está en este lugar y en este momento.

La materia y la forma.

Pero no se contenta Aristóteles con traer las ideas del cielo a la tierra. Recuerden ustedes que una de las críticas fundamentales que él hace a Platón, consiste en reprocharle que las ideas no tienen "actuación", no actúan, son inope rantes, no tienen fuerza genética y generadora. Aristóteles al traer las ideas al mundo de las cosas, quiere darle fuerza genética y generadora. Por eso establece en cada cosa una distinción fundamental. Lo mismo que en el análisis de la cosa distingue la substancia, la esencia y el accidente, dis tingue ahora en la cosa estos dos elementos: la forma y la materia. .

¿A qué llama Aristóteles materia? Aristóteles llama ma teria a un concepto que no tiene na-da que ver con lo que en física llamamos nosotros hoy materia. Materia, para él, es simple-mente aquello con que está hecho algo. El "aquello con que está hecho algo" puede ser eso que nuestros físicos hoy llaman materia; pero puede ser también otra cosa que no sea eso que los físicos hoy llaman materia. Así, una tra gedia es una cosa que ha hecho Esquilo o que ha hecho Eurípides, y esa cosa está hecha con palabras, con "logoi", con razones, con dichos de los hombres, con sentimientos humanos; y no está hecha con materia en el sentido que dan a la palabra materia los físicos de hoy. Materia, es, pues para Aristóteles aquello -sea lo que fuere- con que algo está hecho.

¿Y forma? ¿Qué significa forma para Aristóteles? Esta es una de las palabras que más ha dado que hacer a los filósofos e historiadores de la filosofía. No niego yo que sea difícil interpretar lo que Aristóteles quiso llamar "forma". No niego que sea difícil. Tampoco niego que la interpreta ción que yo le doy a ustedes no esté expuesta a toda suerte de crítica. No hay una sola de las interpretaciones que se han dado de la "forma" en Aristóteles que no esté expuesta a toda suerte de críticas. Pero yo, que no voy a entrar ahora en polémica con todas y cada una de las acepciones que esta palabra ha tenido y tiene, me voy a contentar con dar "mi" interpretación.

La palabra "forma

segunda parte del libro lecciones preliminares de filosofía

42                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

La intuición en Bergson.

Para Bergson la filosofía no puede tener otro método que el de la intuición. Cualquier otro método que no sea la intuición, falsearía radicalmente la actitud filosófica. ¿Por qué? Porque Bergson contrapone (hasta qué punto con ver dad, es lo que ahora no voy a discutir) la actividad inte lectual y la actividad intuitiva. Para Bergson la actividad intelectual consis-te en hacer lo que hacen los científicos; consiste en hacer lo que hacen los hombres en la vida ordi naria; consiste en tomar las cosas como cosas quietas, está ticas, compuestos de elementos que se pueden descomponer y recomponer, como el relojero descompone y recompone un reloj. El científico, el economista, el banquero, el comer ciante, el ingeniero, tratan la realidad que tienen ante sí como un mecanismo cuyas bases se pueden descoyuntar y luego volverlas a coyuntar. El científico, el matemático, con­sidera las cosas que tiene de-lante como cosas quietas, que están ahí, esperando a que él llegue para dividirlas en partes y fijar para cada elemento sus ecuaciones definitorias y luego reconstruir esas ecuaciones.

Según Bergson, este aspecto de la realidad que el inte lecto, la inteligencia, estudia de esta manera, es el aspecto superficial y falso de la realidad. Por debajo de esa realidad mecánica que se puede descomponer y recomponer a capri cho, por debajo de esa realidad que él dice realidad ya hecha, está la más profunda y auténtica realidad que es una realidad haciéndose, que es una realidad imposible de descomponer en elementos intercambiables, que es una realidad fluyente, que es una realidad sin distinciones, sin separaciones, ni es tancamientos; que es, por consiguiente, una realidad en el fluir del tiempo, que se va de las manos tan pronto como queremos apresarla; como cuando echamos agua en un cesto de mimbre, el agua se escapa por las aberturas.

Del mismo modo, para Bergson el intelecto verifica sobre esa realidad profunda y movediza, una operación primaria que consiste en solidificarla, en detenerla, en transformar lo fluyente en quieto. De ese modo se hace fácil la explicación, porque habiendo transformado el movimiento en inmovilidad, se descompone el movimiento en una serie infinita de puntos inmóviles.

Por eso para Bergson, Zenón de Elea, el famoso autor. de los argumentos contra el movimiento, tendrá razón en el terreno de la intelectualidad y no tendrá jamás razón en el te rreno de la intuición viviente. La intuición viviente tiene por misión abrirse paso a través de esas concreciones del intelec to, para usar una metáfora. El intelecto lo primero que ha hecho ha sido congelar el río de la realidad, convertido en hielo sólido, para poderlo entender y manejar mejor; pero lo ha falseado al transformar lo líquido en sólido, porque la verdad es que es líquido por debajo, y lo que tiene que hacer la intuición es romper esos témpanos artificiales de hielo mecánico, para llegar a la fluencia misma de la vida, que discurre por debajo de esa realidad mecánica.

La misión de la intuición es, pues, esa; oponerse a la labor del intelecto, o de lo que llama Bergson el pensamiento, "la pensée". Por eso en su último libro ha llegado al

LA INTUICIÓN COMO MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                 43

refinamiento máximo quizá en la historia de la filosofía, que consiste en haber puesto en el título mismo de su libro la última esencia de su pensamiento: lo llama "La pensée et le mouvant". El pensamiento lo movedizo.Intelectual es el pensamiento. Pero el aspecto profundo y real es el movi miento, la continuidad del fluir, del cambiar, a lo cual sólo por intuición podemos llegar.

Por eso para Bergson, la metáfora literaria es el instru mento más apropiado para la expresión filosófica. El filó­sofo no puede hacer definiciones, porque las definiciones se refieren a lo estático, a lo quieto, a lo inmóvil, a lo mecánico y a lo intelectual. En cambio como la verdad última es lo movedizo y fluyente que hay debajo de lo estático, a esa ver dad no se puede llegar por medio de definiciones intelec tuales; lo único que puede hacer el filósofo es sumergirse en esa realidad profunda; y luego, cuando vuelva a la super ficie, toma la pluma y escribe, procurando, por medio de metáforas y sugestiones de carácter artístico o literario, llevar al lector a que verifique a su vez esa misma intuición que el autor ha verificado antes que él. La filosofía de Bergson es una constante invitación a que el lector sea también filósofo y haga él también las mismas intuiciones.

La intuición en Dilthey.

Pasemos ahora a intentar caracterizar en pocas palabras la intuición en Dilthey.

La intuición de Dilthey se caracteriza brevemente con el adjetivo "volitivo". La intuición de Dilthey es la intuición volitiva a que hace unos instantes me he referido. Para Dilthey tam-bién, como para Bergson, el intelectualismo, el idealismo, el racionalismo, todos aquellos sistemas filosóficos para quienes la última y más profunda realidad es el inte lecto, el pensamiento, la razón, todas esas filosofías, para Dilthey. son falsas, son insuficientes.

Para Dilthey no es la razón, no es el intelecto el que nos descubre la realidad de las cosas. La realidad, o mejor dicho todavía, la "existencia" de las cosas, la existencia viva de las cosas, no puede ser demostrada por la razón, no puede ser descubierta por el entendimiento, por el intelecto. Tiene que ser intuida con una intuición de carácter volitivo, que consiste en percibirnos a nosotros mismos como agentes, como seres que antes de pensar quieren, apetecen, desean.

Nosotros somos entes de voluntad, de apetitos, de deseos, antes que entes de pensamiento. Y en tanto en cuanto somos entes de la voluntad, queremos. Pero nuestro querer tropieza

con dificultades. Esas dificultades con las cuales tropieza nuestro querer las convertimos en cosas. Esas dificultades son las que nos dan, inmediata e intuitivamente, noticia de la

existencia de las cosas; y una vez que habiendo nuestra vo luntad tropezado con resistencias ha llegado a luchar contra ellas, convierte esas resistencias en existencias.

La existencia de las cosas nos es, pues, dada a la intuición volitiva como resistencia de ellas. Por eso el primer atisbo de filosofía existencial está en Dilthey.

Hay un filósofo francés, no diré poco conocido pero sí menos conocido, Maine de Biran, que vivió a mediados del siglo XIX y que durante su vida y su actuación filosófica,

44                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

pasó no diré desapercibido pero sí poco apercibido. Maine de Biran fue quizá el primero, o uno de los primeros (porque siempre es posible quizá rastrear antecedentes) que denuncia este origen volitivo de la existencialidad, que denuncia en nosotros una base para la afirmación de la existencia ajena, de la existencia de las cosas y de los otros hombres; una base en las resistencias que se oponen a nuestra voluntad; y estudia con detenimiento la aportación esencial que los sen timientos musculares dan en la psicología a la confección de la idea del yo y de las cosas.

Dilthey considera como la intuición fundamental de la filosofía, esa intuición volitiva que nos revela las existencias. Por otra parte, esto lo lleva también a considerar que en la vida humana la dimensión del pasado es esencial para el pre sente. Del mismo modo que lo que rodea al hombre se le aparece primordialmente en la forma de obstáculos y resisten cias a su acción, del mismo modo el presente tiene que aparecérsenos como el límite a que los esfuerzos procedentes del pasado llegan hoy. y así la dimensión de lo histórico y de lo pretérito hace entrada en el campo de la filosofía de un modo completamente distinto al que había tenido en la filo sofía idealista alemana de principios del siglo XIX.

La intuición en Husserl.

Por último, diré algunas palabras de la intuición feno menológica de Husserl.

La intuición fenomenológica de Husserl, para caracteri zarla en términos muy generales, y por consiguiente muy vagos, habría que ponerla en relación con el pensamiento platónico. Husserl piensa, creo, que todas nuestras repre sentaciones son representaciones que hay que miradas desde dos puntos de vista. Un punto de vista psicológico. Si las miramos desde el punto de vista psicológico, tienen una individualidad psicológica, como fenómenos psíquicos; pero estos fenómenos psíquicos, como todos los fenómenos psí quicos, contienen la referencia intencional a un objeto.

Cada una de nuestras representaciones es, pues, primero una representación singular. Segundo, esa representación sin gular es el representante, el apoderado, diremos, de un ob jeto. Así, si yo quiero pensar el objeto Napoleón, no puedo pensarlo más que representándome a .Napoleón; pero la re presentación que yo tengo de Napoleón tendrá que ser sin gular: o bien me lo represento montado a caballo en el puente de Arcole, o bien me lo represento en la batalla de Austerlitz con la cabeza baja y la mano puesta en su redingote; o bien me lo represento desesperado, después de la derrota de Waterloo. Cada una de estas representaciones por sí misma es singular, pero las tres aunque sean totalmente distintas unas de otras, se refieren al mismo objeto, que es Napoleón.

Pues bien: la intuición fenomenológica consiste en fi jarse en la representación que sea, prescindiendo de su singu laridad, prescindiendo de su carácter psicológico particular, poniendo entre paréntesis la existencia singular de la cosa; y entonces, apartando de sí esa existencia singular de la cosa, para no buscar en la representación más que lo que tiene de esencial, buscar la esencia general, universal, en la representación particular. Considerar, pues, cada represen-

LA INTUICIÓN COMO MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                   45

tación particular como no particular, poniendo entre parén tesis, expulsando de nuestra con-templación lo que tiene de particular, para no fijarnos más que en lo que tiene de ge neral; y una vez que hemos podido lanzar la mirada intui tiva sobre lo que cada representación particular tiene de general, entonces tenemos en esa representación, aunque par ticular, plásticamente realizada la esencia general. Tenemos la idea, como él dice, renovando la terminología de Platón. Como ustedes ven, se trata aquí, para Husserl, de una intui ción del tipo que hemos llamado intelectual.

Tendremos, pues, en líneas generales, aproximadamente lo siguiente: que Bergson nos representa la intuición mís tica emotiva; que Dilthey nos representa la intuición existen cial volitiva, y que Husserl representa la intuición intelectual al modo de Platón o acaso también de Descartes. No en vano Husserl ha metido en su terminología muchos términos sacados del platonismo, tanto que en broma suelen decir los estudiosos de filosofía que a los fenomenólogos no se los entiende, porque hablan en griego. Yo he tenido que hacer

algunos esfuerzos, que ustedes no han notado, para evitar pronunciar al hablar de Husserl, tres o cuatro palabras grie gas en ristra.

Conclusión.

Para terminar, es conveniente que hagamos un intento de extraer de este análisis que hemos hecho de la intuición, algunas conclusiones personales, para nuestro estudio de la filosofía, para nuestras excursiones por el campo de la filo sofía. Lejos de mí, que soy, no ya filósofo, sino filosofillo, la idea de querer ser yo ahora también original y desenvolver aquí un sistema genial.

Hay que considerar que estas tres clases de intuiciones que se reparten en grandes líneas el campo metódico filosó fico contemporáneo, tienen cada una de ellas su justifica ción. en un lugar del conjunto del ser. El error consiste en querer aplicar uniformemente una sola de ellas a todos los planos y a todas las capas del ser.

Evidentemente, las capas del ser que se hallan domina das por la construcción intelectual de las ciencias matemá ticas; físicas, de las ciencias biológicas, de las ciencias jurí dicas y sociales, aquella capa en donde el ser significa ya, sin preocuparse del origen de ella, existencia y esencia, en aquellas capas lo importante, lo filosóficamente importante es la descripción de las esencias. Hacer descripción de lo que los objetos son.  .

Para estas capas del ser, evidentemente, la intuición fe nomenológica de Husserl es el instrumento más apropiado; es la intuición intelectual la que, teniendo nosotros el objeto puesto ante nosotros, sometido ya a las categorías del ser estático, del ser ya, el método más eficaz será evidentemente el de tomarlo bajo la intuición fenomenológica, o sea pro curar taladrar las representaciones de ese ser, de esa cosa, para llegar a la cosa misma, prescindiendo de las singulari dades y particularidades de la representación.

Pero en cambio cuando nos preguntamos, como es de bido, como es absolutamente necesario en la filosofía con temporánea, sin lo cual la filosofía contemporánea quedaría

46                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

estancada, cuando nos preguntamos si hay alguna capa más profunda que esa capa del ser previo, si hay alguna manera o modalidad de vivir el hombre antes de que el hombre se haya visto en la necesidad de poner el ser, para luego estu diar lo que eso es, si hay alguna capa previa, esa capa no podrá ser obtenida o intuida por la intuición intelectual, puesto que ésta es el instrumento apropiado para la capta ción del objeto intelectual. Pero si el objeto que nos propo nemos captar es preintelectual, es anterior al ser, por decirlo así, es el que precede al ser, es esa vivencia del hombre antes de que el hombre haya resuelto creer que hay cosas, en­tonces tendremos que descubrir esa vivencia del hombre, anterior a la creencia en la existencia de las cosas, como un puro y simple vivir, pero un vivir que siente obstáculos, que tropieza con resistencias, con dificultades. Y justamente por que tropieza con resistencias y dificultades da a esas resis tencias el valor de existencias, y habiéndolas convertido en existencias, les confiere el ser, y una vez que les ha conferido el ser, entonces ya son esencias, a las cuales se puede aplicar la intuición intelectual.

De suerte que estos tres tipos de intuición no son con tradictorios, sino que los tres pueden ser usados en la filo sofía contemporánea, y nosotros los usaremos, según las capas de realidad en que estén situados los objetos a que nos dediquemos. En nuestras excursiones por el campo de la filosofía seremos fieles al método de la intuición si unas veces aplicamos la intuición fenomenológica y otras veces la intuición emotiva, o mejor todavía, la intuición volitiva.

LECCIÓN IV

INGRESO EN LA ONTOLOGÍA

¿QUÉ ES EL SER? IMPOSIBILIDAD DE DEFINIR EL SER. ¿QUIEN ES EL SER? EXISTENCIA Y CONSISTENCIA. ¿QUIEN EXISTE? EL REALISMO METAFÍSICO. LOS PRIMEROS FILÓ SOFOS GRIEGOS. HERÁCLITO.

En las lecciones anteriores hemos intentado verificar al gunas excursiones por el campo de la filosofía, pero limitán donos a visiones panorámicas, por decirlo así, de carácter general.

En nuestra primera excursión hubimos de aprovechar esa vista panorámica para delimitar en grandes rasgos el objeto general de la filosofía y los territorios de su campo. La se gunda nos internó por los problemas del método; y hubimos de ver que el método principal de la filosofía es la intuición, tanto en su forma intelectual como en sus formas emotiva y volitiva, aplicando cada una de estas formas según las mo dalidades del objeto en cuestión.

Ahora vamos a intentar una serie de excursiones por te rritorios filosóficos más intrincados, más difíciles. Vamos a probar durante algunos días a desbrozar un poco el campo de la ontología.

Por primera vez hoy vamos a plantearnos problemas real mente de fondo. Así es que yo requiero por ello toda la atención y todo el esfuerzo de que sean ustedes capaces.

Vamos a hablar, pues, de ontología.

Ontología significa "teoría del ser". Las dos grandes di visiones que podemos hacer en la fi-losofía son la ontología y la gnoseología, la teoría del ser y la teoría del saber, del conocer.

Hoy vamos a ocuparnos de algunos problemas que se plantean en la misma puerta de entrada a la teoría del ser.

La ontología, en términos generales, se ocupa del ser, o sea, no de este o aquel ser concreto y determinado, sino del ser en general, del ser en la más vasta y amplia acepción de esta palabra.

Lo primero que se le ocurre a cualquiera a quien le di gan que una disciplina va a ocuparse de un objeto, es que esa disciplina ha de decirle lo que ese objeto es. Por con siguiente, el problema comprendido primariamente en la teo ría del ser, habrá de ser éste: ¿Qué es el ser?

Ahora bien, formulada de esta primera manera, la pre gunta implica que lo que se pide, que lo que se quiere y se

48                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

demanda, es una definición del ser; que se nos diga qué cosa es el ser.

Vamos a ver dentro de un instante la dificultad insupe rable, absolutamente insuperable, de esta acepción de la pre gunta. Si tomamos la pregunta en ese sentido, tropieza con una dificultad que la hace imposible de contestar.

Pero no sólo puede preguntarse, ¿qué es el ser?; no sólo puede pedirse la definición del ser, sino que también podría preguntarse: ¿quién es el ser? En este caso, ya no se pediría definición del ser, sino que lo que se nos pediría es seña lamiento del ser; que se nos muestre dónde está el ser; quién es.

Así que, por de pronto, para mayor claridad en nuestro desenvolvimiento, vamos a concretar en estas dos preguntas el programa previo de la ontología: por una parte, la pre gunta: ¿Qué es el ser?; por otra parte, la pregunta: ¿Quién es el ser?

¿Qué  es el ser?. Imposibilidad de definir el ser.

Analicemos la primera pregunta: ¿qué es el ser? Digo a ustedes que esta pregunta es incontestable. La pregunta exi ge de nosotros que demos una definición del ser. Ahora bien: dar una definición de algo supone reducir ese algo a elementos de carácter más general, incluir ese algo en un concepto más general todavía que él. ¿Hay concepto más general que el concepto del ser? ¿Puede hallarse acaso alguna noción en la que quepa el ser, y que, por consiguiente, ha bría de ser más extensa que el ser mismo? No la hay.

Si nosotros examinamos las nociones, los conceptos de que nos valemos en las ciencias y aun en la vida, encontra mos que estos conceptos poseen, todos ellos, una determinada extensión; es decir, que cubren una parte de la realidad; se aplican a un grupo de objetos, a unos cuantos seres. Pero estos conceptos son unos más extensos que otros; es decir, que algunos se aplican a menos seres que otros; como cuan do comparamos el concepto de "europeo" con el de "hom bre" encontramos naturalmente que hay menos europeos que hombres. Por consiguiente, el concepto de "hombre" se apli ca a mas cantidad de ser que el concepto "europeo". Los conceptos son, pues, unos más extensos que otros.

Ahora bien. Definir un concepto consiste en incluir este concepto en otro que sea más extenso, o en otros varios que sean más extensos y que se encuentren, se toquen, pre cisa-mente en el punto del concepto que queremos definir. Si nos proponemos definir el concep-to de "ser", tendremos que tener a mano conceptos que cubran mayor cantidad de ser que el concepto de ser. Ahora bien: el concepto de ser en general es el que cubre mayor cantidad de ser. Por consi guiente, no hay otro más extenso, por medio del cual pueda ser definido.

Mas, por otra parte, podemos llegar también a la misma conclusión. Definir un concepto es enumerar una tras otra las múltiples y variadas notas características de ese concepto. Un concepto es tanto más abundante en notas características, cuanto que es menos extenso; pues un concepto reducido necesita más notas definitorias que un concepto muy amplio.

INGRESO EN LA ONTOLOGÍA                                                                                      49

Y el concepto más amplio de todos, el concepto de ser, no tiene, en realidad, notas que lo definan.

Por eso, para definir el ser nos encontraríamos con la dificultad de que no tendríamos que decir de él nada. Hegel, que hace esta misma observación, acaba por identificar por completo el concepto de "ser" con el concepto de "nada"; porque del ser no podemos predicar nada, del mismo modo que de la nada no podemos predicar nada. Y por otra parte, del ser lo podemos predicar todo, que equivale exactamente a no poder predicar nada.

¿Quién es el ser?

Así, por consiguiente, el concepto de "ser" no es un con cepto que sea definible. A la pre-gunta: ¿qué es el ser?, no podemos dar ninguna contestación. En realidad, el ser no pue de definirse; lo único que puede hacerse con él es señalar lo, que no es lo mismo que definirlo. Definirlo es hacerlo entrar en otro concepto más amplio; señalarlo es simple mente invitar al interlocutor a que dirija su intuición hacia un determinado sitio, en donde está el concepto de ser. Se ñalar el concepto de ser, en cambio, eso sí es posible.

Es justamente a lo que nos invita nuestra pregunta se gunda, que ya no es: ¿qué es el ser? sino: ¿quién es el ser? Esta variación "quien" en vez de "qué" nos hace ver que esta segunda pregunta tiende: no a definir, sino a señalar el ser, para poderlo intuir directamente y sin definición ninguna.

Si reflexionamos ahora también sobre esta pregunta de quién es el ser, nos encontramos con que esta pregunta im plica algo extraño y curioso. Preguntar quién es el ser, pa rece querer decir que no sabemos quién es el ser, que no conocemos el ser, y además, que hay diferentes pretensiones, más o menos legítimas, a ser el ser, que diferentes cosas pretenden ser el ser, y que nosotros nos vemos obligados a examinar cuál de esas cosas puede legítimamente ostentar el apelativo de "ser".

Nuestra pregunta: ¿quién es cl ser?, supone, pues, la dis tinción entre el ser, que lo es de verdad, y el ser, que no lo es de verdad; supone una distinción entre el ser auténtico y el ser inauténtico o falso. O, como decían los griegos, como decía Platón, entre el ser que es y el ser que no es.

Esta distinción es. en efecto, algo que está contenido en la pregunta: ¿quién es el ser? Y, ¿cómo podremos, entonces, descubrir quién es el ser, si son varios los pretendientes a esa dignidad? Pues podremos descubrirlo cuando intentemos aplicar a cada uno de esos pretendientes el criterio de las dos preguntas.

Cuando algo se nos presente con la pretensión de ser el "ser" antes de decidir sobre ello deberemos, pues, pre guntarle: ¿qué eres?. Si podemos entonces disolver ese preten diente a ser en otra cosa distinta de él, es que está com puesto de otros seres que no son él y es reductible a ellos, y, por consiguiente, quiere decir que ese ser no es un ser auténtico, sino que es un ser compuesto o consistente en otros seres. Y si en cambio, por mucho que hagamos no pode mos definirlo, no podemos disolverlo, reducirlo a otros seres,

50                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

entonces ese ser podrá en efecto ostentar con legitimidad la pretensión de ser el ser.

Esto quedará mucho más claro si aplicamos ya una ter minología corriente en el pensamiento filosófico, y distingui mos entre el ser en sí y el ser en otro.

El ser en otro es un ser inauténtico, es un ser falso, puesto que tan pronto como yo lo examino, me encuentro con su definición, es decir, con que ese ser en otro es esto, lo otro, lo de más allá; es decir, que él no es sino un con junto de esos otros seres; que él consiste en otra cosa; y en tonces el ser que consiste en otro no puede ser un ser en sí, puesto que consiste en otro.

Éste es típicamente el ser en otro; mas, como lo que andamos buscando es el ser en sí, podremos rechazar entre los múltiples pretendientes al ser en sí, todos aquellos que consisten en otra cosa que ellos mismos.

Esto nos conduce a replantear de nuevo nuestros proble mas iniciales; pero ahora en una forma completamente dis tinta. Acabamos de percibir -y ahora lo vamos a exponer con claridad- que la palabra "ser" tiene dos significados. Luego encontraremos, en el curso de estas clases, otros muchos; pero ahora acabamos de vivir con una vivencia in mediata, dos significados de la palabra "ser": el uno, el ser en sí; el otro, el ser en otro.

Existencia y consistencia.

Estos dos significados equivalen a estos dos otros: la existencia y la consistencia. La palabra "ser" significa, por una parte, existir, estar ahí. Pero por otra parte significa también consistir, ser esto, ser lo otro. Cuando preguntamos ¿qué es el hombre?, ¿qué es el agua?, ¿qué es la luz?, no queremos decir si existe o no existe el hombre, si existe o no existe el agua o la luz. Queremos decir: ¿cuál es su esen cia?, ¿en qué consiste el hombre?, ¿en qué consiste el agua?, ¿en qué consiste la luz? Cuando la Biblia dice que Dios pro nunció estas palabras: "Fiat lux"; que la luz sea, la palabra "ser" está empleada, no en el sentido de "consistir", sino en cl sentido de "existir". cuando Dios dijo "Fiat lux"; que la luz sea, quiso decir que la luz, que no existe, exista. Pero cuando nosotros decimos: ¿qué es la luz?, no queremos de cir qué existencia tiene la luz, no. Queremos decir: ¿Cuál es su esencia?, ¿cuál es su consistencia?

Así estas dos significaciones de la palabra "ser" van a servirnos para aclarar nuestros problemas iniciales. Vamos muy sencillamente a aplicar a las dos significaciones de la palabra "ser" las dos preguntas con que iniciamos estos razo namientos: la pregunta: ¿qué es? y la pregunta: ¿quién es? Y aplicadas esas dos preguntas a los dos sentidos del verbo "ser"sustantivado, tenemos: primera pregunta: ¿qué es existir? Segunda pregunta: ¿quién existe? Tercera pregunta: ¿qué es consistir?, y cuarta pregunta: ¿quién consiste?

Examinemos estas cuatro preguntas. Vamos a examinar las, no para contestarlas, sino para ver si tienen o no con testación posible.

A la pregunta: ¿qué es existir? resulta evidente que, no hay contestación posible. No se puede decir qué sea la exis-

INGRESO EN LA ONTOLOGÍA                                                                                        51

tencia. Existir es algo que intuimos directamente. El existir no puede ser objeto de definición. ¿Por qué? Porque definir es decir en qué consiste algo; pero acabamos de ver que "consistir", es justamente lo contrario de "existir", o por lo menos algo tan totalmente distinto, que no puede confun dirse, no debe confundirse.

Si, pues, yo pregunto: ¿qué es existir?, tendría que con testar a esa pregunta indicando la consistencia del existir, puesto que todo definir consiste en explicitar una consistencia; y definición consiste en la indicación de en qué consiste la cosa. Ahora bien: es claro y evidente que el existir no con siste en nada. Por eso muchos filósofos -todos los filósofos, en realidad- se detienen ante la imposibilidad de definir la existencia. La existencia no puede ser definida, y precisa mente habrá un momento en la historia de la filosofía, en que un filósofo, Kant, hará uso de esta distinción, para hacer ver que ciertos argumentos metafísicos han consistido en con siderar la existencia como un concepto, y manejarlo, bara jarlo, con otros conceptos, en vez de considerarla como una intuición que no puede ser barajada y discurrida del mismo modo que los conceptos.

Por consiguiente, la pregunta: ¿qué es existir? no tiene contestación, y la eliminaremos de la ontología. La ontología no podrá decirnos qué es existir. Nadie puede decirnos qué es existir, sino que cada cual lo sabe por íntima y fatal ex periencia propia.

Pasemos a la segunda pregunta, que es: ¿quién existe? Esta segunda pregunta sí puede tener contestación. A esta segunda pregunta cabe contestar: yo existo, el mundo existe, Dios existe, las cosas existen. Y caben combinaciones en estas contestaciones; cabe decir: las cosas existen, y yo como una de tantas cosas. Cabe también decir: yo existo, pero las cosas no; las cosas no son más que mis representaciones; las cosas no son más que fenómenos para mí, apariencias que yo percibo, pero no verdaderas realidades. No "son" en sí   mismas, sino en mí.

Cabe también contestar: Ni las cosas .ni yo existimos de verdad, sino que sólo Dios existe, y las cosas y yo existimos en Dios; las cosas y yo tenemos un ser que no es un ser en mí, sino un ser en otro ser, en Dios. También cabe contes tar esto. De modo que a la pregunta: ¿quién existe?, puede haber contestaciones varias.

Vamos a ver la tercera pregunta: ¿qué es consistir? Esta pregunta tiene contestación. ¿Puede decirse en qué consiste el consistir? Puede decirse en qué consiste la consistencia; porque efectivamente, como quiera que yo advierto que unas cosas consisten en otras, no todas consisten en la misma. Hay maneras, modos, formas variadas del consistir. La enu meración, el estudio de todas estas formas variadas del con sistir, es algo que puede hacerse, que debe hacerse, que se hace, que se ha hecho. Es algo que constituye un capítulo importantísimo de la ontología. Ahora veremos cuál.

Y, por último, la cuarta pregunta: ¿quién consiste?, no tiene contestación. Le pasa a esta pregunta como a la pri mera: ¿qué es existir?, que no tiene contestación. Tampoco:

52                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

¿quién consiste? puede tener contestación, porque lo único que cabría decir es que no sabemos quién consiste. Hasta que no sepamos quién existe, no podemos saber quién consiste, porque sólo cuando sepamos quién existe, con existencia real en si, podremos decir que todo lo demás existe en ese ser primero, y por lo tanto, todo lo demás consiste. De suerte que la pregunta no tiene contestación directa.

Si -como, por ejemplo, dicen algunos filósofos como Espinosa- nada existe, ni las cosas, ni yo, sino que las co­sas y yo estamos en Dios, entonces a la pregunta: ¿quién consiste?, contestaremos que todos consistimos, salvo Dios, que no consiste, puesto que no es reductible a otra cosa, y en cambio nosotros y las cosas somos todos reductibles a Dios. Por consiguiente, esta cuarta pregunta no tiene con testación directa, no la puede tener; es simplemente el reverso de la medalla de la segunda pregunta, porque tan pronto como sepamos quién existe, sabremos quién es el ser en sí, y entonces todo lo que no sea ese ser en sí, será ser en ese ser, es decir, todo lo demás consistirá en ese ser.

Queda, pues, reducido nuestro problema de la ontología a estas dos preguntas: ¿quién existe? y ¿qué es consistir"

A la primera hay múltiples y variadas contestaciones. Las contestaciones que se dan a la pregunta: ¿quién existe?, constituyen la parte de la ontología que se llama la metafísica. La metafísica es aquella parte de la ontología que va encaminada a decidir quién existe, o sea quién es el ser en sí, el ser que no es en otro, que no es reductible a otro; y en tonces todos los demás seres serán seres en ese ser en sí. La metafísica es la parte de la ontología que contesta al pro blema de la existencia, de la auténtica y verdadera existencia, de la existencia en sí, o sea a la primera pregunta.

A la segunda pregunta: ¿qué es consistir?, hay también múltiples contestaciones posibles. Esas múltiples contestacio nes posibles son otras tantas maneras de consistir. Los ob jetes consisten en esto o en lo de más allá, y cada uno consiste según la estructura de su objetividad. La segunda pregunta: ¿qué es consistir?, da, pues, lugar a una teoría general de los objetos, de cualquier objeto, de la objetividad en general. La segunda pregunta constituye la teoría del ob jeto, la teoría de la objetividad, o -si me permitís una inno vación quizá no demasiado impertinente en la terminología- podríamos decir: la teoría de la consistencia de los objetos en general.

Así, pues, la ontología de que vamos a hablar durante unas cuantas lecciones, se nos divide en: 1º metafísica y 2º teoría del objeto o teoría de la consistencia en general. En este territorio de la ontología dos grandes avenidas se abren ante nosotros: la avenida metafísica y la avenida de la teoría del objeto. Vamos a seguir esas dos avenidas una después de otra.       En la historia de la filosofía los dos problemas (el pro blema de quién existe y el problema de qué es consistir) han andado muchas veces mezclados y esto ha perjudicado a la claridad y nitidez de los filosofemas, de las figuras (en el sen tido psicológico que hemos empleado aquí, pero aplicado

INGRESO EN LA ONTOLOGÍA                                                                                        53

a la filosofía) de las figuras filosóficas, de los temas filosóficos, de los objetos filosofados por el filósofo. Ha sido per judicial, como siempre todo equívoco es perjudicial. Nosotros, pues, tendremos muy buen cuidado, en nuestras excursiones por la metafísica y por la teoría de los objetos, de mantener muy claramente siempre la distinción entre el punto de vista existencial metafísico y el punto de vista objetivo consisten cial. No siempre nos será posible atenernos estrictamente a uno de esos dos puntos de vista; no siempre nos será po sible hacer metafísica sin teoría del objeto, ni hacer teoría del objeto sin metafísica. A veces nosotros mismos tendre mos que hablar de ambos temas y casi simultáneamente. Pero si desde ahora tienen ustedes muy presente esta diferencia esencial de orientación en los dos temas, no habrá peligro en tratarlos a veces simultáneamente, puesto que us tedes ya harán las necesarias distinciones entre lo que vale para uno y lo que vale para otro.

Vamos, pues, ahora a entrar valientemente, resueltamen te en la avenida de la metafísica.

Decimos que la metafísica está dominada por la pregun ta: ¿quién existe? Decimos que esa pregunta implica que hay múltiples pretendientes a existir, múltiples pretendientes que dicen: yo existo. Pero tenemos que examinar sus títulos. No todo el que quiere existir, o dice que existe, existe verdade ramente. Los griegos hicieron ya la distinción. He aludido a ello. Tengámoslo muy presente, y preguntémonos ahora: ¿quién es el ser en sí? No el ser en otro, sino el ser en sí. Hay una contestación a esta pregunta, que es la contesta ción más natural, natural en el sentido biológico de la pa labra, la que la naturaleza en nosotros, como seres naturales, nos dicta inmediatamente, la más obvia, la más fácil, la que a cualquiera se le ocurre: ¿Que quién existe? Pues muy sen cillo: esta lámpara, este vaso, esta mesa, estos timbres, esto pizarrón, yo, esta señorita, aquel caballero, las cosas, y en tre las cosas, como otras cosas, como otros entes, los hombres, la tierra, el cielo, las estrellas, los animales, los ríos; eso es lo que existe.

Esta contestación es la más natural de todas, la más es pontánea, y es la que la humanidad repetidas veces ha enun ciado constantemente. Ha tardado muchos siglos la humani dad en cambiar de modo de pensar acerca de esta pregunta, y aun habiendo cambiado de modo de pensar los filósofos, sigue pensando en esta forma todo el mundo, todo el que no es filóso-fo. Más aún: siguen pensando en esta forma los filósofos en cuanto que no lo son; es decir, el filósofo no es filósofo las veinticuatro horas del día; no lo es más que cuando filosofa; pero cuando se levanta por la mañana y, como aquel personaje de Molière, aquel monsieur Jour dain, dice: "Jeanette, mon chocolat", en aquel momento el filósofo no es filósofo, como cuando saca un cigarrillo y se lo ofrece a un amigo. El filósofo no es filósofo más que cuando filosofa, y yo me atrevería a decir que todos los filósofos antiguos y modernos, presentes y futuros, en cuanto que no son filósofos, espontánea y naturalmente viven en la

54                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

creencia de que lo que existe son las cosas, entre las cuales naturalmente y sin distinción, estamos nosotros.

La palabra latina que designa cosas, es "res". Esta respues ta primordial, y aun diría primitiva, natural, lleva en la his toria de la metafísica el nombre de realismo, de la palabra latina "res". A la pregunta: ¿quién existe? contesta el hom bre naturalmente: Existen las cosas -"res"-, y esta respues ta es el fondo esencial del realismo metafísico.

Pero ese realismo, en esta forma en que yo acabo de di bujarlo, no tiene ni un solo represen-tante en la historia de la filosofía. Ni un solo filósofo, antiguo ni moderno, es realista de esta manera que acabo de decir. Porque no puede serlo. Es demasiado evidente, cuando reflexionamos un momento, que no todas las cosas existen; que hay cosas que creemos que existen y en cuanto nos acercamos a ellas vemos que no existen, ya sea porque realmente se desvanecen, ya sea por que inmediatamente las descomponemos en otras; que es muy sencillo encontrar cosas compuestas de otras. Por consiguien te, esas cosas compuestas de otras, inmediatamente descubri mos en qué consisten, y cuando hemos descubierto en qué consisten, ya realmente no podemos decir que existen, en ese sentido de existencia en sí, de existencia primordial. Así, realmente, no ha habido en toda la historia de la filosofía -por lo menos que yo sepa- ningún realista que afirme la existencia de todas las cosas.

El realismo empezó desde luego en Grecia; y empezó discerniendo entre las cosas. El pri-mer esfuerzo filosófico del hombre fue hecho por los griegos, y empezó siendo un es fuerzo para discernir entre lo que tiene una existencia mera mente aparente y lo que tiene una exis-tencia real, una exist encia en si, una existencia primordial, irreductible a otra.

El primer pueblo que de verdad filosofa es el pueblo griego. Otros pueblos anteriores han tenido cultura, han te­nido religión, han tenido sabiduría; pero no han tenido filo sofía. Nos han llenado la cabeza -en estos últimos cincuenta años sobre todo, a partir de Schopenha-uer- de las filosofías orientales, de la filosofía india, de la filosofía china. Esas no son filosofías. Son concepciones generalmente vagas sobre el universo y la vida. Son religión, son sapiencia popular más o menos genial, más o menos desarrollada; pero filosofía no la hay en la historia de la cultura humana, del pensa miento humano, hasta los griegos.

Los griegos fueron los inventores de eso que se llama fi losofía. ¿Por qué? Porque fueron los inventores -en el sen tido de la palabra descubrir-, los descubridores de la razón, los que descubrieron que con la razón, con el pensamiento racional, se puede hallar lo que las cosas son, se puede ave riguar el último fondo de las cosas. Entonces empezaron a hacer uso de intuiciones intelectuales e intuiciones racionales, metódicamente.

Antes de ellos se hacía una cosa parecida, pero con toda clase de atisbos, de fes, de elementos irracionales.

Hecho este paréntesis, diremos que los primeros filósofos griegos que se plantean el problema de quién existe, de cuál

INGRESO EN LA ONTOLOGÍA                                                                                       55

es el ser en sí, cuando se lo plantean es que ya han supe rado el estado de realismo primitivo que enunciábamos di ciendo: todas las cosas existen, y yo entre ellas. El primer momento filosófico, el primer esfuerzo de la reflexión con siste en discernir entre las cosas que existen en sí, y las cosas que existen en otra, en aquella primaria y primera.

Estos filósofos, griegos buscaron cuál es la o las cosas que tienen una existencia en sí. Ellos llamaban a esto el "principio", en los dos sentidos de la palabra: como comienzo y como fundamento de todas las cosas.

El más antiguo filósofo griego de que se tiene noticia un poco exacta se llamaba Thales y era de la ciudad de Mileto. Este hombre buscó entre las cosas cuál sería el principio de to-das las demás, cuál sería la cosa a la cual le conferiría la dignidad de ser, de principio, de ser en sí, la existencia en si, de la cual todas las demás son meros derivados; y el hom bre dictaminó que esta cosa era el agua. Para Thales de Mileto, el agua es el principio de todas las cosas. De modo que todas las demás cosas tienen un ser derivado, secundario. Consisten en agua. Pero el agua, ella, ¿qué es? Como él dice: el principio de todo lo demás, no consis-te en nada; existe, con una existencia primordial, como principio esencial, fun damental, primario.

Otros filósofos de esta misma época -el siglo VII antes de Jesucristo- tomaron actitudes más o menos parecidas a la de Thales de Mileto. Por ejemplo, Anaximandro, tam bién creyó que el principio de todas las cosas era algo ma terial; pero tuvo ya una idea un poco más complicada que Thales, y determinó que ese algo material, principio de todas las demás co-sas, no era ninguna cosa determinada, sino que era una especie de protocosa, que era lo que él llamaba en griego "apeiron", indefinido, una cosa indefinida, que no era ni agua, ni tierra  ni fuego, ni aire, ni piedra, sino que tenía en sí, por decirlo así, en potencia, la posibilidad de que de ella, de ese "apeiron", de ese infinito o indefinido se deri vasen las demás cosas.

Otro filósofo que se llamó Anaxímenes. también fue uno de esos filósofos primitivos, que buscaron una cosa material como origen de todas las demás, como origen de los demás principios, como única existente en sí y por sí, de la cual estaban las demás derivadas. Anaxímenes tomó el aire.

Es posible que haya habido más intentos de antiquísimos filósofos griegos que buscaron alguna cosa material; pero estos intentos fueron pronto superados. Lo fueron primera mente en la dirección curiosa de no buscar una, sino varias; de creer que el principio u origen de todas las cosas no es una sola cosa, sino varias cosas. Es de suponer que las crí ticas de que fueron objeto Thales, Anaximandro y Anaxíme nes contribuyeron a ello. La dificultad grande de hacerle creer a nadie que el mármol del Pentélico, en Atenas, fuese derivado del. agua; la dificultad también de hacerlo derivar del aire, de hacerlo derivar de una cosa determinada, sería probablemente objeto de críticas feroces, y entonces sobre vino la idea de salvar las cualidades diferenciales de las cosas admitiendo, no un origen único, sino un origen plural; no

56                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

una sola cosa, de la cual fueran todas las demás derivadas, sino varias cosas; y así un antiquísimo filósofo casi legen dario, que se llamó Empédocles inventó la teoría de que eran cuatro las cosas realmente existentes, de las cuales se derivan todas las demás, y que esas cuatro cosas eran: el agua, el aire, la tierra y el fuego, que él llamó "elementos", que quie re decir aquello con lo cual se hace todo lo demás.

Los cuatro elementos de Empédocles atravesaron toda la historia del pensamiento griego, entraron de rondón en la fí sica de Aristóteles, llegaron hasta la Edad Media y mueren al principio del Renacimiento.

Aproximadamente hacia la mismo época en que vivió Empédocles, hay dos acontecimientos filosóficos que para nuestros problemas metafísicos son de importancia capital. El uno es la aparición de Pitágoras y el otro es la aparición do Heráclito.

Pitágoras fue un hombre de genio, de un genio formidable, tremendo porque es el primer filósofo griego a quien se le ocurrió la idea de que el principio de donde todo lo demás se deriva, lo que existe de verdad, el verdadero ser, el ser en sí, no es ninguna cosa; o mejor dicho, es una cosa, pero que no se ve, ni se oye, ni se toca, ni se huele, que no es accesible a los sentidos. Esa cosa es el "número". Para Pitá goras, la esencia última de todo ser, de los que percibimos por los sentidos, es el número. Las cosas son números, es conden dentro de sí números. Las cosas son distintas unas de otras por la diferencia cuantitativa y numérica.

Pitágoras era muy aficionado a la música y fue el que descubrió (él o alguno de sus nume-rosos discípulos) que en la lira las notas de las diferentes cuerdas, si suenan diferen temente es por que unas son más cortas que otras; y no sólo descubrió eso sino que midió la longi-tud relativa y encontró que las notas de la lira estaban unas con otras en una rela ción numé-rica de longitud sencilla: en la relación de uno partido por dos; uno partido por tres; uno partido por cua tro; uno partido por cinco. Descubrió, pues, la octava, la quinta, la cuarta, la séptima musical, y esto lo llevó a pensar y lo condujo hacia la idea de que todo cuanto ve-mos y tocamos, las cosas tal y como se presentan, no existen de verdad, sino que son otros tantos velos que ocultan la ver dadera y auténtica realidad, la existencia real que está detrás de ella y que es el número. Sería complejo (no pertenecería tampoco ni al tema ni a la oca-sión) el hacer ver a ustedes en detalle esta teoría de Pitágoras. Me interesa solamente haber-la hecho notar, porque es la primera vez que en la historia del pensamiento griego sale a re-lucir como cosa realmente existente, una cosa no material, ni extensa, ni visi ble, ni tangible.

El otro acontecimiento fue la aparición de Heráclito. Heráclito fue un hombre de profundísimo genio, de genio enormemente grande. Anticipó una porción de temas de la filosofía contemporánea. Heráclito recorre con la mirada las soluciones todas que antes de él han sido dadas al problema de quién existe; y se encuentra con una enorme variedad de contestaciones: con que Thales de Mileto dice: el agua exis -

INGRESO EN LA ONTOLOGÍA                                                                                       57

te; con que Anaxímenes dice: el aire existe; con que Anaxi mandro dice: la materia amorfa, sin forma, indefinida, existe; con que Pitágoras dice: los números existen; y Empédocles dice: los cuatro elementos existen, lo demás no existe.

Entonces Heráclito encuentra que ninguna de estas con testaciones tiene razón; encuentra que si examinamos verda deramente, con ojos imparciales, las cosas que se tienen ante nosotros, hallamos en ellas todo eso; y sobre todo, que las cosas que se tienen ante nosotros no son nunca, en ningún momento, lo que son en el momento anterior y en el mo mento posterior; que las cosas están constantemente cam biando; que cuando nosotros queremos fijar una cosa y de finir su consistencia, decir en qué consista esa cosa, ya no consiste en lo mismo que consistía hace un momento. Pro clama, pues, el fluir de la realidad. Nunca vemos dos veces lo mismo, por próximos que sean los momentos, o, como decía en su lenguaje metafórico y místico: "Nunca nos ba ñamos dos veces en el mismo río." Las cosas son como las gotas de agua en los ríos, que pasan y no vuelven nun ca más.

No hay, pues, un ser estático de las cosas. Lo que hay es un ser dinámico, en el cual podemos hacer un corte, pero será caprichoso. De suerte que las cosas no son, sino que devienen, y ninguna y todas pueden tener la pretensión de ser el ser en sí. Nada existe, porque todo lo que existe, existe un instante y al instante siguiente ya no existe, sino que es otra cosa la que existe. El existir es un perpetuo cambiar, un estar constantemente siendo y no siendo; un devenir perfecto; un constante fluir. Y así termina la filosofía de Heráclito, por una parte con una visión profunda de la esencia misma de la realidad y que sólo volveremos a encontrar en algún filósofo antiguo, a veces, como Plotino, y en un filósofo moderno, como Bergson; pero, por otra parte, con una nota de escepticismo, es decir, con una especie de resignación a que el hombre no sea capaz de descubrir lo que existe verda-deramente; que el problema sea demasiado grande para el hombre.

Y en este momento -que es el siglo VII antes de Jesu cristo-, en este momento en que Heráclito acaba de terminar su obra, surge en el pensamiento griego el filósofo más grande que conocen los tiempos helénicos. El más grande, digo, porque Platón, que fue discípulo suyo, lo calificó así. Platón (como ciertos periódicos de antigua prosapia, que hacen gala de no usar nunca sino moderadamente de adjeti vos encomiásticos) nunca adjetiva, ni en bien ni en mal, a ninguno de los filósofos que lo antecedieron. Los nombra cortésmente. No dice que sean tontos, pero tampoco dice que sean muy inteligentes. El único ante el cual se pasma de admiración, es Parménides de Elea. A Parménides lo llama en sus diálogos siempre "el grande", "Parménides el gran de"; siempre le pone este epíteto, como los epítetos que re ciben los héroes de Homero.

Cuando Heráclito termina su actuación filosófica, surge en el pensamiento griego Parménides el grande, que es, en efecto, el más grande espíritu de su tiempo -tan grande,

58                                                              LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

que cambia por completo la faz de la filosofía, la faz del problema metafísico, y empuja el pensamiento filosófico y metafísico por la senda en la cual estamos todavía hoy. Hace veinticinco siglos que Parménides empujó el pensamiento me tafísico en una dirección, y esa dirección ha seguido hasta hoy inclusive.

LECCIÓN V

LA METAFÍSICA DE PARMÉNIDES

INTRODUCCIÓN. POLÉMICA CONTRA HERÁCLITO. EL SER Y SUS CUALIDADES. TEORÍA DE LOS DOS MUNDOS. LA FI LOSOFÍA DE ZENÓN DE ELEA. IMPORTANCIA DE LA FILOSO FÍA DE PARMÉNIDES.

Introducción.

Estamos metidos de lleno en el problema de la metafí sica. En la lección anterior nos hemos planteado ese pro blema. Nos hemos preguntado: ¿quién existe? De todas cuan tas cosas se ofrecen con la pretensión de ser lo que existe, lo que verdaderamente existe, ¿cuál de ellas es la legítimamente llamada a recibir el nombre de ser en sí? Múltiples cosas me parecen existir. Pero pronto advierto que muchas de ellas tienen una existencia derivada. Existen porque se componen de otras, o porque resultan de otras. Los componentes, los antecedentes, son, pues, anteriores, previos; son los supues tos, los fundamentos.

Por consiguiente, para contestar a la pregunta de ¿quién existe?, ¿qué es lo que existe?, debo dejar a un lado esas existencias derivadas, aparentes, secundarias, para buscar qué cosa sea la que existe en sí y por sí misma.

Queda así planteado el problema de la metafísica; y nos otros entramos por la selva de las soluciones que ese problema ha recibido en la historia del pensamiento humano.

El pensamiento filosófico, decíamos, se inicia como tal pensamiento filosófico, metódico, en Grecia. Seis siglos antes de Jesucristo, unos hombres que habitaban las islas de la Jonia, las costas del sur de Italia y el continente griego, comienzan a reflexionar sobre ese problema: ¿cuál es el auténtico y verdadero ser?; ¿cuál el principio de todas las cosas?; ¿cuál aquella cosa que explica la existencia de las demás, pero cuya existencia y realidad es ella misma inexplicable, por ser primaria y fundamental? A estas preguntas, esos primeros

filósofos griegos dan diversas contestaciones, torpes, inge nuas, pueriles. No tienen (¡cómo habían de tener!) forjadas todavía las armas del pensamiento metódico. Sus contesta ciones son, pues, inocentes. El uno decía: todas las cosas proceden de lo líquido, del agua; otro decía; todas las co sas proceden del aire; el otro decía: todas las cosas proceden de una masa material, informe e infinita.

Empieza a complicarse un poco el problema en su solu ción, cuando a uno de ellos, Pitágoras, se le ocurre pensar que la cosa primera y el origen de las demás no es una cosa que se vea con los ojos y se toque con las manos; no

60                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

es una cosa que se perciba por medio de los sentidos, sino que son los números, un objeto ideal, algo que no tiene una realidad sensible. Pitágoras asienta ya una respuesta algo más complicada, más envuelta, más difícil para el vulgo, que consiste en atribuir el verdadero ser a las proporciones numéricas, a los números.

La cosa se complica todavía más con la aparición del filósofo Heráclito de Efeso; el cual, por vez primera no se contenta con dar una solución al problema metafísico, sino que tiende la mirada sobre las soluciones que los anteriores le han dado. Por vez primera, Heráclito adopta una doble postura, que a partir de él va a ser paradigmática, ejemplar, para todos los filósofos; una postura que consiste en criticar las soluciones de sus predecesores, al mismo tiempo que en buscar una solución propia.

Heráclito, paseando la mirada sobre las soluciones que al problema metafísico dieron sus antecesores en la filoso fía, encuentra que todas y ninguna son verdaderas. Porque el ser auténtico, el ser en sí, es todo cuanto cae bajo nues tra percepción en cualquier momento. Porque el ser en sí es, según Heráclito, sucesivamente, en una continuidad de fluencia, en un continuo cambio (no discontinuo sino conti nuo, en el pleno sentido de la palabra "continuo") es suce sivamente eso: aire, fuego, agua; lo duro, lo blando; lo alto, lo bajo. Todas las cosas, tal como se nos ofrecen a la contem plación sensible, son el verdadero ser y están dejando de ser, para volver a ser, para devenir. El devenir, el cambio, el, fluir, el modificarse continuamente de las cosas es, para Heráclito, la realidad fundamental.

Aquí habíamos dejado en la lección anterior nuestra ex plicación. Y como esos heraldos que en los dramas de Sha kespeare tocan trompetas en la escena para anunciar la llegada de un gran personaje, de un príncipe, de un rey o de un emperador, yo les anunciaba a ustedes con gran trom petería, la llegada de un príncipe, de un emperador de la filosofía, que se acerca ahora a pasos acompasados y que se llama Parménides.

Parménides de Elea introduce la mayor revolución que se conoce en la historia del pensa-miento humano. Parméni des de Elea lleva a cabo la hazaña más grande que el pen samiento occidental, europeo, ha cumplido desde hace vein ticinco siglos; tanto, que seguimos vivien-do hoy en los mis mos carriles y cauces filosóficos que fueron abiertos por Par ménides de Elea, y por donde éste empujó, con un empujón gigantesco, el pensamiento filosófico humano.

Elea es una pequeña ciudad del sur de Italia, que dio su nombre a la escuela de filósofos influenciados por Parméni des, que en las historias de la filosofía se llama "escuela eleática", porque todos ellos fueron de esa misma ciudad de Elea.

Polémica contra Heráclito.

La filosofía de Parménides no se puede entender bien, si no se pone en relación polémica con la filosofía de He ráclito. Los manuales de historia de la filosofía, que están al alcance de ustedes, no entienden por lo general la filosofía de Parménides, porque la desligan, porque no perciben la

LA METAFÍSICA DE PARMÉNIDES                                                                               61

relación entre ella y la filosofía de Heráclito. El pensamiento de Parménides madura, crece, se multiplica en vigor y en es plendor, conforme va acometiendo la crítica de Heráclito. Se desarrolla en la polémica contra Heráclito.       .

Parménides se enfrenta con la solución que Heráclito da al problema metafísico. Analiza esta solución y encuen tra que, según Heráclito, resulta que una cosa es y no es al mismo tiempo, puesto que el ser consiste en estar siendo, en fluir, en devenir. Parménides, anali-zando la idea misma de devenir, de fluir, de cambiar, encuentra en esa idea el ele mento de que el ser deja de ser lo que es, para entrar a ser otra cosa; y al mismo tiempo que entra a ser otra cosa, deja de ser lo que es, para entrar a ser otra cosa. Encuentra, pues, que dentro de la idea del devenir hay una contradic ción lógica; hay esta contradicción: que el ser no es; que el que es, no es; puesto que lo que es en este momento, ya no es en este momento, sino que pasa a ser otra cosa. Cualquier vista que tomemos sobre la realidad, nos pone frente a una contradicción lógica; nos pone frente a un ser que se carac teriza por no ser. Y dice Parménides: esto es absurdo; la fi losofía de Heráclito es absurda, es ininteligible, no hay quien la entienda. Porque, ¿cómo puede nadie entender que lo que es no sea, y lo que no es sea? ¡No puede ser! ¡Esto es im posible! Tenemos, pues, que oponer a las contradicciones, a los absurdos, a las ininteligibilidades de la filosofía de He ráclito, un principio de razón, un principio de pensamiento, que no pueda fallar nunca. ¿Cuál será ese principio? Este: El ser, es; el no ser, no es. Y todo lo que sea salirse de eso es descabellado, es lanzarse, precipitarse en la sima del error. ¿Cómo puede decirse, como dice Heráclito, que las cosas son y no son? Porque la idea del devenir implica necesaria mente, como su propio nervio interior, el que lo que ahora es, ya no es, puesto que todo momento que tomamos en el trans­curso del ser, según Heráclito, es un tránsito hacia el no ser, de lo que antes era, y esto es incomprensible, esto es ininte ligible. Las cosas tienen un ser, y ese ser, es. Y si no tienen ser, el no ser no es.

Si Parménides se hubiese contentado con hacer la crí tica de Heráclito, hubiese hecho ya una obra de importan­cia filosófica considerable. Pero no se contenta con ello, sino que añade a la crítica de Heráclito una construcción metafí sica propia. Y ¿cómo lleva a cabo esa construcción metafísica propia? Pues la lleva a cabo partiendo de ese principio de razón que él acaba de descubrir. Parménides acaba de des cubrir el principio lógico del pensamiento, que formula en estos términos categóricos y estrictos: El ser, es; el no ser, no es. Y todo lo que sea apartarse de eso es correr hacia el error.

El ser y sus cualidades.

Este principio que descubre Parménides y que los lógi cos actuales llaman "principio de identidad" le sirvió de base para su construcción metafísica. Parménides dice: en virtud de ese principio de identidad (claro está que él no lo llamó así; así lo han denominado mucho después los lógi cos), en virtud del principio de que el ser es, y el no ser, no es, principio que nadie puede negar sin declararse loco, po -

62                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

demos afirmar acerca del ser una porción de cosas. Podemos afirmar, lo primero, que el ser es único. No puede haber dos seres; no puede haber más que un solo ser. Porque su ponga-mos que hay dos seres; pues entonces, lo que distin gue al uno del otro "es" en el uno, pero "no es" en el otro. Mas si en el otro no lo es lo que en el uno es, entonces lle gamos al absurdo lógico de que el ser del uno no es en el otro. Absolutamente tomado, llegamos al absurdo contradic torio de afirmar el no ser del ser. Dicho de otro modo: si hay dos seres ¿qué hay entre ellos? El no ser. Pero decir que hay el no ser, es decir que el no ser, es. Y esto es contra dictorio; esto es absurdo, no cabe en la cabeza; esa proposi ción es contraria al principio de identidad.

Por tanto, podemos afirmar que el ser es único, uno. Pero además, podemos afirmar que es eterno. Si no lo fuera, tendría principio y tendría fin. Si tiene principio es que antes de principiar el ser, había el no ser. Pero ¿cómo podemos admitir que haya el no ser? Admitir que hay no ser, es ad mitir que el no ser, es. Y admitir que el no ser, es, es tan absurdo como admitir que este cristal es verde y no verde. El ser, es, y el no ser, no es. Por consiguiente, antes de que el ser fuese, había también el ser; es decir, que el ser no tiene principio. Por la misma razón no tiene fin; porque si tiene fin, es que llega un momento en que el ser deja de ser. y después de haber dejado de ser el ser ¿qué hay? El no ser. Pero entonces tenemos que afirmar el ser del no ser, y esto es absurdo. Por consiguiente, el ser es, además de único, eterno.

Pero no queda ahí. Además de eterno, el ser es inmu table. El ser no puede cambiar, porque todo cambio del ser implica el ser del no ser, puesto que todo cambio es dejar de ser lo que era, para ser lo que no era; y tanto en el de jar de ser como en el llegar a ser, va implícito el ser del no ser, el cual es contradictorio.

Pero además de inmutable, el ser es ilimitado, infinito. No tiene límites, o dicho de otro modo, no está en ninguna parte, Estar en una parte es encontrarse en algo más exten so, y por consiguiente, tener límites. Pero el ser no puede tener límites, porque si tiene límites, lleguemos hasta esos límites y supongámonos en esos límites. ¿Qué hay allende el límite? El no ser. Pero entonces tenemos que suponer el ser del no ser, allende el ser. Por consiguiente, el ser no puede tener límites; y si no puede tener límites, no está en ninguna parte y es ilimitado,

Pero hay más, y ya llegamos a lo último. El ser es in móvil; no puede moverse, porque moverse es dejar de estar en un lugar para estar en otro. Pero ¿cómo puede predicar se del ser -el cual, como acabamos de ver, es ilimitado e inmutable- el estar en un lugar? Estar en un lugar supone que el lugar en donde está es más amplio, más extenso, que aquello que está en el lugar. Por consiguiente, el ser, que es lo más extenso, lo más amplio que hay, no puede estar en ningún lugar; y si no puede estar en ningún lugar, no puede dejar de estar en el lugar; ahora bien, el movimiento consis -

primera parte del libro lecciones preliminares de filosofía

 

 

MANUEL GARCIA MORENTE

 

LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

 

Novena edición

EDITORIAL PORRÚA, S. A.

AV. REPÚBLICA ARGENTINA, 15

MÉXICO, 1980

Primera edición: Tucumán, 1938

Primera edición en la Colección "Sepan Cuantos...", 1971

Derechos reservados

Copyright @ 1980

Las características de esta edición son propiedad de la

EDITORIAL PORRÚA, S. A.

Av. República Argentina, 15, México 1, D. F.

Queda hecho el depósito que marca la ley

ISBN 968-432-241-0

IMPRESO EN MÉXICO

PRINTED IN MEXICO

NOTA DE LOS EDITORES

Manuel García Morente nació en Arjonilla (Jaén) , España, en 1886. Estudió en Granada y Bayona y se licenció en Filosofía en París (don­de recibió la influencia de Émile Boutroux y Henri Bergson). Luego hizo estudios en Berlín, Munich y Marburgo, donde fue discípulo de Cohen y Natorp (escuela neo-kantiana). Se doctoró en 1911 en Ma­drid y allí, al año siguiente, ganó la cátedra de Ética en la Facultad de Filosofía, de donde fue decano hasta el inicio de la guerra civil, en que fue destituido de su cátedra, habiendo dejado influencia profunda en sus discípulos y un recuerdo indeleble de su enseñanza. Estuvo unido, por amistad y admiración duraderas, a la labor intelectual y al pensamiento de José Ortega y' Gasset. Durante la guerra marchó a Pa­rís y de allí a la Argentina, donde impartió filosofía en la Universidad de Tucumán. En 1940 volvió al seno del catolicismo y se ordenó sacer­dote. Dos años más tarde murió en Madrid.

García Morente fue primordialmente profesor universitario y tam­bién magnífico traductor al castellano de obras de filósofos alemanes (Kant, Leibniz, Hussed, Spengler, etc.). Entre sus obras originales se cuentan La filosofía de Kant, La filosofía de Henri Bergson, Idea de la Hispanidad, Ensayos (1945), Ejercicios espirituales (1961) y, sobre todas, las Lecciones preliminares de filosofía, fruto del curso que dictó en la Universidad de Tucumán en 1937, tomado taquigráficamente y luego revisado por el autor, originalmente publicadas por esa Univer­sidad, y cuyo texto íntegro es el que ofrecemos ahora al lector.

Quizás esa circunstancia -el haber sido tomado de viva voz- sea la clave del apasionado interés con que el estudiante, o simplemente el estudioso, lee este libro de introducción a la filosofía, tan distinto a los que suelen escribirse ex profesores para la enseñanza. En él encontramos el rigor en el uso de los términos, en la exposición del pensamiento de cada filósofo estudiado, de cada escuela, a la vez que la espontanei­dad, la gracia del lenguaje oral, la savia del pensamiento vivo -ex­presado con riqueza, precisión y elegancia- que no quiere encerrarse en fórmulas, sino comunicarse, ser vivido de nuevo, despertar amor e interés por la filosofía en el ánimo del discípulo, quien -guiado por un maestro que ha dedicado su vida a la meditación de sus temas- ­vuelve a plantearse como problemas propios los problemas del ser y del conocimiento que se plantearon, a su tiempo, los filósofos -desde los presocráticos hasta Heidegger y Ortega y Gasset; desde el naci­miento de la filosofía hasta el inicio de la de nuestra época-. Es de­cir, que a través de la historia de la filosofía que García Morente ex­pone -con la diáfana claridad que le era propia-, el lector -uno más de sus discípulos- va aprendiendo a pensar, a criticar, a poner en tela de juicio la opinión común, y a intentar darse una respuesta

10                                                                                               NOTA DE LOS EDITORES

sincera -o por lo menos elegirla de entre las aquí propuestas- al problema de su existencia.

Por estas y otras excelencias que poseen estas Lecciones prelimina­res de filosofía, la Editorial Porrúa se siente con justicia satisfecha de incluirlas en su Colección "Sepan Cuantos. . ." como un clásico -que ya lo es- de introducción, de invitación para todos al verdadero filosofar.

México, D. F., enero de 1971.

LECCIONES PRELIMINARES

DE FILOSOFÍA

LECCIÓN 1

EL CONJUNTO DE LA FILOSOF1A

LA FILOSOFÍA Y SU VIVENCIA. DEFINICIONES FILOSÓFICAS Y VIVENCIAS FILOSÓFICAS. SENTIDO DE LA VOZ FILOSOFÍA. LA FILOSOFÍA ANTIGUA. LA FILOSOFÍA EN LA EDAD ME­DIA. LA FILOSOFÍA EN LA EDAD MODERNA. LAS DISCIPLI­NAS FILOSÓFICAS. LAS CIENCIAS Y LA FILOSOFÍA. LAS PAR­TES DE LA FILOSOFÍA.

La filosofía y su vivencia

Vamos a iniciar el curso de introducción a la filosofía planteando e intentando resolver algunas de las cuestiones principales de esta disciplina.

Ustedes vienen a estas aulas y yo a ellas también, para hacer juntos algo. ¿Qué es lo que vamos a hacer juntos? Lo dice el tema: vamos a hacer filosofía.

La filosofía es, por de pronto, algo que el hombre hace, que el hombre ha hecho. Lo primero que debemos intentar, pues, es definir ese «hacer» que llamamos filosofía. Debere­mos por lo menos dar un concepto general de la filosofía, y quizá fuese la incumbencia de esta lección primera la de ex­plicar y exponer qué es la filosofía. Pero esto es imposible. Es absolutamente imposible decir de antemano qué es filo­sofía. No se puede definir la filosofía antes de hacerla; como no se puede definir en general ninguna ciencia, ni ninguna disciplina, antes de entrar directamente en el trabajo de ha­cerla.

Una ciencia, una disciplina, un «hacer» humano cual­quiera, recibe su concepto claro, su noción precisa, cuando ya el hombre ha dominado ese hacer. Sólo sabrán ustedes qué es filosofía cuando sean realmente filósofos; Por consi­guiente, no puedo decirles lo que es filosofía. Filosofía es lo que vamos a hacer ahora juntos, durante este curso en la Universidad de Tucumán.

¿Qué quiere esto decir? Esto quiere decir que la filosofía, más que ninguna otra disciplina, necesita ser vivida. Necesi­tamos tener de ella una «vivencia». La palabra vivencia ha sido introducida en el vocabulario español por los escritores de la Revista de Occidente, como traducción de la palabra alemana «Erlebnis». Vivencia significa lo que tenemos real­mente en nuestro ser psíquico; lo que real y verdaderamente estamos sintiendo, teniendo, en la plenitud de la palabra «tener».

Voy a dar un ejemplo para que comprendan bien lo que es la «vivencia». El ejemplo no es mío, es de Bergson.

14                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

Una persona puede estudiar minuciosamente el plano de París; estudiarlo muy bien; notar uno por uno los diferentes nombres de las calles; estudiar sus direcciones; luego puede estudiar los monumentos que hay en cada calle; puede estu­diar los planos de esos monumentos; puede repasar las series de las fotografías del Museo del Louvre, una por una. Des­pués de haber estudiado el plano y los monumentos, puede este hombre procurarse una visión de las perspectivas de Pa­rís, mediante una serie de fotografías tomadas de múltiples puntos de vista. Puede llegar de esa manera a tener una idea regularmente clara, muy clara, clarísima, detalladísima de París.

Esta idea podrá ir perfeccionándose cada vez más, con­forme los estudios de este hombre sean cada vez más minu­ciosos; pero siempre será una mera idea. En cambio, veinte minutos de paseo a pie por París, son una vivencia.

Entre veinte minutos de paseo a pie por una calle de París y la más larga y minuciosa colec-ción de fotografías, hay un abismo. La una es una mera idea, una representa­ción, un con-cepto, una elaboración intelectual; mientras que la otra es ponerse uno realmente en presen-cia del objeto, esto es: vivirlo, vivir con él; tenerlo propia y realmente en la vida; no el con-cepto que lo substituya; no la fotografía que lo substituya; no el plano, no el esquema que lo subs­tituya, sino él mismo. Pues, lo que nosotros vamos a hacer es vivir la filosofía. Para vivirla es indispensable entrar en ella como se en­tra en una selva; entrar en ella a explorarla.

En esta primera exploración, evidentemente no viviremos la totalidad de ese territorio que se llama filosofía. Pasea­remos por algunas de sus avenidas; entraremos en algunos de sus claros y de sus bosques; viviremos realmente algu­nas de sus cuestiones, pero otras ni siquiera sabremos que existen quizá. Podremos de esas otras o de la totalidad del territorio filosófico, tener alguna idea, algún esquema, como cuando preparamos algún viaje tenemos de antemano una idea o un esquema leyendo el Baedeker previamente. Pero vivir, vivir la realidad filosófica, es algo que no podremos hacer más que en un cierto número de cuestiones y desde ciertos puntos de vista.

Cuando pasen años y sean ustedes viajeros del continente filosófico, más avezados y más viejos, sus vivencias filosófi­cas serán más abundantes, y entonces podrán ustedes tener una idea cada vez más clara, una definición o concepto cada vez más claro, de la filosofía.

De vez en cuando, en estos viajes nuestros, en esta pere­grinación nuestra por el territorio de la filosofía, podremos detenemos y hacer balance, hacer recuento de conjunto de las experiencias, de las vivencias que hayamos tenido; y en­tonces. podremos formular alguna definición general de la filosofía, basadas en esas auténticas vivencias que hayamos tenido hasta entonces.

Esa definición entonces tendrá sentido, estará llena de sentido, porque habrá dentro de ella vivencias personales nuestras. En cambio una definición que se de de la filoso­-

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                15

fía, antes de haberla vivido, no puede tener sentido, resul­tará ininteligible. Parecerá acaso inteligible en sus términos; estará compuesta de palabras que ofrecen un sentido; pero ese sentido no estará lleno de la vivencia real. No tendrá para nosotros esas resonancias largas de algo que hemos es­tado mucho tiempo viviendo y meditando.

Definiciones filosóficas y vivencias filosóficas.

Así, por ejemplo, es posible reducir los sistemas filosóficos de algunos grandes filósofos, a una o dos fórmulas muy pregnantes, muy bien acuñadas. Pero ¿qué dicen esas fórmulas a quien no ha caminado a lo largo de las páginas de los libros de esos filósofos? Si les digo a ustedes, por ejemplo, que el sistema de Hegel puede resumirse en la fórmula de que «todo lo racional es real y todo lo real es racional», es cierto que el sistema de Hegel puede resu­mirse en esa fórmula. Es cierto también que esa fórmula presenta un sentido inmediato, inteligible, que es la iden­tificación de lo racional con lo real, tanto poniendo como sujeto a lo racional y como objeto a lo real, como invir­tiendo los términos de la proposición y poniendo lo real como sujeto y lo racional como predicado.

Pero a pesar de ese sentido aparente e inmediato que tiene esta fórmula, y a pesar de ser realmente una fórmula que expresa en conjunto bastante bien el contenido del sis­tema hegeliano, ¿qué les dice a ustedes? No les dice nada. No les dice ni más ni menos que el nombre de una ciudad que ustedes no han visto, o el nombre de una calle por la cual no han pasado nunca. Si yo les digo a ustedes que la Avenida de los Campos Elíseos está entre la Plaza de la Concordia y la Plaza de la Estrella, ustedes tienen una frase con un sentido; pero dentro de ese sentido no pueden poner una realidad auténticamente vivida por ustedes.

En cambio, si se ponen a leer, a meditar, los difíciles libros de Hegel; si se sumergen y bracean en el mar sin fondo de la Lógica, de la Fenomenología del Espíritu, o de la Filosofía de la Historia Universal, al cabo de algún tiempo de convivir por la lectura con estos libros de Hegel, ustedes viven esa filosofía; estos secretos caminos les son a ustedes conocidos, familiares; las diferentes deducciones, los razonamientos por donde Hegel va pasando de una afir­mación a otra, de una tesis a otra, ustedes también los han recorrido de la mano del gran filósofo y entonces, cuando lleven algún tiempo viviéndolos y oigan decir la fórmula de «todo lo racional es real y todo lo real es racional», llena­rán esa fórmula con un contenido vital, con algo que han vivido realmente, y cobrará esa fórmula una cantidad de sentidos y de resonancias infinitas que, dicha de primera vez, no tendría.

Pues bien: si yo ahora les diese alguna definición de la filosofía, o si me pusiese a discutir con ustedes varias definiciones de la filosofía, sería exactamente lo mismo que ofrecerles la fórmula del sistema hegeliano. No pondrían ustedes dentro de esa definición ninguna vivencia personal. Por eso me abstengo de dar ninguna definición de la filo­sofía. Solamente, repito, cuando hayamos recorrido algún camino, por pequeño que sea, dentro de la filosofía misma,

16                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

entonces podremos, de vez en cuando, hacer alto, volver atrás, recapitular las vivencias tenidas e intentar alguna fórmula general que recoja, palpitante de vida, esas representacio-nes experimentadas realmente por nosotros mismos.

Así, pues, estas Lecciones preliminares de filosofía van a ser a manera de viajes de explo-ración dentro del conti­nente filosófico. Cada uno de estos viajes va a ir por una senda y va a explorar una provincia. Las demás, serán ob­jeto de otros viajes, de otras exploraciones, y poco a poco irán ustedes sintiendo cómo el círculo de problemas, el círcu­lo de reflexiones y de meditaciones, algunas amplias de vuelo, otras minuciosas y como por decirlo así, microscópicas cons­tituyen el cuerpo palpitante de eso que llamamos la filosofía.

Y el primer viaje que vamos a hacer va a ser, por de­cirlo así, en aeroplano; una exploración panorámica. Vamos a preguntamos por de pronto qué designa la palabra filosofía.

Sentido de la voz filosofía

La palabra filosofía tiene que designar algo. No vamos a ver qué es ese algo que la palabra designa, sino simple­mente señalarlo, decir: está ahí.

Evidentemente, todos ustedes saben lo que la palabra filosofía en su estructura verbal significa. Está formada por las palabras griegas «philo» y «sophia», que significan «amor a la sabiduría». Filósofo es el amante de la sabi­duría. Pero este significado apenas si en la historia dura algún tiempo. En Herodoto, en Tucídides, quizá en los presocráticos, alguna que otra vez, durante poco tiempo, tiene este significado primitivo de amor a la sabiduría. Inmedia­tamente pasa a tener otro significado: significa la sabiduría misma. De modo que ya en los primeros tiempos de la au­téntica cultura griega, filosofía significa, no el simple afán o el simple amor a la sabiduría, sino la sabiduría misma.

Y aquí nos encontramos ya con el primer problema: si la filosofía es el saber, ¿qué clase de saber es el saber filo­sófico? Porque hay muchas clases de saber: hay el saber que tenemos todos, sin haber aprendido ni reflexionado sobre nada; y hay otro saber, que es el que adquirimos cuando lo buscamos. Hay un saber, pues, que tenemos sin haberlo bus­cado, que encontramos sin haberlo buscado, como Pascal encontraba a Dios, sin buscarlo; pero hay otro saber que no tenemos nada más que si lo buscamos y que, si no lo bus­camos, no lo tenemos.

La filosofía antigua

Esta duplicidad de sentido en la palabra «saber» res­ponde a la distinción entre la simple opinión y el conoci­miento bien fundado racionalmente. Con esta distinción en­tre la opinión y el conocimiento fundado, inicia Platón su filosofía. Distingue lo que él llama «doxa», opinión (la palabra «doxa» la encuentran ustedes en la bien conocida de «paradoxa», paradoja, que es la opinión que se aparta de la opinión corriente) y frente a la opinión, que es el saber que tenemos sin haberlo buscado, pone Platón la «episteme» , la ciencia, que es el saber que tenemos porque lo hemos buscado. Y entonces la filosofía ya no significa «amor a la sabiduría», ni significa tampoco el saber en general, cualquier saber, sino que significa ese saber espe­cial que tenemos, que adquirimos después de haberlo bus­-

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                17

cado, y de haberlo buscado metódicamente, por medio de un método, es decir, siguiendo determinados caminos, apli­cando determinadas funciones mentales a la averiguación. Para Platón, el método de la filosofía, en el sentido del saber reflexivo que encontramos después de haberlo bus­cado, intencionadamente es la dialéctica. Es decir, que cuando no sabemos nada; o lo que sabemos lo sabemos sin haberlo buscado, como la opinión o sea un saber que no vale nada; cuando nada sabemos y queremos saber; cuando que­remos acceder o llegar a esa «episteme», a ese saber racio­nal y reflexivo, tenemos que aplicar un método para encon­trarlo, y ese método Platón lo llama dialéctica. La dialéctica consiste en suponer que lo que queremos averiguar es tal cosa o tal otra; es decir, anticipar el saber que buscamos, pero inmediatamente negar y discutir esa tesis o esa afir­mación que hemos hecho y depurarla en discusión.

El llama, pues, dialéctica a ese método de la autodis­cusión, porque es una especie de diálo-go consigo mismo y así, suponiendo que las cosas son esto o lo otro y luego discutiendo esa suposición, para substituirla por otra me­jor, acabamos poco a poco por llegar al conocimiento que resiste a todas las críticas y a todas las discusiones; y cuando llegamos a un conocimiento que resiste a las discusiones dialogadas, o dialéctica, entonces tenemos el saber filosófico, la sabiduría auténtica, la «episteme», como la llama Pla­tón, la ciencia.

Con Platón, pues, la palabra filosofía, adquiere el sen­tido de saber racional, saber reflexivo, saber adquirido me­diante el método dialéctico.

Ese mismo sentido tiene la palabra filosofía en el suce­sor de Platón, Aristóteles. Lo que pasa es que Aristóteles es un gran espíritu, que hace avanzar extraordinariamente el caudal de los conocimientos adquiridos reflexivamente. Y entonces la palabra filosofía tiene ya en Aristóteles el volu­men enorme de comprender dentro de su seno y designar la totalidad de los conocimientos humanos. El hombre conoce reflexivamente ciertas cosas después de haberlas estudiado e investigado. Todas las cosas que el hombre conoce y los conocimientos de esas cosas, todo ese conjunto del saber hu­mano, lo designa Aristóteles con la palabra filosofía. Y desde Aristóteles sigue empleándose la palabra filosofía en la his­toria de la cultura humana con el sentido de la totalidad del conocimiento humano.

La filosofía, entonces, se distingue en diferentes partes. En la época de Aristóteles la distinción o distribución co­rriente de las partes de la filosofía eran: lógica, física y ética.

La lógica en época de Aristóteles, era la parte de la filosofía que estudiaba los medios de adquirir el conoci­miento, los métodos para llegar a conocer el pensamiento humano en las diversas maneras de que se vale para alcan­zar conocimiento del ser de las cosas.

La palabra física designaba la segunda parte de la filosofía. La física era el conjunto de nuestro saber acerca de todas las cosas, fuesen las que fuesen. Todas las cosas,

18                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

y el alma humana entre ellas, estaban dentro de la física. Por eso la psicología, para Aristó-teles, formaba parte de la física, y la física, a su vez, era la segunda parte de la fi­losofía.

Y en tercer lugar la filosofía contenía ética. La ética era el nombre general con que se designaban en Grecia, en la época de Aristóteles, todos nuestros conocimientos acerca de las actividades del hombre, lo que el hombre es, lo que el hombre produce, que no está en la naturaleza, que no forma parte de la física, sino que el hombre lo hace. El hombre, por ejemplo, hace el Estado, va a la guerra, tiene familia, es músico, poeta, pintor, escultor; sobre todo es es­cultor para los griegos. Pues todo esto lo comprendía Aris­tóteles bajo el nombre de ética, una de cuyas subpartes era la política.

Pero la palabra filosofía abarcaba, repito, todo el con­junto de los conocimientos que podía el hombre alcanzar. Valía tanto como saber racional.

La filosofía en la Edad Media.

Sigue este sentido de la palabra filosofía a través de la Edad Media; pero ya al principio de ésta, se desprende de ese «totum revolutum» que es la filosofía entonces, una serie de investigaciones, de disquisiciones, de pensamien­tos, que se separan del tronco de la filoso-fía y constituyen una disciplina aparte. Son todos los pensamientos, todos los conocimien-tos que tenemos acerca de Dios, ya sea obte­nidos por la luz natural, ya sea recibidos por divina revela­ción. Los conocimientos nuestros acerca de Dios, cualquiera que sea su origen, se separan del resto de los conocimientos y constituyen entonces la teología.

Puede decirse así, que el saber humano durante la Edad Media se dividió en dos grandes sectores: teología y filoso­fía. La teología son los conocimientos acerca de Dios y filosofía los conocimientos humanos acerca de las cosas de la Naturaleza.

Sigue en esta situación, designando la palabra filosofía a todo conocimiento, salvo el de Dios. Y fue así hasta muy entrado el siglo XVII. Y todavía hoy existen en el mundo algu-nos residuos de ese sentido totalitario de la palabra filo­sofía. Por ejemplo en el siglo XVII, el libro en que Isaac Newton expone la teoría de la gravitación universal, que es un libro de física, diríamos hoy, lleva por título "Philosophiae naturalis principia mathematica", o sea Principios matemáti­cos de la filosofía natural. Es decir, que en tiempos de New­ton, la palabra filosofía significaba todavía lo mismo que en tiempos de la Edad Media o en tiempo de Aristóteles: la cien­cia total de las cosas.

Pero aun hoy día hay un país, que es Alemania, donde las facultades universitarias son las siguientes: la Facul­tad de Derecho, Facultad de Medicina, la Facultad de Teo­logía y la Facultad de Filosofía. ¿Qué se estudia, enton­ces, bajo el nombre de Facultad de Filosofía? Todo lo que no es ni derecho, ni medicina, ni teología, o sea todo el saber humano en general. En una misma Facultad se estudia, pues, en Alemania, la química, la física, las matemáticas, la ética, la psicología, la metafísica, la ontología. De suerte que to­-

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                19

davía aquí queda un residuo del viejo sentido de la palabra filosofía en la distribución de las facultades alemanas.

La filosofía en la Edad Moderna.

Pero en realidad, a partir del siglo XVII el campo in­menso de la filosofía empieza a desga-jarse. Empiezan a salir del seno de la filosofía las ciencias particulares, no sólo por­que se van constituyendo esas ciencias con su objeto propio, sus métodos propios y sus progresos propios, sino también porque poco a poco los cultivadores van también especia­lizándose.

Todavía Descartes es al mismo tiempo filósofo, mate­mático y físico. Todavía Leibniz es al mismo tiempo matemá­tico, filósofo y físico. Todavía son espíritus enciclopédicos. Todavía puede decirse de Descartes y de Leibniz, como se dice de Aristóteles, "el filósofo", en el sentido que abarca la ciencia toda de todo cuanto puede ser conocido. Quizá todavía de Kant pueda decirse algo parecido, aunque sin embargo, ya Kant no sabía toda la matemática que había en su tiempo: ya Kant no sabía toda la física que había en su tiempo, ni sabía toda la biología que había en su tiempo. Ya Kant no descubre nada en matemáticas, ni en física, ni en biología mientras que Descartes y Leibniz todavía des­cubren teoremas nuevos en física y en matemáticas.

Pero a partir del siglo XVIII no queda ningún espíritu humano capaz de contener en una sola unidad la enciclo­pedia del saber humano, y entonces la palabra filosofía no designa la enciclopedia del saber, sino que de ese total han ido desgajándose las matemáticas por un lado, la física por otro, la química, la astronomía, etc.

¿Y qué es entonces la filosofía? Pues entonces, la filo­sofía viene circunscribiéndose a lo que queda después de haber ido quitando todo eso. Si a todo el saber humano se le quitan las matemáticas, la astronomía, la física, la quími­ca, etc., lo que queda, eso es la filosofía.

Las disciplinas filosóficas.

De suerte que hay un proceso de desgajamiento. Las ciencias particulares se van constituyendo con autonomía propia y disminuyendo la extensión designada por la pala­bra filosofía. Van otras ciencias saliendo, y entonces, ¿qué queda? Actualmente, de modo provisional y muy fluctuante, podremos enumerar del modo siguiente las disciplinas com­prendidas dentro de la palabra filosofía: diremos que la filosofía comprende la ontología, o sea la reflexión sobre los objetos en general; y como una de las partes de la ontología, la metafísica. Comprende también la lógica, la teoría del conocimiento, la ética, la estética, la filosofía de la religión y comprende o no comprende -no sabemos- la psicología y la sociología; porque justamente la psicología y la sociología están en este momento en si se separan o no se separan de la filosofía. Todavía hay psicólogos que quieren conservar la psicología dentro de la filosofía; pero ya hay muchos psicó­logos, y no de los peores, que la quieren constituir en cien­cia aparte, independiente. Pues lo mismo pasa con la socio­logía. Augusto Comte, que fue el que dio nombre a esta ciencia (y al hacerlo, como dice Fausto, le dio vida) todavía considera la sociología como el contenido más granado y flo­rido de la filosofía positiva. Pero otros sociólogos la consti­-

20                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

tuyen ya en ciencia aparte. Hay discusión. Vamos a no re­solver nosotros por ahora esta discusión, y entonces diremos que en general todas esas disciplinas y estudios que he enu­merado: la ontología, la metafísica, la lógica, la teoría del conocimiento, la ética, la estética, la filosofía de la religión, la psicología y la sociología, forman parte y constituyen las diversas provincias del territorio filosófico.

Podemos preguntarnos qué hay de común en esas dis­ciplinas que acabo de enumerar; qué es lo común en ellas que las contiene dentro del ámbito designado por la pala­bra filosofía; qué tienen de común para ser todas partes de la filosofía. Lo primero y muy importante que tienen de co­mún, es que son todas el residuo de ese proceso histórico de desintegración.                                    ­

La historia ha pulverizado el viejo sentido de la palabra filosofía. La historia ha eliminado del continente filosófico las ciencias particulares. Lo que ha quedado es la filosofía. Ese hecho histórico, con sólo ser un hecho, es muy impor­tante. Es ya una afinidad extraordinaria la que mantienen entre sí esas disciplinas, por sólo ser los residuos de ese pro­ceso de desintegración del viejo sentido de la palabra filo­sofía.

Pero apuremos más el problema. ¿Por qué han quedado dentro de la filosofía esas disciplinas? Voy a contestar esta pregunta de una manera muy filosófica, que consiste en in­vertir la pregunta. Del mismo modo que Bergson ha dicho muchas veces que una de las técnicas para definir el carácter de una persona no sólo consiste en enumerar lo que prefie­re, sino también y sobre todo en enumerar lo que no pre­fiere; del mismo modo, en vez de preguntarnos por qué han sobrevivido filosóficamente estas disciplinas, vamos a pre­gun-tarnos por qué las otras no han sobrevivido. En vez de preguntarnos por qué están la lógica y la teoría del conocimiento y la metafísica en la filosofía, vamos a preguntarnos por qué se han marchado las matemáticas, la física, la quí­mica, y las demás. Y si nos preguntamos por qué se han desprendido, encontramos lo siguiente: que una ciencia se ha desprendido del viejo tronco de la filosofía cuando ha lo­grado circunscribir un trozo en el inmenso ámbito de la realidad, definido perfectamente y dedicar exclusivamente su atención a esa parte, a ese aspecto de la realidad.

Las ciencias y la filosofía.

Así, por ejemplo, pertenece a la realidad el número y la figura. Las cosas son dos, tres, cuatro, cinco, seis, mil o dos mil; cosas son triángulos, cuadrados, esferas. Pero desde el momento en que se separa el "ser número" o el "ser figura" de los objetos que lo son y que se convierte la numerosidad y la figura (independientemente del objeto que la tenga) en término del pensamiento, cuando se circunscribe ese trozo de realidad y se dedica especial atención a ella, quedan consti­tuidas las matemáticas como una ciencia independiente y se separan de la filosofía.

Si luego otro trozo de la realidad, como son por ejemplo los cuerpos materiales todos, en sus relaciones unos con otros, se destacan como un objeto preciso de investigación, enton­ces se constituye la ciencia física.

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                  21

Cuando los cuerpos en su constitución íntima, en su sín­tesis de elementos, se destacan también como objetos de in­vestigación, constitúyese la química.

Cuando la vida de los seres vivientes, animales y plan­tas, se circunscribe y se separa del resto de las cosas que son, y sobre ella se lanza el estudio y la mirada, entonces se constituye la biología.

¿Qué es lo que ha pasado? Pues ha pasado que grandes sectores del ser en general, grandes sectores de la realidad, se han constituido en provincias. ¿Y por qué se han consti­tuido en provincias? Pues precisamente porque han prescin­dido del resto; porque deliberadamente se han especializado; porque deliberadamente han renunciado a tener el carácter de objetos totales. Es decir, que una ciencia se sale de la filosofía cuando renuncia a considerar su objeto desde un punto de vista universal y totalitario.

La ontología no recorta en la realidad un trozo para es­tudiarlo ella sola olvidando lo de-más, sino que tiene por objeto la totalidad del ser. La metafísica forma parte de la ontología también. La teoría del conocimiento se refiere a todo conocimiento de todo ser.

Así tenemos que si ahora nos paramos un poco, nos detenemos en nuestro camino y hacemos lo que os decía al principio, un intento de definición, siquiera rápido, de la fi­loso-fía, podríamos decir lo siguiente, y ahora lo diremos con vivencia plena: la filosofía es la ciencia de los objetos desde el punto de vista de la totalidad mientras que las ciencias particulares son los sectores parciales del ser, provincias re­cortadas dentro del continente total del ser. La filosofía será, pues, en este primer esbozo de definición -seguramente falso, seguramente esquemático, pero que ahora para nos­otros tiene sentido- la disciplina que considera su objeto siempre desde el punto de vista universal y totalitario. Mien­tras que cualquier otra disciplina que no sea la filosofía lo considera desde un punto de vista parcial y derivado.

Las partes de la filosofía.

Y entonces, podremos sacar de esta pequeña averigua­ción a que en nuestra primer exploración panorámica hemos llegado, una división de la filosofía que nos sirva de guía para nuestros viajes sucesivos.

Por de pronto, decimos que la filosofía es el estudio de todo aquello que es objeto de conocimiento universal y to­talitario. Pues bien: según esto, la filosofía podrá dividirse en dos grandes capítulos, en dos grandes ciencias: un primer capítulo o zona que llamaremos ontología, en donde la filo­sofía será el estudio de los objetos, todos los objetos, cual­quier objeto, sea el que fuere; y otro segundo capítulo, en el que la filosofía será el estudio del conocimiento de los obje­tos. ¿De qué conocimiento? De todo conocimiento, de cual­quier conocimiento.

Tendremos así una división de la filosofía en dos partes: primero, ontología, o teoría de los objetos conocidos y cog­noscibles; segundo, gnoseología (palabra griega que viene de "gnosis", que significa sapiencia, saber) y que será el estudio del conocimiento de los objetos. Distinguiendo entre el ob­-

22                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

jeto y el conocimiento de él, tendremos estos dos grandes capítulos de la filosofía.

Mas me dirán ustedes: algo oímos hablar al principio de la lección de unas disciplinas filosóficas que ahora de pronto están silenciadas. Oímos hablar de ética, de estética, de filo­sofía de la religión, de psicología, de sociología. ¿Es que ésas han salido ya del tronco de la filosofía? ¿Por qué no habla usted de ellas? En efecto, todavía dentro del tronco de la filosofía, ocúpanse los filósofos actuales de esas disci­plinas; pero comparadas con las dos fundamentales que acabo de nombrar -ontología y gnoseología- advierten ustedes ya que en esas disciplinas hay una cierta tendencia a particu­larizar el objeto.

La ética no trata de todo objeto pensable en general, sino solamente de la acción humana o de los valores éticos.

La estética no trata de todo objeto pensable en general. Trata de la actividad productora del arte, de la belleza y de los valores estéticos.

La filosofía de la religión también circunscribe su obje­to. La psicología y la sociología más todavía.

Así es que estas ciencias están ya saliéndose de la filo­sofía. ¿Por qué no se han salido todavía de la filosofía? Porque los objetos a que se refieren son objetos que no son fáciles de recortar dentro del ámbito de la realidad. No son fáciles de recortar porque están íntimamente enla­zados con lo que los objetos en general y totalitariamente son; y estando enlazadas con esos objetos, las soluciones que se dan a los problemas propiamente filosóficos de la ontología y de la gnoseología repercuten en estas elucubra­ciones que llamamos ética, estética, filosofía de la religión, psicología y sociología. Y como repercuten en ellas, la es­tructura de estas disciplinas depende íntimamente de la po­sición que tomemos con respecto a los grandes problemas fundamentales de la totalidad del ser. Por eso están todavía metidas dentro de la filosofía; pero ya están en la periferia.

Ya, repito, se discute si la psicología es o no una dis­ciplina filosófica. Ya se discute si la sociología lo es; pronto se discutirá si la ética lo es, y mañana... mañana no, ya hay estéticos que discuten si la estética es filosofía y preten­den convertirla en una teoría del arte independiente de la filosofía.

Como ustedes ven, de esta primera exploración por el continente filosófico hemos ganado una visión histórica ge­neral. Hemos visto cómo la filosofía empieza designando la totalidad del saber humano y cómo de ella se desgajan y desprenden ciencias particulares que salen del tronco común porque aspiran a la particularidad, a la especialidad, a recor­tar un trozo de ser dentro del ámbito de la realidad. Enton­ces, quedan en el tronco de la filosofía esa disciplina del ser en general que llamamos ontología y la del conocimiento en general que llamamos gnoseología.

Nuestro curso, entonces, va a tener un camino muy na­tural. Nuestros viajes van a consistir en un viaje por la onto­logía, para ver lo que es eso, en qué consiste eso, cómo puede hablarse del ser en general; un viaje por la gnoseología, a

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                 23

ver qué es eso de la teoría del conocer en general, y luego algunas pequeñas excursiones por estas ciencias que se nos van yendo, que están pidiendo permiso para marcharse (y yo por mi parte se lo voy a dar muy fácilmente): la ética, la estética, la psicología y la sociología.

Pero antes de entrar en el estudio primero que vamos a hacer de la ontología o metafísica, trataremos en la próxima lección de este curso, de cómo nos vamos a manejar para filosofar, o sea el método de la filosofía.

LECCIÓN 11

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA

DISPOSICIÓN DE ÁNIMO PREVIA: ADMIRACIÓN, RIGOR. SÓ­CRATES: LA MAYÉUTICA. PLATÓN: LA DIALÉCTICA; EL MITO DE LA REMINISCENCIA. ARISTÓTELES: LA LÓGICA. EDAD MEDIA: LA DISPUTA. EL MÉTODO DE DESCARTES. TRASCENDENCIA E INMANENCIA. LA INTUICIÓN INTE­LECTUAL.

Disposición de ánimo: admiración, rigor.

Sucede con el método algo muy parecido a lo que nos sucedió con el concepto o definición de la filosofía.

El método de la filosofía puede, en efecto, definirse, describirse; pero la definición que de él se dé, la descrip­ción que de él se haga, será siempre externa, será siempre formularia; no tendrá contenido vivaz, no estará repleta de vivencia, si nosotros mismos no hemos practicado ese método.

En cambio, esa misma definición, esa misma descrip­ción de los métodos filosóficos, adquiere un cariz, un as­pecto real, profundo, viviente, cuando ya de verdad se ha practicado con él.

Así, haber de describir el método filosófico antes de haber hecho filosofía, es una empresa posible, tanto que vamos a intentarla hoy nosotros; pero mucho menos útil que las reflexiones sobre el método que podamos hacer dentro de algunos meses, cuando ya nuestra experiencia vital esté colmada de intuiciones filosóficas, cuando ya nosotros mismos hayamos ejercitado repetidamente nuestro espíritu en la confección de esa miel que la abeja humana destila y que llamamos filosofía.

De todas suertes, del mismo modo que en la lección an­terior intenté una descripción general del territorio filosófi­co, voy a intentar hoy una descripción también de los prin­ci-pales métodos que se usan en la filosofía, advirtiéndoles, desde luego, que más adelante, dentro de meses, es cuando estas determinaciones conceptuales que hoy enumeramos, se encontrarán llenas de su verdadero sentido.

Para abordar la filosofía, para entrar en el territorio de la filosofía, una primera disposición de ánimo es absoluta­mente indispensable. Es absolutamente indispensable que el aspirante a filósofo se haga bien cargo de llevar a su estado una disposición infantil. El que quiere ser filósofo necesitará puerilizarse, infantilizarse, hacerse como el niño pequeño.

¿En qué sentido hago esta paradójica afirmación de que el filósofo conviene que se puerilice? La hago en el sentido

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                     25

de que la disposición de ánimo para filosofar debe consistir esencialmente en percibir y sentir por dondequiera, en el mundo de la realidad sensible, como en el mundo de los objetos ideales, problemas, misterios; admirarse de todo, sentir lo profundamente arcano y misterioso de todo eso; plantarse ante el universo y el propio ser humano con un sentimiento de estupefacción, de admiración, de curiosidad insaciable, como el niño que no entiende nada y para quien todo es problema.

Esa es la disposición primaria que debe llevar al estu­dio de la filosofía el principiante. Dice Platón que la pri­mera virtud del filósofo es admirarse. Thaumatzein -dice ­en griego- de donde viene la palabra "taumaturgo". Admi­rarse, sentir esa divina inquietud, que hace que donde otros pasan tranquilos, sin vislumbrar siquiera que hay problema, el que tiene una disposición filosófica está siempre inquieto, intranquilo, percibiendo en la más mínima cosa problemas, arcanos, misterios, incógnitas, que los demás no ven.

Aquel para quien todo resulta muy natural, para quien todo resulta muy fácil de entender, para quien todo re­sulta muy obvio, ése no podrá nunca ser filósofo.

El filósofo necesita, pues, una dosis primera de infan­tilismo; una capacidad de admiración que el hombre ya hecho, que el hombre ya endurecido y encanecido, no suele tener. Por eso Platón prefería tratar con jóvenes, a tra­tar con viejos. Sócrates, el maestro de Platón, andaba entre la juventud de Atenas, entre los niños y las mujeres. Real­mente, para Sócrates, los grandes actores del drama filosófico son los jóvenes y las mujeres.

Esa admiración, pues, es una fundamental disposición para la filosofía. Y resumiendo esta disposición, podremos definirla ahora, ya de un modo conceptual, como la capa­cidad de problematizarlo todo, de convertirlo todo en pro­blema.

Otra segunda disposición que conviene enormemente lle­var al trabajo filosófico, es la que pudiéramos llamar el espíritu de rigor en el pensamiento, la exigencia de rigor, la exigencia de exactitud. En este sentido, también podría decirse que la edad mejor para comenzar a filosofar es la juventud. El joven no pasa por movimientos mal hechos en las cosas del espí-ritu. El joven tiene una exigencia de rigor, una exigencia de racionalidad, de intelectuali-dad, que el hombre ya viejo, con el escepticismo que la edad trae, no suele nunca poseer.

Esta exigencia de rigor tiene que tener para nosotros, los que vamos a hacer filosofía, dos aspectos fundamentales. Por una parte, ha de llevarnos a eliminar lo más posible de nuestras consideraciones las cómodas pero perfectamente inútiles tradiciones de la sabiduría popular. Existe una sa­piencia popular que se condensa en refranes, en tradiciones, en ideas, que la masa del pueblo trae y lleva. La filosofía no es eso. La filosofía, por el contrario, ha de reaccionar contra esa supuesta sabiduría popular. La filosofía tiene que llevar a la dilucidación de sus problemas un rigor metódico, que es incompatible con la excesiva facilidad con que estas

26                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

concepciones de la sapiencia popular pasan de mente en mente y arraigan en la mayor parte de los espíritus.

Pero, por otro lado, habremos de reaccionar con no menos violencia contra el defecto contrario, que es el de figurarse que la filosofía tiene que hacerse como las cien­cias; que la filosofía no puede ser sino la síntesis de los resultados obtenidos por las ciencias positivas. No hay nada más descorazonador, sobre todo en el transcurso de estos 30 o 40 últimos años, que el espectáculo que los científicos más ilustres en sus disciplinas positivas ofrecen cuando se meten a filosofar sin saber filosofía. El hecho de haber des­cubierto una nueva estrella en el firmamento o de haber ex­puesto una nueva ley de la gravitación universal, no autoriza ni mucho menos justifica, y no digamos legitima, que un físico de toda la vida, un matemático de toda la vida, se ponga de pronto, sin preparación alguna, sin ejercitación previa, a hacer filosofía. Suele ocurrir lamentablemente que grandes espíritus científicos, que tienen toda nuestra vene­ración, toda nuestra admiración, hacen muchas veces el ri­dícu-lo, porque se ponen a filosofar de una manera absoluta­mente pueril y casi salvaje.

Habremos, pues, de huir de las atropelladas generali­zaciones de la sapiencia popular y de las no menos atro­pelladas generalizaciones de la ciencia, cuando se sale de los estrechos límites en que está recluída cada disciplina.

El hecho, por ejemplo, de haber descubierto la neu­rona, el elemento mínimo del sistema nervioso, no puede autorizar a un neurólogo, por ilustre y sabio que sea, a escri­bir las banalidades y trivialidades más pedestres sobre los problemas elementales de la filosofía.

Hay que convencerse, por otra parte -y sobre. esto volveremos repetidas veces- de que la filosofía no es ciencia. La filosofía es una disciplina tan rigurosa, tan es­trictamente rigurosa y difícil como la ciencia; pero no es cien­cia, porque entre ambas hay mucha diferencia de propósito y de método, y entre otros éste: que cada ciencia tiene un objeto delimitado, mientras que, como vimos en la lección anterior, la filosofía se ocupa de cualquier objeto en general. Hechas estas advertencias, habiendo explícitamente descrito las dos disposiciones de ánimo que me parecen necesarias para abordar los problemas filosóficos, daremos un paso más allá y entraremos en la descripción propiamente dicha de los que podrán llamarse métodos de la filosofía.

Sócrates y la mayéutica.

Para hacer esta descripción de los métodos filosóficos, vamos a recurrir a la historia del pensamiento filosófico, a la historia de la filosofía.

Si seguimos atenta aunque rápidamente el curso de los métodos que han aplicado los grandes filósofos de la An­tigüedad, en la Edad Media y en la Época Moderna, podre­mos ir rastreando en todos ellos algunos elementos funda­mentales del método filosófico, que resumiremos al final de esta conferencia.

Propiamente a partir de Sócrates, o sea en el siglo IV antes de Jesucristo, en Atenas empezó a haber una filosofía cons­ciente de sí misma y sabedora de los métodos que emplea.

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                     27

Sócrates es, en realidad, el primer filósofo que nos habla de su método. Sócrates nos cuenta cómo filosofa.

¿Cuál es el método que Sócrates emplea? Él mismo lo ha denominado la mayéutica. Esto no significa más que la interrogación. Sócrates pregunta. El método de la filoso­fía consiste en preguntar.

Cuando se trata, para Sócrates, de definir, de llegar a la esencia de algún concepto, sale de su casa, se va a la plaza pública de Atenas, y a todo el que pasa por delante de él lo llama y le pregunta: ¿qué es esto? Así, por ejemplo, un día Sócrates sale de su casa preocupado en averiguar qué es la valentía, qué es ser valiente. Llega a la plaza pú­blica y se encuentra con un general ateniense. Entonces se dice: Aquí está; éste es el que sabe lo que es ser valiente, puesto que es el general, el jefe. Y se acerca y le dice: ¿Qué es la valentía? Tú eres el general del ejército ateniense, tienes que saber qué es la valentía. Entonces el otro le dice: ¡Claro está! ¿Cómo no voy a saber yo qué es la valentía? La va­lentía consiste en atacar al enemigo y en no huir jamás. Sócrates se rasca la cabeza y le dice: Esa contestación que me has dado no es del todo satisfactoria; y le hace ver que muchas veces en las batallas los generales mandan al ejército retroceder para atraer al enemigo a una determinada posición y en esa posición echársele encima y destruirlo. Entonces el general rectifica y dice: Bueno, tienes razón. y da otra definición; y sobre esta segunda definición, otra vez Sócrates ejerce su crítica interrogante. Sigue no quedan­do satisfecho y pidiendo otra nueva definición; y así, a fuer­za de interrogaciones, hace que la definición primeramente dada vaya atravesando por sucesivos mejoramientos, por ex­tensiones, por reducciones, hasta quedar ajustada lo más posible. Nunca hasta llegar a ser perfecta.

Ninguno de los diálogos de Sócrates, que nos ha con­servado Platón -en donde reproduce con bastante exactitud los espectáculos o escenas que él presencia- consigue llegar a una solución satisfactoria, sino que se interrumpen, como dando a entender que el trabajo de seguir preguntando y se­guir encontrando dificultades, interrogantes y misterios en la última definición dada, no se puede acabar nunca.

Platón: la dialéctica;  el mito de la reminiscencia.

Este método socrático de la interrogación, de la pre­gunta y la respuesta, es el que Platón, discípulo de Sócrates, perfecciona. Platón perfecciona la mayéutica de Sócrates y la convierte en lo que él llama la dialéctica.

La dialéctica platónica conserva los elementos funda­mentales de la mayéutica socrática. La dialéctica platónica conserva la idea de que el método filosófico es una contra­posición, no de opiniones distintas, sino de una opinión y la crítica de ella. Conserva, pues, la idea de que hay que partir de una hipótesis primera y luego irla mejorando a fuerza de las críticas que se le vayan haciendo en torno y esas críticas como mejor se hacen es en el diálogo, en el intercambio de afirmaciones y de negaciones; y por eso la llaman dialéctica.

Vamos a ver cuáles son los principios, las esencias filo­sóficas que están a la base de este procedimiento dialéctico.

28                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

La dialéctica se descompone, para Platón, en dos mo­mentos. Un primer momento consiste en la intuición de la idea; otro segundo momento consiste en el esfuerzo crítico para esclarecer esa intuición de la idea. De modo que pri­meramente, cuando nos ponemos ante la necesidad de re­solver un problema, cuando sentimos esa admiración que Platón encomia tanto, esa admiración ante el misterio, cuan­do estamos ante el misterio, ante la interroga-ción, ante el problema, lo primero que el espíritu hace es lanzarse como un flechazo, como una intuición que se dispara hacia la idea de la cosa, hacia la idea del misterio que se tiene delan­te. Pero esa primera intuición de la idea es una intuición torpe, insuficiente. Es, más que la intuición misma, la desig­nación del camino por donde vamos a ir hacia la conquista de esa idea. Y entonces viene después la dialéctica propia­mente dicha en su segundo momento, que consiste en que los esfuerzos sucesivos del espíritu por intuir, por ver, contem­plar, o, como se dice en griego "theorein" (de ahí viene la palabra teoría), las ideas van depurándose cada vez más, acercándose cada vez más a la meta, hasta llegar a una apro­ximación la mayor posible, nunca a la coincidencia abso­luta con la idea, porque ésta es algo que se halla en un mundo del ser tan distinto del mundo de nuestra realidad viviente, que los esfuerzos del hombre por taladrar esta rea­lidad viviente, por llegar al mundo de esas esencias eternas, inmóviles y puramente inteligibles, que son las ideas, no pue­den nunca ser perfectamente logradas.

Esto lo expone Platón de una manera viva, interesante, por medio de esas ficciones a las cuales es tan aficionado. Es muy aficionado a exponer sus pensamientos filosóficos bajo la forma de lo que él mismo llama "cuentos", como los cuentos que cuentan los viejos a los niños; los llama con la palabra griega "mito". Cuando las nodrizas griegas les contaban un cuento a los niños, la palabra que empleaban es "mito".

Pues Platón es muy aficionado a los mitos, y para ex­presar su pensamiento filosófico apela muchas veces a ellos. Así, para expresar su pensamiento de la intuición de la idea y de la dialéctica que nos conduce a depurar esa intuición, emplea el mito de la "reminiscencia". Cuenta el cuento si­guiente: Las almas humanas, antes de vivir en este mundo y de alojarse cada una de ellas en un cuerpo de hombre, vivieron en otro mundo, vivieron en el mundo en donde no hay hombres, ni cosas sólidas, ni colores, ni olores, ni nada que transite y cambie, ni nada que fluya en el tiempo y el espacio. Vivieron en un mundo de puras esencias intelec­tuales, en el mundo de las ideas. Ese mundo está en un lugar que Platón metafóricamente llama lugar celeste, "topos ura­nos". Allí viven las almas en perpetua contemplación de las bellezas inmarcesibles de las ideas, conociendo la verdad sin esfuerzo alguno porque la tienen intuitivamente delante; sin nacer ni morir; en pura eternidad.

Pero esas almas, de vez en cuando, vienen a la tierra y se alojan en un cuerpo humano, dándole vida. Al estar en la tierra y. alojarse en un cuerpo humano, naturalmente

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                    29

tienen que someterse a las condiciones en que se desen­vuelve la vida en la tierra, a las condiciones de la espa­cialidad, de la temporalidad, del nacer y del morir, del dolor y del sufrimiento, de la insuficiencia de los esfuerzos, de la brevedad de la vida, de los desengaños, de la ignorancia y del olvido. Estas almas olvidan, olvidan las ideas que co­no-cieron cuando vivían o estaban en el "topos uranos", en el lugar celeste, donde moran las ideas. Olvidadas de sus ideas están y viven en el mundo. Pero como han estado antes en ese "topos uranos", donde están las ideas, bastará algún esfuerzo bien dirigido, bastarán algunas preguntas bien hechas, para que del fondo del olvido, por medio de la re­miniscencia, atisben algún vago recuerdo de esas ideas.

Una vez que Platón cuenta este cuento (porque es un cuento, no vayan ustedes a creer que Platón cree en todo esto) a unos amigos suyos de Atenas, éstos quedan un poco recelosos; piensan: este señor parece que se burla. Entonces Platón les dice: Os lo voy a demostrar. En ese momento pasa por allí un muchacho de quince años, esclavo de uno de los concurrentes a la reunión. Platón le dice: Tu esclavo, Menón, ¿sabe matemáticas? No, hombre, ¡qué va a saber! Es un criado, un esclavo de mi casa. Pues que venga aquí; vas a ver.

Entonces Sócrates (que en los diálogos de Platón es siem­pre el portavoz) le empieza a preguntar. Le dice: Vamos a ver, niño: Imagínate tres líneas rectas, y el niño se las ima­gina. Y así, a fuerza de preguntas bien hechas, va sacando de sí toda la geometría. Y dice Sócrates: ¿Veis? ¿No la sabía? ¡Pues la sabe!, la está recordando de los tiempos en que vivía en el lugar celeste de las ideas.       .

Las preguntas bien hechas, el esfuerzo por dirigir la intuición hacia la esencia del objeto propuesto, poco a poco y no de golpe, con una serie de flechazos sucesivos, endere­zando el esfuerzo del espíritu conforme debe ir, conducirá a la reminiscencia, al recuerdo de aquellas esencias intelec­tuales que las almas han conocido y que luego, al encarnar en cuerpos humanos, han olvidado.

La dialéctica consiste, para Platón, en una contraposi­ción de intuiciones sucesivas, que cada una de ellas aspira a ser la intuición plena de la idea, del concepto, de la esen­cia, pero como no puede serlo, la intuición siguiente, con­trapuesta a la anterior, rectifica y mejora aquella anterior. y así sucesivamente, en diálogo o contraposición de una a otra intuición, se llega a purificar, a depurar lo más posible esta vista intelectual, esta vista de los ojos del espíritu hasta acercarse lo más posible a esas esencias ideales que consti­tuyen la verdad absoluta.

Aristóteles: la lógica.

­

Aristóteles, amigo de Platón. pero como él mismo dice, más amigo de la verdad, desenvuelve a su vez el método de la dialéctica, en forma que lo hace cambiar de aspecto. Aristóteles se fija principalmente en ese movimiento de la razón intuitiva que pasa, por medio de la contraposición de opiniones, de una afirmación a la siguiente y de ésta a la siguiente. Se esfuerza por reducir a leyes ese tránsito de una

30                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

afirmación a la siguiente. Se esfuerza por encontrar la ley en virtud de la cual de una afirmación pasamos a la siguiente.

Esta ocurrencia de Aristóteles es verdaderamente genial, porque es el origen de lo que llamamos la lógica. No puede decirse que Aristóteles sea el inventor de la lógica, puesto que ya Platón, en su dialéctica, tiene una lógica implícita; pero Aristóteles es el que le da estructura y forma definitiva, la misma forma que tiene hoy. No ha cambiado durante todos estos siglos. Da una forma y estructura definitiva a eso que llamamos la lógica, o sea la teoría de la inferencia, de una proposición que sale de otra proposición.

Como ustedes conocen perfectamente esta lógica, no voy a insistir sobre ella. Todos ustedes han estudiado seguramente lógica y saben lo que es un silogismo, la forma del razonamiento por medio de la cual de una proposición ge­neral, por medio de otra proposición también general, se extrae una proposición particular.

Las leyes del silogismo, sus formas, sus figuras, son, pues, el desenvolvimiento que Aristóteles hace de la dialéc­tica. Para Aristóteles el método de la filosofía es la lógica, o sea la aplicación de las leyes del pensamiento racional que nos permite transitar de una posición a otra posición por medio de los engarces que los conceptos más generales tie­nen con otros menos generales, hasta llegar a lo particular. Esas leyes del pensamiento racional son, para Aristóteles, el método de la filosofía.                      ­

La filosofía ha de consistir, por consiguiente, en la de­mostración de la prueba. La prueba de las afirmaciones que se adelantan es lo que convierte estas afirmaciones en verdad. Una afirmación que no está probada no es verda­dera, o por lo menos, como no sé todavía si es o no ver­dadera, no puede tener carta de naturaleza en el campo del saber, en el campo de la ciencia.

Edad Media: la disputa.

Esta concepción de la lógica como método de la filo­sofía es heredada de Aristóteles por los filósofos de la Edad Media; los cuales la aplican con un rigor extraordinario.

Es curioso observar cómo los escolásticos, y entre ellos prin­cipalmente Santo Tomás de Aquino, completan el método de la prueba, el método del silogismo, con una especie de reviviscencia de la dialéctica platónica. El método que siguen los filósofos de la Edad Media no es solamente, como en Aristóteles, la deducción, la intuición racional, sino que ade­más es la contraposición de opiniones divergentes. Santo Tomás, cuando examina una cuestión, no solamente deduce de principios generales los principios particulares aplicables a la cuestión, sino que además pone en columnas separadas las opiniones de los distintos filósofos, que son unas en pro y otras en contra; las pone frente a frente, las critica unas con otras, extrae de ellas lo que puede haber de verdadero y lo que puede haber de falso. Son como dos ejércitos en batalla; son realmente una reviviscencia de la dialéctica pla­tónica. y entonces el resultado de esta comparación de opi­niones diversas, complementado con el ejercicio de la deduc­ción y de la prueba, da lugar a las conclusiones firmes del pensamiento filosófico.

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                     31

Si resumimos lo esencial en el método filosófico que arrancando de Sócrates, pasando por Platón y Aristóteles, llega hasta toda la Edad Media en la Escolástica, nos en­contramos con que lo más importante de este método es su segunda parte. No la intuición primaria de que se parte, de que se arranca, sino la discusión dialéctica conque la intuición ha de ser confirmada o negada. Lo importante, pues, en este método de los filósofos anteriores al Renaci­miento, consiste principalmente en el ejercicio racional, dis­cursivo; en la dialéctica, en el discurso, en la contraposición de opiniones; en la discusión de los filósofos entre sí o del filósofo consigo mismo.

El método de Descartes.

En cambio, a partir del Renacimiento y muy especial­mente a partir de Descartes, el método cambia completamen­te de cariz, y el acento va ahora a recaer, no tanto sobre la discusión posterior a la intuición, como sobre la intuición misma y los métodos de lograrla. Es decir, que si el método filosófico en la antigüedad y en la Edad Media se ejercita principalmente después de tenida la intuición, el método filosófico en la edad moderna pasa a ejercitarse principal­mente antes de tener la intuición y como medio para ob­tenerla.

Ustedes conocen de cerca el Discurso del Método, de Descartes, y las ideas filosóficas de éste; han visto que lo que lo preocupaba era cómo llegar a una evidencia clara y distinta; es decir, cómo llegar a una intuición indubitable de la verdad. Los caminos que conducen a esa intuición (no los que después de la intuición la afianzan, la prueban, la rectifican o la depuran, sino los que conducen a ella) son los que a Descartes principalmente le interesan. El método es, pues, ahora preintuitivo, y tiene como propósito esencial lograr la intuición. ¿Cómo va a poderse lograr la intuición? No va a poderse lograr más que de un modo, que es buscán­dola, lo que quiere decir dividiendo todo objeto que se nos ofrezca confuso, oscuro, no evidente, en partes, hasta que alguna de esas partes se nos convierta en un objeto claro, intuitivo y evidente. Entonces ya tenemos la intuición.

Trascendencia e inmanencia.

Se ha operado aquí un cambio radical con respecto a la concepción que tenía Platón del mundo y de la verdad. Platón tenía del mundo y de la verdad la concepción de que este mundo en que vivimos es el reflejo pálido del mundo en que no vivimos y que es el habitáculo de la verdad ab­soluta. Son, pues, dos mundos. Había que ir de éste a aquél. Había que estar seguro, lo más posible, de que la intuición que de aquél tenemos es la exacta y verdadera. En cambio, para Descartes este mundo en que vivimos y el mundo de la verdad son uno y el mismo mundo. Lo que pasa es que cuando lo miramos por primera vez, el mundo en que vivi­mos nos aparece revuelto, confuso, como un cajón donde hay una multitud de cosas. Pero si en esa multitud de cosas, si en esa multitud de conceptos caóticos, si en ese cajón nos preocupamos despaciosamente por colocar aquí una c