MANUEL GARCIA MORENTE

 

LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

 

Novena edición

EDITORIAL PORRÚA, S. A.

AV. REPÚBLICA ARGENTINA, 15

MÉXICO, 1980

Primera edición: Tucumán, 1938

Primera edición en la Colección "Sepan Cuantos...", 1971

Derechos reservados

Copyright @ 1980

Las características de esta edición son propiedad de la

EDITORIAL PORRÚA, S. A.

Av. República Argentina, 15, México 1, D. F.

Queda hecho el depósito que marca la ley

ISBN 968-432-241-0

IMPRESO EN MÉXICO

PRINTED IN MEXICO

NOTA DE LOS EDITORES

Manuel García Morente nació en Arjonilla (Jaén) , España, en 1886. Estudió en Granada y Bayona y se licenció en Filosofía en París (don­de recibió la influencia de Émile Boutroux y Henri Bergson). Luego hizo estudios en Berlín, Munich y Marburgo, donde fue discípulo de Cohen y Natorp (escuela neo-kantiana). Se doctoró en 1911 en Ma­drid y allí, al año siguiente, ganó la cátedra de Ética en la Facultad de Filosofía, de donde fue decano hasta el inicio de la guerra civil, en que fue destituido de su cátedra, habiendo dejado influencia profunda en sus discípulos y un recuerdo indeleble de su enseñanza. Estuvo unido, por amistad y admiración duraderas, a la labor intelectual y al pensamiento de José Ortega y' Gasset. Durante la guerra marchó a Pa­rís y de allí a la Argentina, donde impartió filosofía en la Universidad de Tucumán. En 1940 volvió al seno del catolicismo y se ordenó sacer­dote. Dos años más tarde murió en Madrid.

García Morente fue primordialmente profesor universitario y tam­bién magnífico traductor al castellano de obras de filósofos alemanes (Kant, Leibniz, Hussed, Spengler, etc.). Entre sus obras originales se cuentan La filosofía de Kant, La filosofía de Henri Bergson, Idea de la Hispanidad, Ensayos (1945), Ejercicios espirituales (1961) y, sobre todas, las Lecciones preliminares de filosofía, fruto del curso que dictó en la Universidad de Tucumán en 1937, tomado taquigráficamente y luego revisado por el autor, originalmente publicadas por esa Univer­sidad, y cuyo texto íntegro es el que ofrecemos ahora al lector.

Quizás esa circunstancia -el haber sido tomado de viva voz- sea la clave del apasionado interés con que el estudiante, o simplemente el estudioso, lee este libro de introducción a la filosofía, tan distinto a los que suelen escribirse ex profesores para la enseñanza. En él encontramos el rigor en el uso de los términos, en la exposición del pensamiento de cada filósofo estudiado, de cada escuela, a la vez que la espontanei­dad, la gracia del lenguaje oral, la savia del pensamiento vivo -ex­presado con riqueza, precisión y elegancia- que no quiere encerrarse en fórmulas, sino comunicarse, ser vivido de nuevo, despertar amor e interés por la filosofía en el ánimo del discípulo, quien -guiado por un maestro que ha dedicado su vida a la meditación de sus temas- ­vuelve a plantearse como problemas propios los problemas del ser y del conocimiento que se plantearon, a su tiempo, los filósofos -desde los presocráticos hasta Heidegger y Ortega y Gasset; desde el naci­miento de la filosofía hasta el inicio de la de nuestra época-. Es de­cir, que a través de la historia de la filosofía que García Morente ex­pone -con la diáfana claridad que le era propia-, el lector -uno más de sus discípulos- va aprendiendo a pensar, a criticar, a poner en tela de juicio la opinión común, y a intentar darse una respuesta

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sincera -o por lo menos elegirla de entre las aquí propuestas- al problema de su existencia.

Por estas y otras excelencias que poseen estas Lecciones prelimina­res de filosofía, la Editorial Porrúa se siente con justicia satisfecha de incluirlas en su Colección "Sepan Cuantos. . ." como un clásico -que ya lo es- de introducción, de invitación para todos al verdadero filosofar.

México, D. F., enero de 1971.

LECCIONES PRELIMINARES

DE FILOSOFÍA

LECCIÓN 1

EL CONJUNTO DE LA FILOSOF1A

LA FILOSOFÍA Y SU VIVENCIA. DEFINICIONES FILOSÓFICAS Y VIVENCIAS FILOSÓFICAS. SENTIDO DE LA VOZ FILOSOFÍA. LA FILOSOFÍA ANTIGUA. LA FILOSOFÍA EN LA EDAD ME­DIA. LA FILOSOFÍA EN LA EDAD MODERNA. LAS DISCIPLI­NAS FILOSÓFICAS. LAS CIENCIAS Y LA FILOSOFÍA. LAS PAR­TES DE LA FILOSOFÍA.

La filosofía y su vivencia

Vamos a iniciar el curso de introducción a la filosofía planteando e intentando resolver algunas de las cuestiones principales de esta disciplina.

Ustedes vienen a estas aulas y yo a ellas también, para hacer juntos algo. ¿Qué es lo que vamos a hacer juntos? Lo dice el tema: vamos a hacer filosofía.

La filosofía es, por de pronto, algo que el hombre hace, que el hombre ha hecho. Lo primero que debemos intentar, pues, es definir ese «hacer» que llamamos filosofía. Debere­mos por lo menos dar un concepto general de la filosofía, y quizá fuese la incumbencia de esta lección primera la de ex­plicar y exponer qué es la filosofía. Pero esto es imposible. Es absolutamente imposible decir de antemano qué es filo­sofía. No se puede definir la filosofía antes de hacerla; como no se puede definir en general ninguna ciencia, ni ninguna disciplina, antes de entrar directamente en el trabajo de ha­cerla.

Una ciencia, una disciplina, un «hacer» humano cual­quiera, recibe su concepto claro, su noción precisa, cuando ya el hombre ha dominado ese hacer. Sólo sabrán ustedes qué es filosofía cuando sean realmente filósofos; Por consi­guiente, no puedo decirles lo que es filosofía. Filosofía es lo que vamos a hacer ahora juntos, durante este curso en la Universidad de Tucumán.

¿Qué quiere esto decir? Esto quiere decir que la filosofía, más que ninguna otra disciplina, necesita ser vivida. Necesi­tamos tener de ella una «vivencia». La palabra vivencia ha sido introducida en el vocabulario español por los escritores de la Revista de Occidente, como traducción de la palabra alemana «Erlebnis». Vivencia significa lo que tenemos real­mente en nuestro ser psíquico; lo que real y verdaderamente estamos sintiendo, teniendo, en la plenitud de la palabra «tener».

Voy a dar un ejemplo para que comprendan bien lo que es la «vivencia». El ejemplo no es mío, es de Bergson.

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Una persona puede estudiar minuciosamente el plano de París; estudiarlo muy bien; notar uno por uno los diferentes nombres de las calles; estudiar sus direcciones; luego puede estudiar los monumentos que hay en cada calle; puede estu­diar los planos de esos monumentos; puede repasar las series de las fotografías del Museo del Louvre, una por una. Des­pués de haber estudiado el plano y los monumentos, puede este hombre procurarse una visión de las perspectivas de Pa­rís, mediante una serie de fotografías tomadas de múltiples puntos de vista. Puede llegar de esa manera a tener una idea regularmente clara, muy clara, clarísima, detalladísima de París.

Esta idea podrá ir perfeccionándose cada vez más, con­forme los estudios de este hombre sean cada vez más minu­ciosos; pero siempre será una mera idea. En cambio, veinte minutos de paseo a pie por París, son una vivencia.

Entre veinte minutos de paseo a pie por una calle de París y la más larga y minuciosa colec-ción de fotografías, hay un abismo. La una es una mera idea, una representa­ción, un con-cepto, una elaboración intelectual; mientras que la otra es ponerse uno realmente en presen-cia del objeto, esto es: vivirlo, vivir con él; tenerlo propia y realmente en la vida; no el con-cepto que lo substituya; no la fotografía que lo substituya; no el plano, no el esquema que lo subs­tituya, sino él mismo. Pues, lo que nosotros vamos a hacer es vivir la filosofía. Para vivirla es indispensable entrar en ella como se en­tra en una selva; entrar en ella a explorarla.

En esta primera exploración, evidentemente no viviremos la totalidad de ese territorio que se llama filosofía. Pasea­remos por algunas de sus avenidas; entraremos en algunos de sus claros y de sus bosques; viviremos realmente algu­nas de sus cuestiones, pero otras ni siquiera sabremos que existen quizá. Podremos de esas otras o de la totalidad del territorio filosófico, tener alguna idea, algún esquema, como cuando preparamos algún viaje tenemos de antemano una idea o un esquema leyendo el Baedeker previamente. Pero vivir, vivir la realidad filosófica, es algo que no podremos hacer más que en un cierto número de cuestiones y desde ciertos puntos de vista.

Cuando pasen años y sean ustedes viajeros del continente filosófico, más avezados y más viejos, sus vivencias filosófi­cas serán más abundantes, y entonces podrán ustedes tener una idea cada vez más clara, una definición o concepto cada vez más claro, de la filosofía.

De vez en cuando, en estos viajes nuestros, en esta pere­grinación nuestra por el territorio de la filosofía, podremos detenemos y hacer balance, hacer recuento de conjunto de las experiencias, de las vivencias que hayamos tenido; y en­tonces. podremos formular alguna definición general de la filosofía, basadas en esas auténticas vivencias que hayamos tenido hasta entonces.

Esa definición entonces tendrá sentido, estará llena de sentido, porque habrá dentro de ella vivencias personales nuestras. En cambio una definición que se de de la filoso­-

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                15

fía, antes de haberla vivido, no puede tener sentido, resul­tará ininteligible. Parecerá acaso inteligible en sus términos; estará compuesta de palabras que ofrecen un sentido; pero ese sentido no estará lleno de la vivencia real. No tendrá para nosotros esas resonancias largas de algo que hemos es­tado mucho tiempo viviendo y meditando.

Definiciones filosóficas y vivencias filosóficas.

Así, por ejemplo, es posible reducir los sistemas filosóficos de algunos grandes filósofos, a una o dos fórmulas muy pregnantes, muy bien acuñadas. Pero ¿qué dicen esas fórmulas a quien no ha caminado a lo largo de las páginas de los libros de esos filósofos? Si les digo a ustedes, por ejemplo, que el sistema de Hegel puede resumirse en la fórmula de que «todo lo racional es real y todo lo real es racional», es cierto que el sistema de Hegel puede resu­mirse en esa fórmula. Es cierto también que esa fórmula presenta un sentido inmediato, inteligible, que es la iden­tificación de lo racional con lo real, tanto poniendo como sujeto a lo racional y como objeto a lo real, como invir­tiendo los términos de la proposición y poniendo lo real como sujeto y lo racional como predicado.

Pero a pesar de ese sentido aparente e inmediato que tiene esta fórmula, y a pesar de ser realmente una fórmula que expresa en conjunto bastante bien el contenido del sis­tema hegeliano, ¿qué les dice a ustedes? No les dice nada. No les dice ni más ni menos que el nombre de una ciudad que ustedes no han visto, o el nombre de una calle por la cual no han pasado nunca. Si yo les digo a ustedes que la Avenida de los Campos Elíseos está entre la Plaza de la Concordia y la Plaza de la Estrella, ustedes tienen una frase con un sentido; pero dentro de ese sentido no pueden poner una realidad auténticamente vivida por ustedes.

En cambio, si se ponen a leer, a meditar, los difíciles libros de Hegel; si se sumergen y bracean en el mar sin fondo de la Lógica, de la Fenomenología del Espíritu, o de la Filosofía de la Historia Universal, al cabo de algún tiempo de convivir por la lectura con estos libros de Hegel, ustedes viven esa filosofía; estos secretos caminos les son a ustedes conocidos, familiares; las diferentes deducciones, los razonamientos por donde Hegel va pasando de una afir­mación a otra, de una tesis a otra, ustedes también los han recorrido de la mano del gran filósofo y entonces, cuando lleven algún tiempo viviéndolos y oigan decir la fórmula de «todo lo racional es real y todo lo real es racional», llena­rán esa fórmula con un contenido vital, con algo que han vivido realmente, y cobrará esa fórmula una cantidad de sentidos y de resonancias infinitas que, dicha de primera vez, no tendría.

Pues bien: si yo ahora les diese alguna definición de la filosofía, o si me pusiese a discutir con ustedes varias definiciones de la filosofía, sería exactamente lo mismo que ofrecerles la fórmula del sistema hegeliano. No pondrían ustedes dentro de esa definición ninguna vivencia personal. Por eso me abstengo de dar ninguna definición de la filo­sofía. Solamente, repito, cuando hayamos recorrido algún camino, por pequeño que sea, dentro de la filosofía misma,

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entonces podremos, de vez en cuando, hacer alto, volver atrás, recapitular las vivencias tenidas e intentar alguna fórmula general que recoja, palpitante de vida, esas representacio-nes experimentadas realmente por nosotros mismos.

Así, pues, estas Lecciones preliminares de filosofía van a ser a manera de viajes de explo-ración dentro del conti­nente filosófico. Cada uno de estos viajes va a ir por una senda y va a explorar una provincia. Las demás, serán ob­jeto de otros viajes, de otras exploraciones, y poco a poco irán ustedes sintiendo cómo el círculo de problemas, el círcu­lo de reflexiones y de meditaciones, algunas amplias de vuelo, otras minuciosas y como por decirlo así, microscópicas cons­tituyen el cuerpo palpitante de eso que llamamos la filosofía.

Y el primer viaje que vamos a hacer va a ser, por de­cirlo así, en aeroplano; una exploración panorámica. Vamos a preguntamos por de pronto qué designa la palabra filosofía.

Sentido de la voz filosofía

La palabra filosofía tiene que designar algo. No vamos a ver qué es ese algo que la palabra designa, sino simple­mente señalarlo, decir: está ahí.

Evidentemente, todos ustedes saben lo que la palabra filosofía en su estructura verbal significa. Está formada por las palabras griegas «philo» y «sophia», que significan «amor a la sabiduría». Filósofo es el amante de la sabi­duría. Pero este significado apenas si en la historia dura algún tiempo. En Herodoto, en Tucídides, quizá en los presocráticos, alguna que otra vez, durante poco tiempo, tiene este significado primitivo de amor a la sabiduría. Inmedia­tamente pasa a tener otro significado: significa la sabiduría misma. De modo que ya en los primeros tiempos de la au­téntica cultura griega, filosofía significa, no el simple afán o el simple amor a la sabiduría, sino la sabiduría misma.

Y aquí nos encontramos ya con el primer problema: si la filosofía es el saber, ¿qué clase de saber es el saber filo­sófico? Porque hay muchas clases de saber: hay el saber que tenemos todos, sin haber aprendido ni reflexionado sobre nada; y hay otro saber, que es el que adquirimos cuando lo buscamos. Hay un saber, pues, que tenemos sin haberlo bus­cado, que encontramos sin haberlo buscado, como Pascal encontraba a Dios, sin buscarlo; pero hay otro saber que no tenemos nada más que si lo buscamos y que, si no lo bus­camos, no lo tenemos.

La filosofía antigua

Esta duplicidad de sentido en la palabra «saber» res­ponde a la distinción entre la simple opinión y el conoci­miento bien fundado racionalmente. Con esta distinción en­tre la opinión y el conocimiento fundado, inicia Platón su filosofía. Distingue lo que él llama «doxa», opinión (la palabra «doxa» la encuentran ustedes en la bien conocida de «paradoxa», paradoja, que es la opinión que se aparta de la opinión corriente) y frente a la opinión, que es el saber que tenemos sin haberlo buscado, pone Platón la «episteme» , la ciencia, que es el saber que tenemos porque lo hemos buscado. Y entonces la filosofía ya no significa «amor a la sabiduría», ni significa tampoco el saber en general, cualquier saber, sino que significa ese saber espe­cial que tenemos, que adquirimos después de haberlo bus­-

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                17

cado, y de haberlo buscado metódicamente, por medio de un método, es decir, siguiendo determinados caminos, apli­cando determinadas funciones mentales a la averiguación. Para Platón, el método de la filosofía, en el sentido del saber reflexivo que encontramos después de haberlo bus­cado, intencionadamente es la dialéctica. Es decir, que cuando no sabemos nada; o lo que sabemos lo sabemos sin haberlo buscado, como la opinión o sea un saber que no vale nada; cuando nada sabemos y queremos saber; cuando que­remos acceder o llegar a esa «episteme», a ese saber racio­nal y reflexivo, tenemos que aplicar un método para encon­trarlo, y ese método Platón lo llama dialéctica. La dialéctica consiste en suponer que lo que queremos averiguar es tal cosa o tal otra; es decir, anticipar el saber que buscamos, pero inmediatamente negar y discutir esa tesis o esa afir­mación que hemos hecho y depurarla en discusión.

El llama, pues, dialéctica a ese método de la autodis­cusión, porque es una especie de diálo-go consigo mismo y así, suponiendo que las cosas son esto o lo otro y luego discutiendo esa suposición, para substituirla por otra me­jor, acabamos poco a poco por llegar al conocimiento que resiste a todas las críticas y a todas las discusiones; y cuando llegamos a un conocimiento que resiste a las discusiones dialogadas, o dialéctica, entonces tenemos el saber filosófico, la sabiduría auténtica, la «episteme», como la llama Pla­tón, la ciencia.

Con Platón, pues, la palabra filosofía, adquiere el sen­tido de saber racional, saber reflexivo, saber adquirido me­diante el método dialéctico.

Ese mismo sentido tiene la palabra filosofía en el suce­sor de Platón, Aristóteles. Lo que pasa es que Aristóteles es un gran espíritu, que hace avanzar extraordinariamente el caudal de los conocimientos adquiridos reflexivamente. Y entonces la palabra filosofía tiene ya en Aristóteles el volu­men enorme de comprender dentro de su seno y designar la totalidad de los conocimientos humanos. El hombre conoce reflexivamente ciertas cosas después de haberlas estudiado e investigado. Todas las cosas que el hombre conoce y los conocimientos de esas cosas, todo ese conjunto del saber hu­mano, lo designa Aristóteles con la palabra filosofía. Y desde Aristóteles sigue empleándose la palabra filosofía en la his­toria de la cultura humana con el sentido de la totalidad del conocimiento humano.

La filosofía, entonces, se distingue en diferentes partes. En la época de Aristóteles la distinción o distribución co­rriente de las partes de la filosofía eran: lógica, física y ética.

La lógica en época de Aristóteles, era la parte de la filosofía que estudiaba los medios de adquirir el conoci­miento, los métodos para llegar a conocer el pensamiento humano en las diversas maneras de que se vale para alcan­zar conocimiento del ser de las cosas.

La palabra física designaba la segunda parte de la filosofía. La física era el conjunto de nuestro saber acerca de todas las cosas, fuesen las que fuesen. Todas las cosas,

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y el alma humana entre ellas, estaban dentro de la física. Por eso la psicología, para Aristó-teles, formaba parte de la física, y la física, a su vez, era la segunda parte de la fi­losofía.

Y en tercer lugar la filosofía contenía ética. La ética era el nombre general con que se designaban en Grecia, en la época de Aristóteles, todos nuestros conocimientos acerca de las actividades del hombre, lo que el hombre es, lo que el hombre produce, que no está en la naturaleza, que no forma parte de la física, sino que el hombre lo hace. El hombre, por ejemplo, hace el Estado, va a la guerra, tiene familia, es músico, poeta, pintor, escultor; sobre todo es es­cultor para los griegos. Pues todo esto lo comprendía Aris­tóteles bajo el nombre de ética, una de cuyas subpartes era la política.

Pero la palabra filosofía abarcaba, repito, todo el con­junto de los conocimientos que podía el hombre alcanzar. Valía tanto como saber racional.

La filosofía en la Edad Media.

Sigue este sentido de la palabra filosofía a través de la Edad Media; pero ya al principio de ésta, se desprende de ese «totum revolutum» que es la filosofía entonces, una serie de investigaciones, de disquisiciones, de pensamien­tos, que se separan del tronco de la filoso-fía y constituyen una disciplina aparte. Son todos los pensamientos, todos los conocimien-tos que tenemos acerca de Dios, ya sea obte­nidos por la luz natural, ya sea recibidos por divina revela­ción. Los conocimientos nuestros acerca de Dios, cualquiera que sea su origen, se separan del resto de los conocimientos y constituyen entonces la teología.

Puede decirse así, que el saber humano durante la Edad Media se dividió en dos grandes sectores: teología y filoso­fía. La teología son los conocimientos acerca de Dios y filosofía los conocimientos humanos acerca de las cosas de la Naturaleza.

Sigue en esta situación, designando la palabra filosofía a todo conocimiento, salvo el de Dios. Y fue así hasta muy entrado el siglo XVII. Y todavía hoy existen en el mundo algu-nos residuos de ese sentido totalitario de la palabra filo­sofía. Por ejemplo en el siglo XVII, el libro en que Isaac Newton expone la teoría de la gravitación universal, que es un libro de física, diríamos hoy, lleva por título "Philosophiae naturalis principia mathematica", o sea Principios matemáti­cos de la filosofía natural. Es decir, que en tiempos de New­ton, la palabra filosofía significaba todavía lo mismo que en tiempos de la Edad Media o en tiempo de Aristóteles: la cien­cia total de las cosas.

Pero aun hoy día hay un país, que es Alemania, donde las facultades universitarias son las siguientes: la Facul­tad de Derecho, Facultad de Medicina, la Facultad de Teo­logía y la Facultad de Filosofía. ¿Qué se estudia, enton­ces, bajo el nombre de Facultad de Filosofía? Todo lo que no es ni derecho, ni medicina, ni teología, o sea todo el saber humano en general. En una misma Facultad se estudia, pues, en Alemania, la química, la física, las matemáticas, la ética, la psicología, la metafísica, la ontología. De suerte que to­-

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                19

davía aquí queda un residuo del viejo sentido de la palabra filosofía en la distribución de las facultades alemanas.

La filosofía en la Edad Moderna.

Pero en realidad, a partir del siglo XVII el campo in­menso de la filosofía empieza a desga-jarse. Empiezan a salir del seno de la filosofía las ciencias particulares, no sólo por­que se van constituyendo esas ciencias con su objeto propio, sus métodos propios y sus progresos propios, sino también porque poco a poco los cultivadores van también especia­lizándose.

Todavía Descartes es al mismo tiempo filósofo, mate­mático y físico. Todavía Leibniz es al mismo tiempo matemá­tico, filósofo y físico. Todavía son espíritus enciclopédicos. Todavía puede decirse de Descartes y de Leibniz, como se dice de Aristóteles, "el filósofo", en el sentido que abarca la ciencia toda de todo cuanto puede ser conocido. Quizá todavía de Kant pueda decirse algo parecido, aunque sin embargo, ya Kant no sabía toda la matemática que había en su tiempo: ya Kant no sabía toda la física que había en su tiempo, ni sabía toda la biología que había en su tiempo. Ya Kant no descubre nada en matemáticas, ni en física, ni en biología mientras que Descartes y Leibniz todavía des­cubren teoremas nuevos en física y en matemáticas.

Pero a partir del siglo XVIII no queda ningún espíritu humano capaz de contener en una sola unidad la enciclo­pedia del saber humano, y entonces la palabra filosofía no designa la enciclopedia del saber, sino que de ese total han ido desgajándose las matemáticas por un lado, la física por otro, la química, la astronomía, etc.

¿Y qué es entonces la filosofía? Pues entonces, la filo­sofía viene circunscribiéndose a lo que queda después de haber ido quitando todo eso. Si a todo el saber humano se le quitan las matemáticas, la astronomía, la física, la quími­ca, etc., lo que queda, eso es la filosofía.

Las disciplinas filosóficas.

De suerte que hay un proceso de desgajamiento. Las ciencias particulares se van constituyendo con autonomía propia y disminuyendo la extensión designada por la pala­bra filosofía. Van otras ciencias saliendo, y entonces, ¿qué queda? Actualmente, de modo provisional y muy fluctuante, podremos enumerar del modo siguiente las disciplinas com­prendidas dentro de la palabra filosofía: diremos que la filosofía comprende la ontología, o sea la reflexión sobre los objetos en general; y como una de las partes de la ontología, la metafísica. Comprende también la lógica, la teoría del conocimiento, la ética, la estética, la filosofía de la religión y comprende o no comprende -no sabemos- la psicología y la sociología; porque justamente la psicología y la sociología están en este momento en si se separan o no se separan de la filosofía. Todavía hay psicólogos que quieren conservar la psicología dentro de la filosofía; pero ya hay muchos psicó­logos, y no de los peores, que la quieren constituir en cien­cia aparte, independiente. Pues lo mismo pasa con la socio­logía. Augusto Comte, que fue el que dio nombre a esta ciencia (y al hacerlo, como dice Fausto, le dio vida) todavía considera la sociología como el contenido más granado y flo­rido de la filosofía positiva. Pero otros sociólogos la consti­-

20                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

tuyen ya en ciencia aparte. Hay discusión. Vamos a no re­solver nosotros por ahora esta discusión, y entonces diremos que en general todas esas disciplinas y estudios que he enu­merado: la ontología, la metafísica, la lógica, la teoría del conocimiento, la ética, la estética, la filosofía de la religión, la psicología y la sociología, forman parte y constituyen las diversas provincias del territorio filosófico.

Podemos preguntarnos qué hay de común en esas dis­ciplinas que acabo de enumerar; qué es lo común en ellas que las contiene dentro del ámbito designado por la pala­bra filosofía; qué tienen de común para ser todas partes de la filosofía. Lo primero y muy importante que tienen de co­mún, es que son todas el residuo de ese proceso histórico de desintegración.                                    ­

La historia ha pulverizado el viejo sentido de la palabra filosofía. La historia ha eliminado del continente filosófico las ciencias particulares. Lo que ha quedado es la filosofía. Ese hecho histórico, con sólo ser un hecho, es muy impor­tante. Es ya una afinidad extraordinaria la que mantienen entre sí esas disciplinas, por sólo ser los residuos de ese pro­ceso de desintegración del viejo sentido de la palabra filo­sofía.

Pero apuremos más el problema. ¿Por qué han quedado dentro de la filosofía esas disciplinas? Voy a contestar esta pregunta de una manera muy filosófica, que consiste en in­vertir la pregunta. Del mismo modo que Bergson ha dicho muchas veces que una de las técnicas para definir el carácter de una persona no sólo consiste en enumerar lo que prefie­re, sino también y sobre todo en enumerar lo que no pre­fiere; del mismo modo, en vez de preguntarnos por qué han sobrevivido filosóficamente estas disciplinas, vamos a pre­gun-tarnos por qué las otras no han sobrevivido. En vez de preguntarnos por qué están la lógica y la teoría del conocimiento y la metafísica en la filosofía, vamos a preguntarnos por qué se han marchado las matemáticas, la física, la quí­mica, y las demás. Y si nos preguntamos por qué se han desprendido, encontramos lo siguiente: que una ciencia se ha desprendido del viejo tronco de la filosofía cuando ha lo­grado circunscribir un trozo en el inmenso ámbito de la realidad, definido perfectamente y dedicar exclusivamente su atención a esa parte, a ese aspecto de la realidad.

Las ciencias y la filosofía.

Así, por ejemplo, pertenece a la realidad el número y la figura. Las cosas son dos, tres, cuatro, cinco, seis, mil o dos mil; cosas son triángulos, cuadrados, esferas. Pero desde el momento en que se separa el "ser número" o el "ser figura" de los objetos que lo son y que se convierte la numerosidad y la figura (independientemente del objeto que la tenga) en término del pensamiento, cuando se circunscribe ese trozo de realidad y se dedica especial atención a ella, quedan consti­tuidas las matemáticas como una ciencia independiente y se separan de la filosofía.

Si luego otro trozo de la realidad, como son por ejemplo los cuerpos materiales todos, en sus relaciones unos con otros, se destacan como un objeto preciso de investigación, enton­ces se constituye la ciencia física.

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                  21

Cuando los cuerpos en su constitución íntima, en su sín­tesis de elementos, se destacan también como objetos de in­vestigación, constitúyese la química.

Cuando la vida de los seres vivientes, animales y plan­tas, se circunscribe y se separa del resto de las cosas que son, y sobre ella se lanza el estudio y la mirada, entonces se constituye la biología.

¿Qué es lo que ha pasado? Pues ha pasado que grandes sectores del ser en general, grandes sectores de la realidad, se han constituido en provincias. ¿Y por qué se han consti­tuido en provincias? Pues precisamente porque han prescin­dido del resto; porque deliberadamente se han especializado; porque deliberadamente han renunciado a tener el carácter de objetos totales. Es decir, que una ciencia se sale de la filosofía cuando renuncia a considerar su objeto desde un punto de vista universal y totalitario.

La ontología no recorta en la realidad un trozo para es­tudiarlo ella sola olvidando lo de-más, sino que tiene por objeto la totalidad del ser. La metafísica forma parte de la ontología también. La teoría del conocimiento se refiere a todo conocimiento de todo ser.

Así tenemos que si ahora nos paramos un poco, nos detenemos en nuestro camino y hacemos lo que os decía al principio, un intento de definición, siquiera rápido, de la fi­loso-fía, podríamos decir lo siguiente, y ahora lo diremos con vivencia plena: la filosofía es la ciencia de los objetos desde el punto de vista de la totalidad mientras que las ciencias particulares son los sectores parciales del ser, provincias re­cortadas dentro del continente total del ser. La filosofía será, pues, en este primer esbozo de definición -seguramente falso, seguramente esquemático, pero que ahora para nos­otros tiene sentido- la disciplina que considera su objeto siempre desde el punto de vista universal y totalitario. Mien­tras que cualquier otra disciplina que no sea la filosofía lo considera desde un punto de vista parcial y derivado.

Las partes de la filosofía.

Y entonces, podremos sacar de esta pequeña averigua­ción a que en nuestra primer exploración panorámica hemos llegado, una división de la filosofía que nos sirva de guía para nuestros viajes sucesivos.

Por de pronto, decimos que la filosofía es el estudio de todo aquello que es objeto de conocimiento universal y to­talitario. Pues bien: según esto, la filosofía podrá dividirse en dos grandes capítulos, en dos grandes ciencias: un primer capítulo o zona que llamaremos ontología, en donde la filo­sofía será el estudio de los objetos, todos los objetos, cual­quier objeto, sea el que fuere; y otro segundo capítulo, en el que la filosofía será el estudio del conocimiento de los obje­tos. ¿De qué conocimiento? De todo conocimiento, de cual­quier conocimiento.

Tendremos así una división de la filosofía en dos partes: primero, ontología, o teoría de los objetos conocidos y cog­noscibles; segundo, gnoseología (palabra griega que viene de "gnosis", que significa sapiencia, saber) y que será el estudio del conocimiento de los objetos. Distinguiendo entre el ob­-

22                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

jeto y el conocimiento de él, tendremos estos dos grandes capítulos de la filosofía.

Mas me dirán ustedes: algo oímos hablar al principio de la lección de unas disciplinas filosóficas que ahora de pronto están silenciadas. Oímos hablar de ética, de estética, de filo­sofía de la religión, de psicología, de sociología. ¿Es que ésas han salido ya del tronco de la filosofía? ¿Por qué no habla usted de ellas? En efecto, todavía dentro del tronco de la filosofía, ocúpanse los filósofos actuales de esas disci­plinas; pero comparadas con las dos fundamentales que acabo de nombrar -ontología y gnoseología- advierten ustedes ya que en esas disciplinas hay una cierta tendencia a particu­larizar el objeto.

La ética no trata de todo objeto pensable en general, sino solamente de la acción humana o de los valores éticos.

La estética no trata de todo objeto pensable en general. Trata de la actividad productora del arte, de la belleza y de los valores estéticos.

La filosofía de la religión también circunscribe su obje­to. La psicología y la sociología más todavía.

Así es que estas ciencias están ya saliéndose de la filo­sofía. ¿Por qué no se han salido todavía de la filosofía? Porque los objetos a que se refieren son objetos que no son fáciles de recortar dentro del ámbito de la realidad. No son fáciles de recortar porque están íntimamente enla­zados con lo que los objetos en general y totalitariamente son; y estando enlazadas con esos objetos, las soluciones que se dan a los problemas propiamente filosóficos de la ontología y de la gnoseología repercuten en estas elucubra­ciones que llamamos ética, estética, filosofía de la religión, psicología y sociología. Y como repercuten en ellas, la es­tructura de estas disciplinas depende íntimamente de la po­sición que tomemos con respecto a los grandes problemas fundamentales de la totalidad del ser. Por eso están todavía metidas dentro de la filosofía; pero ya están en la periferia.

Ya, repito, se discute si la psicología es o no una dis­ciplina filosófica. Ya se discute si la sociología lo es; pronto se discutirá si la ética lo es, y mañana... mañana no, ya hay estéticos que discuten si la estética es filosofía y preten­den convertirla en una teoría del arte independiente de la filosofía.

Como ustedes ven, de esta primera exploración por el continente filosófico hemos ganado una visión histórica ge­neral. Hemos visto cómo la filosofía empieza designando la totalidad del saber humano y cómo de ella se desgajan y desprenden ciencias particulares que salen del tronco común porque aspiran a la particularidad, a la especialidad, a recor­tar un trozo de ser dentro del ámbito de la realidad. Enton­ces, quedan en el tronco de la filosofía esa disciplina del ser en general que llamamos ontología y la del conocimiento en general que llamamos gnoseología.

Nuestro curso, entonces, va a tener un camino muy na­tural. Nuestros viajes van a consistir en un viaje por la onto­logía, para ver lo que es eso, en qué consiste eso, cómo puede hablarse del ser en general; un viaje por la gnoseología, a

EL CONJUNTO DE LA FILOSOFÍA                                                                                 23

ver qué es eso de la teoría del conocer en general, y luego algunas pequeñas excursiones por estas ciencias que se nos van yendo, que están pidiendo permiso para marcharse (y yo por mi parte se lo voy a dar muy fácilmente): la ética, la estética, la psicología y la sociología.

Pero antes de entrar en el estudio primero que vamos a hacer de la ontología o metafísica, trataremos en la próxima lección de este curso, de cómo nos vamos a manejar para filosofar, o sea el método de la filosofía.

LECCIÓN 11

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA

DISPOSICIÓN DE ÁNIMO PREVIA: ADMIRACIÓN, RIGOR. SÓ­CRATES: LA MAYÉUTICA. PLATÓN: LA DIALÉCTICA; EL MITO DE LA REMINISCENCIA. ARISTÓTELES: LA LÓGICA. EDAD MEDIA: LA DISPUTA. EL MÉTODO DE DESCARTES. TRASCENDENCIA E INMANENCIA. LA INTUICIÓN INTE­LECTUAL.

Disposición de ánimo: admiración, rigor.

Sucede con el método algo muy parecido a lo que nos sucedió con el concepto o definición de la filosofía.

El método de la filosofía puede, en efecto, definirse, describirse; pero la definición que de él se dé, la descrip­ción que de él se haga, será siempre externa, será siempre formularia; no tendrá contenido vivaz, no estará repleta de vivencia, si nosotros mismos no hemos practicado ese método.

En cambio, esa misma definición, esa misma descrip­ción de los métodos filosóficos, adquiere un cariz, un as­pecto real, profundo, viviente, cuando ya de verdad se ha practicado con él.

Así, haber de describir el método filosófico antes de haber hecho filosofía, es una empresa posible, tanto que vamos a intentarla hoy nosotros; pero mucho menos útil que las reflexiones sobre el método que podamos hacer dentro de algunos meses, cuando ya nuestra experiencia vital esté colmada de intuiciones filosóficas, cuando ya nosotros mismos hayamos ejercitado repetidamente nuestro espíritu en la confección de esa miel que la abeja humana destila y que llamamos filosofía.

De todas suertes, del mismo modo que en la lección an­terior intenté una descripción general del territorio filosófi­co, voy a intentar hoy una descripción también de los prin­ci-pales métodos que se usan en la filosofía, advirtiéndoles, desde luego, que más adelante, dentro de meses, es cuando estas determinaciones conceptuales que hoy enumeramos, se encontrarán llenas de su verdadero sentido.

Para abordar la filosofía, para entrar en el territorio de la filosofía, una primera disposición de ánimo es absoluta­mente indispensable. Es absolutamente indispensable que el aspirante a filósofo se haga bien cargo de llevar a su estado una disposición infantil. El que quiere ser filósofo necesitará puerilizarse, infantilizarse, hacerse como el niño pequeño.

¿En qué sentido hago esta paradójica afirmación de que el filósofo conviene que se puerilice? La hago en el sentido

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                     25

de que la disposición de ánimo para filosofar debe consistir esencialmente en percibir y sentir por dondequiera, en el mundo de la realidad sensible, como en el mundo de los objetos ideales, problemas, misterios; admirarse de todo, sentir lo profundamente arcano y misterioso de todo eso; plantarse ante el universo y el propio ser humano con un sentimiento de estupefacción, de admiración, de curiosidad insaciable, como el niño que no entiende nada y para quien todo es problema.

Esa es la disposición primaria que debe llevar al estu­dio de la filosofía el principiante. Dice Platón que la pri­mera virtud del filósofo es admirarse. Thaumatzein -dice ­en griego- de donde viene la palabra "taumaturgo". Admi­rarse, sentir esa divina inquietud, que hace que donde otros pasan tranquilos, sin vislumbrar siquiera que hay problema, el que tiene una disposición filosófica está siempre inquieto, intranquilo, percibiendo en la más mínima cosa problemas, arcanos, misterios, incógnitas, que los demás no ven.

Aquel para quien todo resulta muy natural, para quien todo resulta muy fácil de entender, para quien todo re­sulta muy obvio, ése no podrá nunca ser filósofo.

El filósofo necesita, pues, una dosis primera de infan­tilismo; una capacidad de admiración que el hombre ya hecho, que el hombre ya endurecido y encanecido, no suele tener. Por eso Platón prefería tratar con jóvenes, a tra­tar con viejos. Sócrates, el maestro de Platón, andaba entre la juventud de Atenas, entre los niños y las mujeres. Real­mente, para Sócrates, los grandes actores del drama filosófico son los jóvenes y las mujeres.

Esa admiración, pues, es una fundamental disposición para la filosofía. Y resumiendo esta disposición, podremos definirla ahora, ya de un modo conceptual, como la capa­cidad de problematizarlo todo, de convertirlo todo en pro­blema.

Otra segunda disposición que conviene enormemente lle­var al trabajo filosófico, es la que pudiéramos llamar el espíritu de rigor en el pensamiento, la exigencia de rigor, la exigencia de exactitud. En este sentido, también podría decirse que la edad mejor para comenzar a filosofar es la juventud. El joven no pasa por movimientos mal hechos en las cosas del espí-ritu. El joven tiene una exigencia de rigor, una exigencia de racionalidad, de intelectuali-dad, que el hombre ya viejo, con el escepticismo que la edad trae, no suele nunca poseer.

Esta exigencia de rigor tiene que tener para nosotros, los que vamos a hacer filosofía, dos aspectos fundamentales. Por una parte, ha de llevarnos a eliminar lo más posible de nuestras consideraciones las cómodas pero perfectamente inútiles tradiciones de la sabiduría popular. Existe una sa­piencia popular que se condensa en refranes, en tradiciones, en ideas, que la masa del pueblo trae y lleva. La filosofía no es eso. La filosofía, por el contrario, ha de reaccionar contra esa supuesta sabiduría popular. La filosofía tiene que llevar a la dilucidación de sus problemas un rigor metódico, que es incompatible con la excesiva facilidad con que estas

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concepciones de la sapiencia popular pasan de mente en mente y arraigan en la mayor parte de los espíritus.

Pero, por otro lado, habremos de reaccionar con no menos violencia contra el defecto contrario, que es el de figurarse que la filosofía tiene que hacerse como las cien­cias; que la filosofía no puede ser sino la síntesis de los resultados obtenidos por las ciencias positivas. No hay nada más descorazonador, sobre todo en el transcurso de estos 30 o 40 últimos años, que el espectáculo que los científicos más ilustres en sus disciplinas positivas ofrecen cuando se meten a filosofar sin saber filosofía. El hecho de haber des­cubierto una nueva estrella en el firmamento o de haber ex­puesto una nueva ley de la gravitación universal, no autoriza ni mucho menos justifica, y no digamos legitima, que un físico de toda la vida, un matemático de toda la vida, se ponga de pronto, sin preparación alguna, sin ejercitación previa, a hacer filosofía. Suele ocurrir lamentablemente que grandes espíritus científicos, que tienen toda nuestra vene­ración, toda nuestra admiración, hacen muchas veces el ri­dícu-lo, porque se ponen a filosofar de una manera absoluta­mente pueril y casi salvaje.

Habremos, pues, de huir de las atropelladas generali­zaciones de la sapiencia popular y de las no menos atro­pelladas generalizaciones de la ciencia, cuando se sale de los estrechos límites en que está recluída cada disciplina.

El hecho, por ejemplo, de haber descubierto la neu­rona, el elemento mínimo del sistema nervioso, no puede autorizar a un neurólogo, por ilustre y sabio que sea, a escri­bir las banalidades y trivialidades más pedestres sobre los problemas elementales de la filosofía.

Hay que convencerse, por otra parte -y sobre. esto volveremos repetidas veces- de que la filosofía no es ciencia. La filosofía es una disciplina tan rigurosa, tan es­trictamente rigurosa y difícil como la ciencia; pero no es cien­cia, porque entre ambas hay mucha diferencia de propósito y de método, y entre otros éste: que cada ciencia tiene un objeto delimitado, mientras que, como vimos en la lección anterior, la filosofía se ocupa de cualquier objeto en general. Hechas estas advertencias, habiendo explícitamente descrito las dos disposiciones de ánimo que me parecen necesarias para abordar los problemas filosóficos, daremos un paso más allá y entraremos en la descripción propiamente dicha de los que podrán llamarse métodos de la filosofía.

Sócrates y la mayéutica.

Para hacer esta descripción de los métodos filosóficos, vamos a recurrir a la historia del pensamiento filosófico, a la historia de la filosofía.

Si seguimos atenta aunque rápidamente el curso de los métodos que han aplicado los grandes filósofos de la An­tigüedad, en la Edad Media y en la Época Moderna, podre­mos ir rastreando en todos ellos algunos elementos funda­mentales del método filosófico, que resumiremos al final de esta conferencia.

Propiamente a partir de Sócrates, o sea en el siglo IV antes de Jesucristo, en Atenas empezó a haber una filosofía cons­ciente de sí misma y sabedora de los métodos que emplea.

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                     27

Sócrates es, en realidad, el primer filósofo que nos habla de su método. Sócrates nos cuenta cómo filosofa.

¿Cuál es el método que Sócrates emplea? Él mismo lo ha denominado la mayéutica. Esto no significa más que la interrogación. Sócrates pregunta. El método de la filoso­fía consiste en preguntar.

Cuando se trata, para Sócrates, de definir, de llegar a la esencia de algún concepto, sale de su casa, se va a la plaza pública de Atenas, y a todo el que pasa por delante de él lo llama y le pregunta: ¿qué es esto? Así, por ejemplo, un día Sócrates sale de su casa preocupado en averiguar qué es la valentía, qué es ser valiente. Llega a la plaza pú­blica y se encuentra con un general ateniense. Entonces se dice: Aquí está; éste es el que sabe lo que es ser valiente, puesto que es el general, el jefe. Y se acerca y le dice: ¿Qué es la valentía? Tú eres el general del ejército ateniense, tienes que saber qué es la valentía. Entonces el otro le dice: ¡Claro está! ¿Cómo no voy a saber yo qué es la valentía? La va­lentía consiste en atacar al enemigo y en no huir jamás. Sócrates se rasca la cabeza y le dice: Esa contestación que me has dado no es del todo satisfactoria; y le hace ver que muchas veces en las batallas los generales mandan al ejército retroceder para atraer al enemigo a una determinada posición y en esa posición echársele encima y destruirlo. Entonces el general rectifica y dice: Bueno, tienes razón. y da otra definición; y sobre esta segunda definición, otra vez Sócrates ejerce su crítica interrogante. Sigue no quedan­do satisfecho y pidiendo otra nueva definición; y así, a fuer­za de interrogaciones, hace que la definición primeramente dada vaya atravesando por sucesivos mejoramientos, por ex­tensiones, por reducciones, hasta quedar ajustada lo más posible. Nunca hasta llegar a ser perfecta.

Ninguno de los diálogos de Sócrates, que nos ha con­servado Platón -en donde reproduce con bastante exactitud los espectáculos o escenas que él presencia- consigue llegar a una solución satisfactoria, sino que se interrumpen, como dando a entender que el trabajo de seguir preguntando y se­guir encontrando dificultades, interrogantes y misterios en la última definición dada, no se puede acabar nunca.

Platón: la dialéctica;  el mito de la reminiscencia.

Este método socrático de la interrogación, de la pre­gunta y la respuesta, es el que Platón, discípulo de Sócrates, perfecciona. Platón perfecciona la mayéutica de Sócrates y la convierte en lo que él llama la dialéctica.

La dialéctica platónica conserva los elementos funda­mentales de la mayéutica socrática. La dialéctica platónica conserva la idea de que el método filosófico es una contra­posición, no de opiniones distintas, sino de una opinión y la crítica de ella. Conserva, pues, la idea de que hay que partir de una hipótesis primera y luego irla mejorando a fuerza de las críticas que se le vayan haciendo en torno y esas críticas como mejor se hacen es en el diálogo, en el intercambio de afirmaciones y de negaciones; y por eso la llaman dialéctica.

Vamos a ver cuáles son los principios, las esencias filo­sóficas que están a la base de este procedimiento dialéctico.

28                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

La dialéctica se descompone, para Platón, en dos mo­mentos. Un primer momento consiste en la intuición de la idea; otro segundo momento consiste en el esfuerzo crítico para esclarecer esa intuición de la idea. De modo que pri­meramente, cuando nos ponemos ante la necesidad de re­solver un problema, cuando sentimos esa admiración que Platón encomia tanto, esa admiración ante el misterio, cuan­do estamos ante el misterio, ante la interroga-ción, ante el problema, lo primero que el espíritu hace es lanzarse como un flechazo, como una intuición que se dispara hacia la idea de la cosa, hacia la idea del misterio que se tiene delan­te. Pero esa primera intuición de la idea es una intuición torpe, insuficiente. Es, más que la intuición misma, la desig­nación del camino por donde vamos a ir hacia la conquista de esa idea. Y entonces viene después la dialéctica propia­mente dicha en su segundo momento, que consiste en que los esfuerzos sucesivos del espíritu por intuir, por ver, contem­plar, o, como se dice en griego "theorein" (de ahí viene la palabra teoría), las ideas van depurándose cada vez más, acercándose cada vez más a la meta, hasta llegar a una apro­ximación la mayor posible, nunca a la coincidencia abso­luta con la idea, porque ésta es algo que se halla en un mundo del ser tan distinto del mundo de nuestra realidad viviente, que los esfuerzos del hombre por taladrar esta rea­lidad viviente, por llegar al mundo de esas esencias eternas, inmóviles y puramente inteligibles, que son las ideas, no pue­den nunca ser perfectamente logradas.

Esto lo expone Platón de una manera viva, interesante, por medio de esas ficciones a las cuales es tan aficionado. Es muy aficionado a exponer sus pensamientos filosóficos bajo la forma de lo que él mismo llama "cuentos", como los cuentos que cuentan los viejos a los niños; los llama con la palabra griega "mito". Cuando las nodrizas griegas les contaban un cuento a los niños, la palabra que empleaban es "mito".

Pues Platón es muy aficionado a los mitos, y para ex­presar su pensamiento filosófico apela muchas veces a ellos. Así, para expresar su pensamiento de la intuición de la idea y de la dialéctica que nos conduce a depurar esa intuición, emplea el mito de la "reminiscencia". Cuenta el cuento si­guiente: Las almas humanas, antes de vivir en este mundo y de alojarse cada una de ellas en un cuerpo de hombre, vivieron en otro mundo, vivieron en el mundo en donde no hay hombres, ni cosas sólidas, ni colores, ni olores, ni nada que transite y cambie, ni nada que fluya en el tiempo y el espacio. Vivieron en un mundo de puras esencias intelec­tuales, en el mundo de las ideas. Ese mundo está en un lugar que Platón metafóricamente llama lugar celeste, "topos ura­nos". Allí viven las almas en perpetua contemplación de las bellezas inmarcesibles de las ideas, conociendo la verdad sin esfuerzo alguno porque la tienen intuitivamente delante; sin nacer ni morir; en pura eternidad.

Pero esas almas, de vez en cuando, vienen a la tierra y se alojan en un cuerpo humano, dándole vida. Al estar en la tierra y. alojarse en un cuerpo humano, naturalmente

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                    29

tienen que someterse a las condiciones en que se desen­vuelve la vida en la tierra, a las condiciones de la espa­cialidad, de la temporalidad, del nacer y del morir, del dolor y del sufrimiento, de la insuficiencia de los esfuerzos, de la brevedad de la vida, de los desengaños, de la ignorancia y del olvido. Estas almas olvidan, olvidan las ideas que co­no-cieron cuando vivían o estaban en el "topos uranos", en el lugar celeste, donde moran las ideas. Olvidadas de sus ideas están y viven en el mundo. Pero como han estado antes en ese "topos uranos", donde están las ideas, bastará algún esfuerzo bien dirigido, bastarán algunas preguntas bien hechas, para que del fondo del olvido, por medio de la re­miniscencia, atisben algún vago recuerdo de esas ideas.

Una vez que Platón cuenta este cuento (porque es un cuento, no vayan ustedes a creer que Platón cree en todo esto) a unos amigos suyos de Atenas, éstos quedan un poco recelosos; piensan: este señor parece que se burla. Entonces Platón les dice: Os lo voy a demostrar. En ese momento pasa por allí un muchacho de quince años, esclavo de uno de los concurrentes a la reunión. Platón le dice: Tu esclavo, Menón, ¿sabe matemáticas? No, hombre, ¡qué va a saber! Es un criado, un esclavo de mi casa. Pues que venga aquí; vas a ver.

Entonces Sócrates (que en los diálogos de Platón es siem­pre el portavoz) le empieza a preguntar. Le dice: Vamos a ver, niño: Imagínate tres líneas rectas, y el niño se las ima­gina. Y así, a fuerza de preguntas bien hechas, va sacando de sí toda la geometría. Y dice Sócrates: ¿Veis? ¿No la sabía? ¡Pues la sabe!, la está recordando de los tiempos en que vivía en el lugar celeste de las ideas.       .

Las preguntas bien hechas, el esfuerzo por dirigir la intuición hacia la esencia del objeto propuesto, poco a poco y no de golpe, con una serie de flechazos sucesivos, endere­zando el esfuerzo del espíritu conforme debe ir, conducirá a la reminiscencia, al recuerdo de aquellas esencias intelec­tuales que las almas han conocido y que luego, al encarnar en cuerpos humanos, han olvidado.

La dialéctica consiste, para Platón, en una contraposi­ción de intuiciones sucesivas, que cada una de ellas aspira a ser la intuición plena de la idea, del concepto, de la esen­cia, pero como no puede serlo, la intuición siguiente, con­trapuesta a la anterior, rectifica y mejora aquella anterior. y así sucesivamente, en diálogo o contraposición de una a otra intuición, se llega a purificar, a depurar lo más posible esta vista intelectual, esta vista de los ojos del espíritu hasta acercarse lo más posible a esas esencias ideales que consti­tuyen la verdad absoluta.

Aristóteles: la lógica.

­

Aristóteles, amigo de Platón. pero como él mismo dice, más amigo de la verdad, desenvuelve a su vez el método de la dialéctica, en forma que lo hace cambiar de aspecto. Aristóteles se fija principalmente en ese movimiento de la razón intuitiva que pasa, por medio de la contraposición de opiniones, de una afirmación a la siguiente y de ésta a la siguiente. Se esfuerza por reducir a leyes ese tránsito de una

30                                                               LECCIONES PRELIMINARES DE FILOSOFÍA

afirmación a la siguiente. Se esfuerza por encontrar la ley en virtud de la cual de una afirmación pasamos a la siguiente.

Esta ocurrencia de Aristóteles es verdaderamente genial, porque es el origen de lo que llamamos la lógica. No puede decirse que Aristóteles sea el inventor de la lógica, puesto que ya Platón, en su dialéctica, tiene una lógica implícita; pero Aristóteles es el que le da estructura y forma definitiva, la misma forma que tiene hoy. No ha cambiado durante todos estos siglos. Da una forma y estructura definitiva a eso que llamamos la lógica, o sea la teoría de la inferencia, de una proposición que sale de otra proposición.

Como ustedes conocen perfectamente esta lógica, no voy a insistir sobre ella. Todos ustedes han estudiado seguramente lógica y saben lo que es un silogismo, la forma del razonamiento por medio de la cual de una proposición ge­neral, por medio de otra proposición también general, se extrae una proposición particular.

Las leyes del silogismo, sus formas, sus figuras, son, pues, el desenvolvimiento que Aristóteles hace de la dialéc­tica. Para Aristóteles el método de la filosofía es la lógica, o sea la aplicación de las leyes del pensamiento racional que nos permite transitar de una posición a otra posición por medio de los engarces que los conceptos más generales tie­nen con otros menos generales, hasta llegar a lo particular. Esas leyes del pensamiento racional son, para Aristóteles, el método de la filosofía.                      ­

La filosofía ha de consistir, por consiguiente, en la de­mostración de la prueba. La prueba de las afirmaciones que se adelantan es lo que convierte estas afirmaciones en verdad. Una afirmación que no está probada no es verda­dera, o por lo menos, como no sé todavía si es o no ver­dadera, no puede tener carta de naturaleza en el campo del saber, en el campo de la ciencia.

Edad Media: la disputa.

Esta concepción de la lógica como método de la filo­sofía es heredada de Aristóteles por los filósofos de la Edad Media; los cuales la aplican con un rigor extraordinario.

Es curioso observar cómo los escolásticos, y entre ellos prin­cipalmente Santo Tomás de Aquino, completan el método de la prueba, el método del silogismo, con una especie de reviviscencia de la dialéctica platónica. El método que siguen los filósofos de la Edad Media no es solamente, como en Aristóteles, la deducción, la intuición racional, sino que ade­más es la contraposición de opiniones divergentes. Santo Tomás, cuando examina una cuestión, no solamente deduce de principios generales los principios particulares aplicables a la cuestión, sino que además pone en columnas separadas las opiniones de los distintos filósofos, que son unas en pro y otras en contra; las pone frente a frente, las critica unas con otras, extrae de ellas lo que puede haber de verdadero y lo que puede haber de falso. Son como dos ejércitos en batalla; son realmente una reviviscencia de la dialéctica pla­tónica. y entonces el resultado de esta comparación de opi­niones diversas, complementado con el ejercicio de la deduc­ción y de la prueba, da lugar a las conclusiones firmes del pensamiento filosófico.

EL MÉTODO DE LA FILOSOFÍA                                                                                     31

Si resumimos lo esencial en el método filosófico que arrancando de Sócrates, pasando por Platón y Aristóteles, llega hasta toda la Edad Media en la Escolástica, nos en­contramos con que lo más importante de este método es su segunda parte. No la intuición primaria de que se parte, de que se arranca, sino la discusión dialéctica conque la intuición ha de ser confirmada o negada. Lo importante, pues, en este método de los filósofos anteriores al Renaci­miento, consiste principalmente en el ejercicio racional, dis­cursivo; en la dialéctica, en el discurso, en la contraposición de opiniones; en la discusión de los filósofos entre sí o del filósofo consigo mismo.

El método de Descartes.

En cambio, a partir del Renacimiento y muy especial­mente a partir de Descartes, el método cambia completamen­te de cariz, y el acento va ahora a recaer, no tanto sobre la discusión posterior a la intuición, como sobre la intuición misma y los métodos de lograrla. Es decir, que si el método filosófico en la antigüedad y en la Edad Media se ejercita principalmente después de tenida la intuición, el método filosófico en la edad moderna pasa a ejercitarse principal­mente antes de tener la intuición y como medio para ob­tenerla.

Ustedes conocen de cerca el Discurso del Método, de Descartes, y las ideas filosóficas de éste; han visto que lo que lo preocupaba era cómo llegar a una evidencia clara y distinta; es decir, cómo llegar a una intuición indubitable de la verdad. Los caminos que conducen a esa intuición (no los que después de la intuición la afianzan, la prueban, la rectifican o la depuran, sino los que conducen a ella) son los que a Descartes principalmente le interesan. El método es, pues, ahora preintuitivo, y tiene como propósito esencial lograr la intuición. ¿Cómo va a poderse lograr la intuición? No va a poderse lograr más que de un modo, que es buscán­dola, lo que quiere decir dividiendo todo objeto que se nos ofrezca confuso, oscuro, no evidente, en partes, hasta que alguna de esas partes se nos convierta en un objeto claro, intuitivo y evidente. Entonces ya tenemos la intuición.

Trascendencia e inmanencia.

Se ha operado aquí un cambio radical con respecto a la concepción que tenía Platón del mundo y de la verdad. Platón tenía del mundo y de la verdad la concepción de que este mundo en que vivimos es el reflejo pálido del mundo en que no vivimos y que es el habitáculo de la verdad ab­soluta. Son, pues, dos mundos. Había que ir de éste a aquél. Había que estar seguro, lo más posible, de que la intuición que de aquél tenemos es la exacta y verdadera. En cambio, para Descartes este mundo en que vivimos y el mundo de la verdad son uno y el mismo mundo. Lo que pasa es que cuando lo miramos por primera vez, el mundo en que vivi­mos nos aparece revuelto, confuso, como un cajón donde hay una multitud de cosas. Pero si en esa multitud de cosas, si en esa multitud de conceptos caóticos, si en ese cajón nos preocupamos despaciosamente por colocar aquí una c